León XIV no es un Papa cómodo. Habla y lo hace con claridad defendiendo los principios esenciales de un humanismo cristiano profundamente enraizados en la Iglesia católica. En el Congreso de los Diputados, en sesión conjunta de las dos cámaras y ante las más altas autoridades del Estado, el Pontífice ha profundizado en los debates morales y también políticos más candentes: la protección de la vida desde la concepción hasta la muerte; el derecho a elegir la educación de los hijos, la tragedia migratoria, el rearme y la paz y la pluralidad y el enfrentamiento político. El Papa ha enhebrado un discurso potente, claro y directo y lo ha hecho a sabiendas de que sus palabras suscitarán aplauso en algunos y levantarán ampollas en otros.
El Pontífice ha hecho un hincapié muy especial en la "pluralidad política" que "no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos".
"Las palabras", ha añadido, "pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para 'desarmar el lenguaje'. La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación". Un mensaje que, sin duda, ha impactado en una clase política enfrentada, polarizada y que no encuentra ningún punto de intersección ni terreno para el consenso.
"Una ley", ha insistido, " no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse". Y a partir de ahí, ha recordado a los legisladores que "toda decisión de las autoridades públicas toca personas de carne y hueso".
León XIV advirtió desde el inicio de su discurso que sus palabras serían "serenas" pero también "firmes" porque estaban dirigidas a quienes "tienen la grave responsabilidad de ordenar jurídicamente la convivencia social". Ha sido su manera de adentrarse en uno de los terrenos moralmente más espinosos que anida en la sociedad. "Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? (...) La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona".
León XIV ha profundizado también en el significado del "bien común" para advertir a la clase política que cuando este "deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en interses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos". Y a raíz de esta reflexión ha abundado en el papel de la familia como "primera escuela de la humanidad" en la que "se aprende la gramática elemental de la convivencia" y en las instituciones educativas que enseñan "a buscar y amar la verdad". En este sentido, el Papa ha abogado por "respetar siempre el derecho primario e inalienable de los padres a elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos".
La migración ha sido otro de los puntos claves de su discurso ante el Legislativo. El Pontífice ha hecho hincapié en el "trágico drama" de quienes se ven obligados a dejarlo todo "para buscar paz, seguridad y futuro", algo que, ha dicho, "interpela la conciencia de las naciones y el fundamento ético del orden internacional". Un mensaje que, sin duda, no habrá gustado en la bancada de la ultraderecha que agita como bandera la prioridad nacional y la teoría del "reemplazo".
"Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos", ha dicho el Papa antes de reclamar para los migrantes "vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra".
El Santo Padre no ha olvidado en su intervención referirse a la convulsa situación internacional frente a la que ha pedido "valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional". "Las armas", ha recalcado haciendo una reflexión que sin duda ha complacido al presidente del Gobierno, "pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera".
Y, a continuación, un mensaje alertando de los peligros del "rearme", en plena sintonía con las formaciones más a la izquierda del arco parlamentario: "La verdadera seguridad nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra".