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Una de las cosas que más ha arruinado el proyecto de Sánchez, además de su ambición desmedida, ha sido su disposición a pactar cualquier cosa con los nacionalistas para llegar o mantenerse en el poder. Esa ansiedad le llevó a saltarse todas las líneas rojas y acordar con Junts y ERC el blanqueamiento del procés con dos decisiones que el electorado en el resto de España sigue sin perdonar.
La primera fue la amnistía a los condenados por el golpe de Estado en Cataluña, que, en definitiva, suponía un borrón y cuenta nueva que certificaba la desigualdad de los españoles ante la ley. Una amnistía que llegaba después del indulto y de la supresión en el código penal del delito de sedición por exigencia de los propios condenados.
La segunda está ocurriendo en este momento. Se trata de todas esas cesiones que el Gobierno le está regalando al nacionalismo y que le van a permitir caminar hacia el control de estructuras clave para lograr la independencia cuando se vuelva a plantear. Desde los trenes, hasta la creación de una Hacienda propia, pasando por el control de los impuestos (el paso previo al cupo) o la inmigración y el dominio de las fronteras. Estructuras que el propio Oriol Junqueras calificó de esenciales para conseguir la independencia.
Al margen de los casos de corrupción que cercan al PSOE y al Gobierno, la debilidad de Sánchez se explica por esa capitulación frente al separatismo, que justifica la abrumadora diferencia que ha obtenido en las urnas el PP frente al PSOE en todos los territorios, salvo en Cataluña y País Vasco.
Ese proceso de rendición de Sánchez ante el nacionalismo para sobrevivir sigue en pie, pero ya tiene escaso recorrido por la descomposición del propio Gobierno, que está haciendo enfermar a sus propios socios. El separatismo sabe que se está quemando con Sánchez, pero, como haría cualquier organismo parasitario, estará encantado con cambiar de huésped para sobrevivir. Y ahora ven una oportunidad en el interés que tiene Alberto Núñez Feijóo por finiquitar una legislatura agotada.
El terreno es pantanoso. Los nacionalistas, principalmente Junts, están dispuestos a jugar si por el camino consiguen que Feijóo les legitime para reclamar lo que no es razonable. De ahí la propuesta trampa al líder popular para visitar a Carles Puigdemont en Waterloo. Los populares temen de cara al futuro que en Cataluña se vuelva a mover el avispero y tienen la tentación de tender puentes con esos mismos que han arruinado a Sánchez. Sería un tremendo error. Cuando Feijóo dijo hace días que estaba "dispuesto a todo" debió matizar. Si la moción de censura lleva bicho es mejor esperar.
Iñaki Garay. Director adjunto de Expansión
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