No es mala escuela enseñarles desde pequeños a encajar un cierto grado de frustración
Regala esta noticia Añádenos en Google Una palmera de chocolate. (Jesús Terres)Juan Bas
20/08/2026 a las 00:03h.En una calle peatonal y delante de una panadería. Un padre y una madre con un niño de unos tres años. El niño quería una ... palmera de chocolate, pero la hora de comer estaba próxima y le iba a quitar el apetito. Se lo intentaron hacer comprender sin el menor éxito, así que la infructuosa explicación se cerró con la apostilla de un «no porque no». El niño agarró una de esas perras espectaculares (son frecuentes los niños que agarran perras en ese tramo de calle, será por el escaparate lleno de dulces o por alguna extraña maldición esotérica); parecía que estuviera endemoniado y que se iba a necesitar el concurso del padre Karras para exorcizarlo. El infante acompañó el lloro histérico y los gritos, de una intensidad y ritmo que habría envidiado James Brown, con tirarse al suelo como si le hubieran sacudido con una pala de zapador (que probablemente era lo que se les pasaba por la cabeza a los atribulados padres), ponerse rígido y vibrar al estilo de un ataque de epilepsia. Los padres aguantaron la perra un rato. Los viandantes aceleraban el paso para huir lo antes posible del área de influencia del monstruo, cuyos berridos tenían ahora la cualidad del marranillo que intuye la inminencia de la hoja de acero. Al final, la madre claudicó. El padre no estaba dispuesto. Ella dijo: «Total, es muy pequeño para frustrarlo desde ahora. Ya lo hará la vida». El niño victorioso salió de la panadería enjugándose las lágrimas y enarbolando una palmera de chocolate de un tamaño tal que parecía que le habían trasplantado su mano por la de un senegalés de dos metros. Los progenitores le hicieron unas carantoñas mientras atacaba la palmera con placer, el del disfrute de un botín más o menos fácil, ya que el niño daba solo leves muestras de cansancio tras su trabajosa 'performance'.
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