En septiembre de 2023, un enjambre de drones baratos logró atravesar algunas de las defensas aéreas más avanzadas del mundo y paralizar durante horas infraestructuras estratégicas en Oriente Medio. Aquello dejó una conclusión para muchos ejércitos: la guerra aérea del siglo XXI ya no depende solo de cazas o misiles que cuestan auténticas fortunas, sino también de pequeñas máquinas que pueden fabricarse en talleres y cambiar el equilibrio del campo de batalla.
El ”antídoto” que todos buscan. Tras cuatro años de guerra contra Rusia y miles de ataques con drones Shahed, Ucrania ha terminado convirtiéndose en el laboratorio más avanzado del mundo para combatir este tipo de armas. Lo que empezó como una necesidad desesperada para defender sus ciudades ha terminado generando un ecosistema completo de defensa: redes de detección con radares y sensores acústicos, software de mando que coordina interceptores baratos y pilotos especializados que han aprendido a enfrentarse a enjambres de drones en condiciones reales de combate.
Esa experiencia ha despertado un enorme interés internacional porque resuelve el gran problema de las defensas modernas: destruir drones baratos con misiles que cuestan millones es una ecuación insostenible.
En Xataka
Los satélites han revelado el plan de EEUU: dos cazaminas y una flota en dirección opuesta le están poniendo a Irán cara de Vietnam
Cambia la economía de la defensa aérea. Lo hemos contado otras veces. El éxito ucraniano se explica sobre todo por el coste. Mientras un misil Patriot puede superar los cuatro millones de dólares y un interceptor THAAD ronda los doce millones, muchos drones kamikaze cuestan entre 20.000 y 50.000 dólares.
Ucrania ha roto esa lógica utilizando interceptores diminutos que pueden costar entre 1.000 y 2.500 dólares y que, guiados por operadores humanos y sensores térmicos o radar, persiguen al dron enemigo hasta destruirlo. Sistemas como el interceptor Sting (pequeños dispositivos impresos en 3D capaces de alcanzar velocidades cercanas a 280 kilómetros por hora) han demostrado una eficacia sorprendente en combate real, llegando a derribar gran parte de los Shahed que atacan ciudades como Kiev.
De campo de batalla a producto global. Ese rendimiento ha convertido a Ucrania en el centro de una nueva carrera tecnológica. Países del Golfo, europeos y aliados de Estados Unidos han empezado a llamar a Kiev en busca de soluciones para enfrentarse a los mismos drones iraníes que Rusia lleva años utilizando en el frente ucraniano.
Gobiernos de Oriente Medio, preocupados por ataques contra instalaciones petroleras o bases militares, negocian acuerdos para adquirir interceptores, sistemas de detección y formación operativa. No solo quieren comprar los drones, sino aprender el método ucraniano: un modelo de defensa distribuida basado en miles de sensores baratos y armas pequeñas capaces de responder rápidamente a ataques masivos.
Un sistema para copiar. La demanda, además, no se limita al hardware. Ucrania también exporta conocimiento. Equipos de especialistas ucranianos ya han sido enviados a varios países para explicar cómo detectar, seguir y derribar drones en grandes cantidades.
En total, al menos once gobiernos han pedido asistencia directa para replicar este modelo de defensa aérea de bajo coste. Para muchos militares occidentales, la guerra en Ucrania ha demostrado que la defensa contra enjambres de drones no se gana con grandes sistemas estratégicos, sino con redes distribuidas de sensores, software y armas pequeñas que operan de forma coordinada.
La gran paradoja. Sin embargo, existe un problema fundamental. A pesar del interés internacional, las empresas ucranianas no pueden exportar sus interceptores.
¿La razón? El gobierno ha prohibido la venta de drones de defensa porque considera que todos los sistemas disponibles deben quedarse en el país. Fabricantes como Wild Hornets o SkyFall reciben constantemente solicitudes de compra desde Oriente Medio y Europa, pero la respuesta oficial es siempre la misma: la prioridad absoluta es defender el propio territorio ucraniano.
Como Estados Unidos. La postura refleja una lógica estratégica muy clara. Ucrania se enfrenta a ataques masivos de drones cada noche y necesita todo interceptor que produce. Venderlos en plena guerra significaría debilitar su propia defensa.
La decisión, de hecho, recuerda a lo que Estados Unidos ha estado haciendo repetidamente con armamento clave durante conflictos intensos (el último: en Corea del Sur): reservar o directamente mover las tecnologías más necesarias para sus propias operaciones antes de exportarlas. En este caso, Kiev está aplicando exactamente la misma lógica.
