De la selección de jugadores al mito de los cromos imposibles: así funciona por dentro la maquinaria de una fiebre que ha agotado sobres en toda España
Regala esta noticia Añádenos en Google Colección de los cromos del Mundial 2026. (EP) 14/06/2026 a las 00:02h.Antes de que un niño grite «¡me falta Lamine Yamal!» en un patio de colegio, antes de que un padre revise sobres con más ansiedad ... que su hijo y antes de que un álbum del Mundial acabe doblando el lomo de tanto engordar, alguien ha tenido que tomar una decisión: qué futbolistas entran en la colección y cuáles se quedan fuera.
1,50 euros por un sobre de siete cromos.En Panini, esa elección empieza mucho antes de que ruede el balón. «A mitad de diciembre, nuestro equipo editorial ya hizo la selección de los jugadores que incluíamos en el álbum», explica a este periódico Lluis Torrent, director general de Panini España. La tarea no es menor: cada país convoca a más jugadores de los que caben en la colección, así que la compañía debe adelantarse a los seleccionadores y jugar su propio Mundial de predicciones.
Torrent recuerda una conversación con Vicente del Bosque que resume bien esa dificultad. «Me decía: 'Luis, ¿pero cómo hacéis vosotros con tanto tiempo, cuando yo aún estoy dudando si voy a meter a este o a aquel?'». La respuesta, claro, tiene algo de oficio, algo de intuición y algo de riesgo. En esta edición, asegura, Panini apenas falló en dos jugadores de España y en ninguno de Portugal.
La fiebre por los cromos ha agotado sobres en muchos puntos de venta, pero la compañía asegura que el ritual sigue vivo entre niños, padres y coleccionistas adultos
Después llega la parte menos visible, la que convierte una lista de nombres en millones de sobres. Los álbumes destinados a España y Portugal se imprimen en España, pero los cromos salen de la central de Panini en Módena, Italia. Imprimir las hojas, dice Torrent, es lo sencillo. Lo complicado viene después: cortar, mezclar y ensobrar. «No existen en el mercado máquinas de estas; se tienen que hacer expresamente», explica. No basta, resume, con ir «a la tienda de al lado» a comprar otra si la demanda se dispara.
Todos por igual
Ahí nace también uno de los grandes mitos del coleccionismo: que las estrellas salen menos. Que Messi se resiste. Que Cristiano no aparece. Que el último cromo del álbum parece fabricado en una cantidad secreta y microscópica. Torrent lo niega tajantemente. «Es un mito», afirma. Según explica, todos los cromos se imprimen por igual: las hojas se producen, se cortan, se mezclan y se ensobran de forma aleatoria.
El problema, en realidad, está en el deseo. En que cada coleccionista busca justo el escudo, el portero suplente o la estrella que no tiene. Torrent lo ilustra con una anécdota sevillana: un taxista sevillista que no encontraba los cromos de su equipo y otro bético que se quejaba exactamente de lo mismo. «Si supiéramos hacer eso, seríamos los reyes del mambo», bromea.
El Mundial de 2026, además, ha traído otro reto físico: más selecciones, más jugadores y un álbum que no puede crecer indefinidamente. Si hay demasiadas páginas y demasiados cromos, el lomo sufre. El álbum se abre, se ensancha, se vuelve torpe. También ahí hay ingeniería invisible: reducir tamaños, ajustar espacios, lograr que el objeto final siga siendo manejable para las manos de un niño y para la estantería de un adulto nostálgico.
Detrás de cada sobre hay meses de predicciones, máquinas hechas a medida y una mezcla aleatoria que desmonta el mito de los cromos imposibles
Porque aunque los cromos parezcan un juego infantil, hace tiempo que dejaron de ser solo cosa de niños. Panini sostiene que el coleccionismo goza de buena salud pese al avance de lo digital. Tras el parón de la pandemia, cuando incluso intercambiar cromos se volvió problemático por miedo al contagio, el ritual regresó con fuerza. Y cuando una colección conecta con los adultos, el álbum deja de pertenecer a una sola persona: lo completan hijos, padres, abuelos y tíos.
Torrent lo sabe también como coleccionista. Entre todos los cromos que han pasado por sus manos, guarda uno —en realidad, cinco— con un valor especial: cromos de Messi firmados por el propio futbolista gracias a unos conocidos argentinos cercanos a su familia. No los vende, no los enseña, no salen del despacho. En el universo Panini, incluso su director general tiene un tesoro que no cambia por nada.
Quizá por eso, décadas después, el ritual sigue funcionando. Cambian los jugadores, los precios, los formatos y hasta el tamaño del Mundial. Pero la escena se repite: alguien abre un sobre, aparta los repetidos, busca el escudo imposible y vuelve a pronunciar la fórmula de siempre. «Sile, sile, nole, sile, nole».
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