El cineasta Fernando González Molina (c), junto a Javier Ambrossi y Javier Calvo, posa durante el 'photocall' de la película "Mi querida señorita", este domingo en el Festival de Cine de Málaga. Foto: EFE/Gregorio Marrero
Cine El plomizo 'remake' de ‘Mi querida señorita’ producido por los Javis no deja huella en el Festival de MálagaEl afán explicativo convierte la película escrita por Alana S. Portero en una obra poco atrevida, algo que no se puede decir ni de 'Corredora', de la debutante Laura García Alonso, ni de 'Hangar rojo', del chileno Juan Pablo Sallato.
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Enric Albero Publicada 9 marzo 2026 10:02hEn estos tiempos en los que la intolerancia cotiza al alza hay que agradecerle a la revisión de Mi querida señorita(2026) que dirige Fernando González Molinacon guion de la escritora Alana S. Portero su esforzada pedagogía.
Son, a su vez, esos afanes explicativos los que convierten la nueva producción de Javier Calvo y Javier Ambrossi en una obra poco atrevida, con una modulación en la dirección de actores que no termina de alcanzar un registro unitario y con un denodado afán por legitimar culturalmente el proceso de resituación identitaria de la protagonista.
La reescritura de la película que en 1972 firmaron Jaime de Armiñán y José Luis Borau propone un traslado de la acción de Tui a la Pamplona de 1999, los ecos del caso Wanninkhof replicados por un coro mediático que funciona como el altavoz de los prejuicios a propósito de un determinado tipo de mujer.
En esa Pamplona de lluvias perennes, oscura como la sotana de un sacerdote, reside la pudorosa y cauta Adela (Elisabeth Martínez), hija de padres conservadores instruidos en la severidad de Escrivá de Balaguer.
Esta nueva Adela ya no es la mujer solitaria y recatada repentinamente conturbada por las cosquillas del deseo que nos mostraba Armiñán, sino un personaje mucho más definido –más escrito- y cuya problemática queda expuesta en el prólogo. De hecho, la propia sinopsis de la película ya nos advierte sobre su intersexualidad.
Festival de Málaga 2026: del 'remake' de 'Mi querida señorita' a los homenajes a los Panero y a CienfuegosDel argumento original se mantiene la abortada historia de amor con el banquero que regresa a la ciudad tras haber pasado un tiempo alejado -el personaje de Antonio Ferrandis lo hereda Eneko Sagardoy- y se magnifica la ascendencia que sobre la protagonista tiene el cura de la parroquia en la que Adela ejerce como catequista.
El párroco encarnado por Paco León supone la síntesis de los problemas del filme: un cura queer convertido en servicio de admoniciones a domicilio, incansable Pepito Grillo que acompañará a Adela en el camino hacia la definición de su identidad.
En Mi querida señorita versión 2026, y como ya sucedía en La llamada (Javier Calvo & Javier Ambrossi, 2017) y La mesías(Javier Calvo & Javier Ambrossi, 2023), siempre se busca ofrecer el envés luminoso de la fe, otra cosa es que el personaje del sacerdote resulte verosímil o, cuando menos, que su permanencia en una diócesis opusina como la de Pamplona pueda prolongarse tanto en el tiempo.
El tercer principio activo de la película es Isabelita, aquella chacha encarnada por Julieta Serrano ahora reconvertida en fisioterapeuta lesbiana a la que presta su desarmante naturalidad la siempre efectiva Anna Castillo, aquí combustible sexual que pondrá en marcha el motor del deseo de una Adela confusa, atormentada, en perpetuo estado de aflicción.
Elisabeth Martínez y Anna Castillo en 'Mi querida señorita'
Sucede que todo aquello que la transgresora obra de Armiñán fiaba a una dramaturgia contenida, subtextual, que revertía los códigos del melodrama gracias a un subversivo cambio de roles, con un José Luis López Vázquez por cuyo rostro se paseaban la amargura, el anhelo y la pesadumbre; todo aquello, decíamos, ha sido sustituido por una machacona verbalización de conflictos, sentimientos y proclamas de carácter militante.
