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RC La Tribuna El regreso de los Chicago BoysChile no es una excepción, sino parte de un movimiento en el que amplios sectores reclaman orden y eficacia frente a discursos percibidos como totalizantes
Raisiel Damián Rodríguez
Profesor de Formación Humanística en la Universidad Francisco de Vitoria
Viernes, 16 de enero 2026, 01:00
... tomará posesión como presidente en marzo), con más del 58% de los votos, no puede interpretarse como una simple alternancia electoral ni como un episodio aislado dentro del ciclo democrático. Se trata de un cambio profundo en el marco ideológico desde el cual una parte sustancial de la sociedad chilena interpreta sus problemas y proyecta sus expectativas de futuro. Estamos ante un momento socialmente profundo, pues no puede verse como un cambio de signo político, sino del lenguaje político dominante.Este clima social se cruza con un debate estructural que atraviesa la historia reciente de Chile: el modelo económico. Aunque Kast evita reivindicaciones explícitas del pasado, su propuesta económica remite con claridad a los pilares del neoliberalismo chileno clásico. Ese modelo, diseñado y profundizado durante las décadas de 1970 y 1980 bajo la influencia de los llamados Chicago Boys —economistas chilenos formados en la Universidad de Chicago e inspirados por Milton Friedman— se basó en la liberalización de los mercados, la privatización de sectores estratégicos y una disciplina fiscal estricta.
El apoyo a Kast se explica por un malestar social acumulado, con aumento de la criminalidad y la percepción de una migración irregular sin control
Sin reproducir mecánicamente aquel esquema, a quien fue muy cercano por su hermano, el programa económico de Kast retoma varios de sus principios centrales: reducción del gasto público en más de 6000 millones, flexibilización económica, limitación del rol del Estado en sectores no considerados prioritarios y un entorno claramente favorable a la inversión privada. No se trata de una copia del neoliberalismo histórico, pero sí de una afinidad reconocible con esa tradición de mercado y Estado limitado. De ahí que numerosos analistas hayan hablado, en sentido simbólico, de un «regreso» de los Chicago Boys al imaginario político chileno, más como referencia cultural y política que como repetición literal de un modelo ya histórico.
La victoria de Kast debe entenderse también como un voto de castigo a la izquierda gobernante. La administración saliente de Gabriel Boric acumuló críticas por su incapacidad para ofrecer resultados tangibles en materia de seguridad, estabilidad económica y satisfacción cotidiana de amplios sectores sociales. Esa percepción, transversal a distintos grupos sociales, amplificó la narrativa de cambio profundo que el candidato republicano supo capitalizar con eficacia, presentándose como una alternativa clara frente a un proyecto político que muchos consideraron agotado. La migración irregular ocupó un lugar central en esa estrategia. Las promesas de reforzar el control fronterizo y endurecer las políticas migratorias conectan con agendas similares observadas en otras democracias occidentales sometidas a presión por flujos migratorios. Seguridad, inmigración y economía conformaron así un núcleo discursivo capaz de atraer tanto al electorado tradicional de derecha como a sectores moderados preocupados por el deterioro del orden social y de los servicios públicos básicos.
Ahora, pese a la contundencia del triunfo, Kast enfrenta desafíos significativos. El primero es institucional: la composición del Congreso no le garantiza mayorías automáticas, lo que le obligará a negociar y construir acuerdos si pretende impulsar reformas de calado sin tensionar el sistema democrático. El segundo es político: su trayectoria ha estado marcada por un estilo duro y por posturas percibidas como autoritarias y poco proclives al diálogo, lo que exige ahora una moderación real si se quiere preservar la estabilidad y evitar fracturas sociales profundas. Forma y fondo se convierten en los ordenes principales a cuidar en la nueva legislatura que inicia, especialmente si busca mantener la fidelidad de un electorado tan diverso.
En este sentido, sus primeras declaraciones tras la victoria —reconociendo a sus adversarios, apelando a la unidad institucional y subrayando la importancia del rol de la oposición— han sido interpretadas por algunos observadores como un gesto consciente de moderación. Más que una concesión retórica, pueden leerse como una necesidad estratégica en un país con memoria histórica y alta sensibilidad frente a cualquier deriva autoritaria.
No comparto las lecturas catastrofistas que anuncian el colapso democrático ante la victoria de la nueva derecha chilena. La experiencia comparada muestra que solo el ejercicio efectivo del poder permite evaluar con rigor este tipo de alternativas políticas. Lo que sí resulta evidente es la tendencia pendular que recorre hoy la política internacional. Chile no es una excepción, sino parte de un movimiento más amplio en el que amplios sectores sociales reclaman orden, eficacia y resultados frente a discursos percibidos como totalizantes desde el centro y la izquierda radical.
La cuestión central no es si estamos ante el retorno literal de los Chicago Boys, sino si este nuevo ciclo será capaz de ofrecer respuestas eficaces a los problemas estructurales del país sin sacrificar libertades civiles ni debilitar los controles institucionales. De esa respuesta dependerá que este giro se consolide como un proyecto integrador y sostenible o derive en una nueva fuente de polarización. El tiempo, y no el alarmismo, será el único juez fiable.
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