- TOM BURNS MARAÑÓN
El principal reto es acertar a la hora de gestionar los humores de Trump. En este sentido, los europeos más Canadá bien pueden pensar que han aprendido mucho. Los piropos que englobaban sus relaciones con el presidente de Estados Unidos van dando paso a la firmeza.
No hubo nada nada nuevo en la cumbre anual que los treinta y dos miembros de la OTAN celebraron el martes y el miércoles en Ankara. Donald Trump se portó como Donald Trump químicamente puro: grosero y pesado, haciéndose la víctima porque los aliados no le apoyan en sus intentos de aplastar el régimen de los ayatolas en Teherán y, a la vez, actuando de matón con su obsesiva amenaza de hacerse con Groenlandia.
El presidente de Estados Unidos se mostró, como acostumbra, equívoco e inconstante diciendo una cosa y a continuación la contraria. Y, como siempre, centró la atención de los medios. Nada en la performance de Trump en estos días pasados constituye una novedad. Pero con el paso del tiempo puede que se juzgue que esta cumbre no fue una más.
Lo importante fue que no llegó a dar el tremebundo golpetazo trumpiano sobre la mesa que levanta la vajilla por los aires y la destroza. Eso se temía. El hecho de que no se produjera representa una victoria para el mundo libre, para el multilateralismo y para el sentido común.
Por si acaso, los técnicos que son los embajadores y sus equipos diplomáticos acreditados ante la Alianza Atlántica y la secretaría general del Tratado del Atlántico Norte se pusieron manos a la obra. Con el beneplácito del autocrático anfitrión de la cumbre, Recep Tayyip Erdogan, consensuaron el comunicado final de la reunión antes de que llegasen los jefes de Estado y de Gobierno a la capital turca.
De esta manera se salvaguardó en el acta de la cumbre el principio clave de la OTAN que, según el muy citado Artículo Cinco del tratado, establece que un "ataque armado" contra un país aliado se considerará un ataque contra todos ellos. Trump, que en sus momentos más coléricos amenaza con abandonar la Alianza, acabó hablando del "amor" que flotaba en el ambiente de sus reuniones en Ankara.
Se requiere para que florezca el "amor" un equilibrio emocional y puede que la OTAN haya entrado en una fase de reequilibrio. Esto lo dirá el tiempo.
La OTAN, que presume de ser el acuerdo militar más duradero y exitoso de la historia, sigue por lo pronto en pie. Los líderes europeos y el primer ministro de Canadá que aparecieron sonrientes en la foto de familia aparentemente habían brindado con la copa al menos medio llena.
Los asistentes a la cumbre que posaban con Trump ¿ponían buena cara a circunstancias adversas? ¿Se hacían ilusiones? ¿Sus deseos superaban la realidad? ¿Hicieron un ejercicio colectivo de wishful thinking?
Algo de todo eso estaba en el ánimo de los asistentes pero no es menos cierto que los treinta y uno de la foto, todos salvo Trump, tenían motivos para estar satisfechos. De una manera muy relevante podían decir "misión cumplida", lo cual es mucho en estos tiempos que corren.
El principal reto de la cumbre no era, ni es, el de establecer nuevas estrategias, acoplarse al rearme colectivo requerido y acordar la financiación de los próximos pasos que se han de dar. La OTAN ya ha emprendido ese camino y su decisión de seguir por él es inequívoca. Todos los aliados, España incluida, aumentarán su gasto militar, se prepararán para guerras híbridas y coordinarán una masiva inversión en Defensa y seguridad.
El principal reto era, y es, acertar a la hora de gestionar los humores de Trump. En este sentido, los europeos más Canadá bien pueden pensar que han aprendido mucho. La pelotilla y los piropos que englobaban sus relaciones con el presidente de Estados Unidos van dando paso a la firmeza.
Hasta hace bien poco los aliados habían elegido la vía del apaciguamiento. A Trump había que reírle las supuestas gracias, aplicar lisonjas por un tubo y aguantar estoicamente sus salidas de tono. Hay mucho de infantil en la conducta de Trump y los aliados optaron por comportarse con él como hacen los padres insensatos que maleducan a los niños al consentirles todos los caprichos.
Ahora, desde el inicio de la desastrosa crisis del Golfo a finales de febrero, un conflicto que ya adquiere la tipología de aquellas guerras de nunca acabar como fueron la de Irak y la de Afganistán, el apaciguamiento va perdiendo cualquier aceptación que tuvo. Los aliados están más y más por la labor de plantarse ante un Trump que no les consulta porque no les toma en cuenta.