Todo ello convenientemente apoyado por un arsenal de citas cultas que nos ametralla con referentes que no por necesarios dejan de parecer impostados: desde ese inserto de la portada de Los hermosos años del castigo de Fleur Jaeggy que lee una enfermera (!) a una sonrojante conversación a propósito de Dreyer en un videoclub, pasando por esas equivalencias tan del gusto pop en las que Mónica Naranjo, Anaïs Nin y Gertrude Stein se hermanan.
Las mujeres que sostienen el cine español: "Nos hemos abierto camino como lobas solitarias"Por su parte, Fernando González Molina asume algunas de las marcas de estilo ya fijadas por Armiñán hace más de 50 años, principalmente el juego con los espejos para reflejar la confusión identitaria de Adela, pero sus imágenes carecen de la fuerza arrebatadora del filme original, en el que un trayecto en ferrocarril rodado con inusitada violencia partía la película en dos como si una navaja surcase un ojo.
La segunda parte de la nueva Mi querida señorita, con Adela viviendo como hombre en Madrid, se mira en el primer Almodóvar y funciona mejor cuando bascula hacía el humor provocador y el diálogo afilado, pero como casi todo lo anterior, la tribu libérrima de descastados que ayuda a la protagonista a encontrar su lugar en el mundo y sus peripecias conjuntas dejan una fatigosa sensación de dejà vu.
La soledad de la corredora
Cristina Vidal (Alba Sáez) tiene por delante una prometedora carrera como atleta de élite. Su vida en un Centro de Alto Rendimiento (CAR) se divide entre duras sesiones de entrenamiento, rutinas alimentarias y académicas perfectamente pautadas y contactos esporádicos con sus familiares más cercanos; a saber, su padre (Àlex Brendemühl) y su hermana Natalia (Marina Salas).
Alba Sáez y Marina Salas en 'Corredora'. Foto: Quim Vives
Ahora bien, y pese a la frase anterior, en Corredora (2026), la debutante Laura García Alonso, evita afincarse en el psicologismo y antes que reducir su película a esquema simple de causa y consecuencia nos invita a experimentar el tortuoso camino hacia el autoconocimiento que transitará su protagonista.
Paco Rabal cumple cien años: el actor más acá y más allá de BuñuelLa película apunta a la insania de la alta competición y pone en evidencia determinados axiomas mil y una veces cacareados por los teólogos del éxito -basta ver la conversación con su antiguo entrenador, que afirma que ya no podrá volver a tutelarla después de su ataque porque “no podrá exigirle tanto”- pero eso no es lo importante.
Lo interesante de esta opera primera es su probada voluntad por escapar de la narrativa del triunfo asociada a la épica deportiva y proponer un relato sobre la comprensión que se levante sobre la hermosa y tensa relación que se establece entre las dos hermanas, toda vez que Cristina se marcha a vivir con Natalia tras salir del hospital.
El guion de la propia García Alonso y Pol Cortecans no esquiva los pasajes delicados ni atenúa la gravedad de la situación, pero apela a una empatía que va más allá de la lógica médica: Natalia acompañará a Cristina a una cita atlética que sabe que es decisiva para ella, aunque no sepa bien qué le pasa ni si lo que hace es correcto (los doctores le dicen que con la medicación, la alta competición queda totalmente prohibida). Un acto de amor puro, sin juicios ni contrapartidas.
Alba Saéz y Marina Salas son capaces de modular con suma delicadeza las complejas dinámicas emocionales que fluyen entre ellas, y García Alonso opta por aplicar la contención en secuencias clave que muy fácilmente podrían haberse desviado hacia el terreno del drama más sentido.