Laboratorio de guerra. Mientras tanto, la guerra sigue convirtiendo a Ucrania en el mayor campo de pruebas de la nueva era de combate con drones. El país ha creado incluso una rama específica de sus fuerzas armadas dedicada a sistemas no tripulados y está desarrollando desde submarinos robotizados hasta drones de ataque de largo alcance.
En ciudades como Kiev, los interceptores nacionales ya derriban más del 70% de los Shahed que sobrevuelan la región. Esa experiencia, acumulada bajo ataques constantes, está generando innovaciones que muchos ejércitos occidentales todavía no han conseguido replicar.
Presión de una nueva guerra. La razón por la que el interés internacional crece tan rápido es fácil de entender: el problema que Ucrania lleva años enfrentando empieza a extenderse a otras regiones. Los drones iraníes están apareciendo ahora en conflictos y ataques en Oriente Medio, donde Estados Unidos y sus aliados han descubierto que sus sistemas tradicionales de defensa aérea son demasiado caros para enfrentarse a enjambres de drones baratos. Cada ataque obliga a disparar interceptores que cuestan millones contra aparatos que valen apenas unos miles.
Por eso, desde bases militares estadounidenses hasta instalaciones petroleras del Golfo, medio mundo está mirando hacia Ucrania en busca de respuestas. Sus ingenieros, pilotos y programadores han acumulado una experiencia que ningún otro ejército posee. Han aprendido a luchar contra enjambres de drones con recursos limitados y a diseñar armas baratas que rompen la lógica económica de la guerra aérea moderna.
En Xataka
El mismo día que EEUU envió sus marines a Irán, Taiwán despertó con un déjà vu: China la ha rodeado con 26 aviones y 7 buques de guerra
Un antídoto que se queda en casa. Como contaban en TWZ, el escenario se resume en gobiernos de todo el mundo llamando a Kiev y pidiendo el “antídoto” contra los Shahed, mientras Ucrania ha tomado una decisión pragmática: guardarlo para sí misma.
Las empresas reciben ofertas, los aliados preguntan y los especialistas viajan para compartir experiencia. Pero las armas que realmente marcan la diferencia en estos momentos, esos interceptores baratos que han cambiado la defensa aérea, siguen quedándose en casa, porque para Ucrania la guerra aún está muy lejos de terminar.
Imagen | Wild Hornets, Mil.gov.ua
En Xataka | Si Ucrania impulsó el uso de drones, Irán ha disparado el algoritmo Terminator. Y eso ya era un problema en la ciencia ficción
En Xataka | Creíamos haber visto todo en Ucrania, pero no: las tijeras de los soldados han mutado a algo parecido a un láser
-
La noticia
El mundo le pide desesperadamente a Ucrania su antídoto contra los Shahed. Y Ucrania ha decidido quedárselos para su guerra
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
.
El mundo le pide desesperadamente a Ucrania su antídoto contra los Shahed. Y Ucrania ha decidido quedárselos para su guerra
Ucrania ha tomado una decisión pragmática, porque "su" guerra está lejos de terminar
En septiembre de 2023, un enjambre de drones baratos logró atravesar algunas de las defensas aéreas más avanzadas del mundo y paralizar durante horas infraestructuras estratégicas en Oriente Medio. Aquello dejó una conclusión para muchos ejércitos: la guerra aérea del siglo XXI ya no depende solo de cazas o misiles que cuestan auténticas fortunas, sino también de pequeñas máquinas que pueden fabricarse en talleres y cambiar el equilibrio del campo de batalla.
El ”antídoto” que todos buscan. Tras cuatro años de guerra contra Rusia y miles de ataques con drones Shahed, Ucrania ha terminado convirtiéndose en el laboratorio más avanzado del mundo para combatir este tipo de armas. Lo que empezó como una necesidad desesperada para defender sus ciudades ha terminado generando un ecosistema completo de defensa: redes de detección con radares y sensores acústicos, software de mando que coordina interceptores baratos y pilotos especializados que han aprendido a enfrentarse a enjambres de drones en condiciones reales de combate.
Esa experiencia ha despertado un enorme interés internacional porque resuelve el gran problema de las defensas modernas: destruir drones baratos con misiles que cuestan millones es una ecuación insostenible.
Cambia la economía de la defensa aérea. Lo hemos contado otras veces. El éxito ucraniano se explica sobre todo por el coste. Mientras un misil Patriot puede superar los cuatro millones de dólares y un interceptor THAAD ronda los doce millones, muchos drones kamikaze cuestan entre 20.000 y 50.000 dólares.
Ucrania ha roto esa lógica utilizando interceptores diminutos que pueden costar entre 1.000 y 2.500 dólares y que, guiados por operadores humanos y sensores térmicos o radar, persiguen al dron enemigo hasta destruirlo. Sistemas como el interceptor Sting (pequeños dispositivos impresos en 3D capaces de alcanzar velocidades cercanas a 280 kilómetros por hora) han demostrado una eficacia sorprendente en combate real, llegando a derribar gran parte de los Shahed que atacan ciudades como Kiev.
De campo de batalla a producto global. Ese rendimiento ha convertido a Ucrania en el centro de una nueva carrera tecnológica. Países del Golfo, europeos y aliados de Estados Unidos han empezado a llamar a Kiev en busca de soluciones para enfrentarse a los mismos drones iraníes que Rusia lleva años utilizando en el frente ucraniano.
Gobiernos de Oriente Medio, preocupados por ataques contra instalaciones petroleras o bases militares, negocian acuerdos para adquirir interceptores, sistemas de detección y formación operativa. No solo quieren comprar los drones, sino aprender el método ucraniano: un modelo de defensa distribuida basado en miles de sensores baratos y armas pequeñas capaces de responder rápidamente a ataques masivos.
Un sistema para copiar. La demanda, además, no se limita al hardware. Ucrania también exporta conocimiento. Equipos de especialistas ucranianos ya han sido enviados a varios países para explicar cómo detectar, seguir y derribar drones en grandes cantidades.
En total, al menosonce gobiernos han pedido asistencia directa para replicar este modelo de defensa aérea de bajo coste. Para muchos militares occidentales, la guerra en Ucrania ha demostrado que la defensa contra enjambres de drones no se gana con grandes sistemas estratégicos, sino con redes distribuidas de sensores, software y armas pequeñas que operan de forma coordinada.
La gran paradoja. Sin embargo, existe un problema fundamental. A pesar del interés internacional, las empresas ucranianas no pueden exportar sus interceptores.
¿La razón? El gobierno ha prohibido la venta de drones de defensa porque considera que todos los sistemas disponibles deben quedarse en el país. Fabricantes como Wild Hornets o SkyFall reciben constantemente solicitudes de compra desde Oriente Medio y Europa, pero la respuesta oficial es siempre la misma: la prioridad absoluta es defender el propio territorio ucraniano.
Como Estados Unidos. La postura refleja una lógica estratégica muy clara. Ucrania se enfrenta a ataques masivos de drones cada noche y necesita todo interceptor que produce. Venderlos en plena guerra significaría debilitar su propia defensa.
La decisión, de hecho, recuerda a lo que Estados Unidos ha estado haciendo repetidamente con armamento clave durante conflictos intensos (el último: en Corea del Sur): reservar o directamente mover las tecnologías más necesarias para sus propias operaciones antes de exportarlas. En este caso, Kiev está aplicando exactamente la misma lógica.
Laboratorio de guerra. Mientras tanto, la guerra sigue convirtiendo a Ucrania en el mayor campo de pruebas de la nueva era de combate con drones. El país ha creado incluso una rama específica de sus fuerzas armadas dedicada a sistemas no tripulados y está desarrollando desde submarinos robotizados hasta drones de ataque de largo alcance.
En ciudades como Kiev, los interceptores nacionales ya derriban más del 70% de los Shahed que sobrevuelan la región. Esa experiencia, acumulada bajo ataques constantes, está generando innovaciones que muchos ejércitos occidentales todavía no han conseguido replicar.
Presión de una nueva guerra. La razón por la que el interés internacional crece tan rápido es fácil de entender: el problema que Ucrania lleva años enfrentando empieza a extenderse a otras regiones. Los drones iraníes están apareciendo ahora en conflictos y ataques en Oriente Medio, donde Estados Unidos y sus aliados han descubierto que sus sistemas tradicionales de defensa aérea son demasiado caros para enfrentarse a enjambres de drones baratos. Cada ataque obliga a disparar interceptores que cuestan millones contra aparatos que valen apenas unos miles.
Por eso, desde bases militares estadounidenses hasta instalaciones petroleras del Golfo, medio mundo está mirando hacia Ucrania en busca de respuestas. Sus ingenieros, pilotos y programadores han acumulado una experiencia que ningún otro ejército posee. Han aprendido a luchar contra enjambres de drones con recursos limitados y a diseñar armas baratas que rompen la lógica económica de la guerra aérea moderna.
Un antídoto que se queda en casa. Como contaban en TWZ, el escenario se resume en gobiernos de todo el mundo llamando a Kiev y pidiendo el “antídoto” contra los Shahed, mientras Ucrania ha tomado una decisión pragmática: guardarlo para sí misma.
Las empresas reciben ofertas, los aliados preguntan y los especialistas viajan para compartir experiencia. Pero las armas que realmente marcan la diferencia en estos momentos, esos interceptores baratos que han cambiado la defensa aérea, siguen quedándose en casa, porque para Ucrania la guerra aún está muy lejos de terminar.