Pedro Sánchez prohíbe que la fuerza aérea estadounidense utilice las bases de Rota y Morónpara bombardear Irán y su particular desafío estaba descontado al tratarse de un político que predica el "no a la guerra". Pero Sir Keir Starmer, el primer ministro saliente de Reino Unido, hace lo mismo al vetar el uso para esos mismos fines de la base británica de Diego García en el océano Índico y eso es sorpresivo. Londres, que alardea de ser el aliado más fiel de Washington, ha señalado que no está por la labor de complacer siempre a Trump.
En marzo, Friedrich Merz, el canciller alemán, ya le dijo a Trump, a la cara y delante de los medios en el mismísimo Despacho Oval, que la Guerra del Golfo penalizaba la economía global y tenía que acabar pronto. Es completamente inusual que el mandatario de Alemania critique abiertamente al presidente de Estados Unidos.
Antes de que Merz le dijese "basta ya" a Trump, ya lo dijo Matt Carney, el primer ministro de Canadá, a principios de año en una memorable conferencia que dictó ante la selecta audiencia que acude al Foro Económico de Davos.
Carney sostuvo que el orden liberal de la posguerra estaba irremediablemente quebrado y que las democracias representativas tenían que estrechar sus lazos y reforzar su unión en torno a principios compartidos porque en esta nueva era no podían depender del liderazgo de Washington. El canadiense ha dejado muy claro que no es un subordinado de Trump.
La ironía del "plante" de los europeos más Canadá que quieren valerse por sí mismos y hacerlo conjuntamente es que esta deriva hacia la "autodeterminación" ha sido inducida por Estados Unidos. Desde Bill Clinton hace treinta años, un presidente de Estados Unidos tras otro ha pedido a los demás miembros de la OTAN que eleven sus presupuestos de Defensa y contribuyan más a la seguridad de occidente y, por fin, es ahora cuando se escucha a Washington.
La petición de Clinton, George Bush hijo, Barack Obama y Joe Biden era enteramente razonable. Es indiscutible que los treinta y uno se han aprovechado del paraguas protector que lleva más de setenta años extendiendo ese primero entre iguales de la OTAN que es Estados Unidos. Pero se hizo oídos sordos a ella.
Con la llegada de Trump a la Casa Blanca este constante reproche subió de tono. Con auténtico descaro Trump empezó a decir que si los demás aliados no pagaban lo que les correspondía, Estados Unidos se marchaba de la Alianza.
Pudo ser un farol pero la intimidación tuvo un efecto inmediato. Alarmados ante la perspectiva de tal abandono, los treinta y uno, con España arrastrando los pies incluida, se comprometieron a aumentar su gasto militar. Lo que, quizás, no estaba del todo previsto fueron las consecuencias de la presión estadounidense.
Mark Rutte, el hábil ex primer ministro de Holanda y el actual secretario general de la OTAN, se presentó en el Despacho Oval hace quince días y explicó detalladamente cómo los europeos estaban gastando miles de millones de dólares en la adquisición de armamento americano y, de paso, creando mucho empleo de alta calidad en Estados Unidos.
Al tomarse muy en serio sus obligaciones militares, los europeos avanzan, al menos en teoría, hacia un apalancamiento que puede obtenerles claros réditos en cuanto a su futura autonomía política. Trump y su movimiento MAGA en Estados Unidos les dice que se ocupen ellos de la amenaza que puede representar la Rusia de Vladímir Putin y, si así lo hacen con todas sus consecuencias, los europeos se desvincularán progresivamente de Washington.
La brusca insistencia trumpiana de que Europa asuma el coste de su defensa y seguridad puede tener por lo tanto la consecuencia no anticipada de que el Viejo Continente se "emancipe" de Estados Unidos. "Independizarse" del todo de Washington es seguramente ir demasiado lejos y en todo caso no sería aconsejable. Equilibrar, sin embargo, el reparto de fuerzas en la OTAN, puede ser deseable.
Si se sigue esta línea argumental, las sonrisas de los líderes en la foto familiar estaban justificadas. La cumbre de Ankara marca un antes y un después porque parece que el "plante" ante Trump está surtiendo efecto. Washington dice que apoyará decididamente con los renombrados misiles Patriot la defensa aérea de Ucrania. Ya era hora.
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