La directora Laura Alonso y los intérpretes Alba Sáez, Marina Salas y Álex Brendemühl posan en Málaga. Foto: EFE/Álvaro Cabrera
Aunque es cierto que en su parte central la planificación adolece de cierta monotonía, la directora madrileña demuestra estar en posesión de una mirada personal -el modo en que filma la habitación en la secuencia que cambiará el destino de Cristina–, tal y como se observa en un acto final capaz de convocar la congoja del espectador a través del diseño de sonido y de unas elecciones visuales que respetan el ritmo inherente al medio fondo sin desatender las tribulaciones de la atleta.
Un desenlace en el que el triunfo deportivo no supone la antesala del éxito profesional sino la toma de conciencia de las propias limitaciones. Porque a veces superar tus límites puede traer graves consecuencias, algo que convendría explicarles a unos cuantos gurús.
El golpe de Pinochet
Hangar rojo(2026) es un prodigio de contención. En la era de las películas triple xl, el director chileno Juan Pablo Sallato se las arregla para, en apenas 80 minutos y concentrando la acción en dos jornadas, las del 10 y el 11 de septiembre de 1973, narrar el calvario interior del Capitán Jorge Silva (Nicolás Zárate), ex jefe de inteligencia de la fuerza aérea.
Un vía crucis que arranca en el punto en el que los mandos militares le piden que secunde el golpe orquestado por el general Augusto Pinochet. La primera orden no será otra que desnudar de sus propósitos académicos la Escuela de Aviación que dirige para hacer de ella un centro de detención y tortura al que irán siendo trasladados los simpatizantes del gobierno de Salvador Allende. Como ya pueden suponer, la concentración también afecta a lo espacial: hay muy pocas localizaciones.
Sallato utiliza con tino el fuera de campo para definir el grado de implicación de Silva en las operaciones de depuración. Hablamos de alguien que se escuda en su condición militar para supeditar su capacidad de raciocino al poder de las órdenes. Un tipo frío, robótico e impasible que, inicialmente, intenta ignorar el horror, mirar hacia otro lado, respetar a sus superiores.
Olivier Assayas estrena 'El mago del Kremlin': "Putin puso en marcha el motor de la deriva autoritaria actual"Que la película se abra con una sucesión de naturalezas muertas y recurra al crudo blanco y negro está en consonancia con la certificación de la pérdida de toda humanidad a la que nos enfrenta Hangar rojo.
Sucede, sin embargo, que la hoja de servicios del capitán incluye una acción heroica que valió para salvarle la vida al presidente electo de Chile. Además, su pareja frecuenta el poco recomendable ambiente universitario, foco infeccioso del que emana el virus comunista. Dos hechos que provocan que los coroneles golpistas le miren con recelo y le pongan a prueba constantemente.
La transformación de Silva –asistimos a un proceso de toma de conciencia- culminará en un angustioso clímax cuya efectividad se ha ido gestando previamente.
En primer lugar, por el escrupuloso respeto del punto de vista, intensificado por esa cámara que se adhiere al cuerpo del capitán como si fuese una lapa moral, y después por la soberbia composición de Nicolás Zárate, verdadero sostén de una película desasosegante, no tanto por los terribles sucesos reales que recopila, que también, sino por levantar ante el espectador un muro grafiteado con ineludibles dilemas morales.
Una imagen de 'Hangar rojo'
¿Cómo actuaríamos si nos viésemos en esa tesitura en la que los apriorismos teóricos se desvanecen ante la cruel rotundidad de los hechos y toca pasar a la acción? ¿Qué va antes, nuestros principios o el instinto de supervivencia? ¿Podemos tolerar cualquier atropello con tal de salvarnos, contribuyendo por omisión a instalar un régimen atroz?
El Capitán Silva tardó casi 48 horas en encontrar respuesta a esas preguntas. Después actuó en consecuencia. Y pagó el precio. Hangar rojo funciona, también, como testimonio insoslayable en una época en la que los herederos de los golpistas han vuelto al poder.