La destrucción de la comunidad judía española fue el episodio más trascendente desde mediados del siglo II d. C.
Federico Romero Hernández
Jurista
Lunes, 23 de marzo 2026, 01:00
... conversación algún término que resultaba arcaico. Enseguida me aclararon, con un tinte orgulloso, que eran judíos sefardíes, es decir, cuando ellos denominaban España: «Sefarad». Y entonces, uno de ellos me mostró una antigua llave, demasiado grande para llevarla encima, que, según dijo, perteneció a la vivienda que su familia tenía en Córdoba, hasta que fueron expulsados de Nuestra Península el 31 de marzo de 1492, en virtud del decreto de Granada de los Reyes Católicos. Además, me dijeron que, muchos de sus paisanos, habían conservado esa costumbre, con cierta nostalgia y algo de lejana esperanza en un indeterminado momento de retorno. Como nos recuerda el historiador Paul Johnson en su documentada 'Historia de los judíos': «Había entonces doscientos mil judíos que aun vivían en el reino (de España). Un indicio de la desmoralización de la comunidad judía -y también del apego que de todos modos los judíos sentían por España, el país donde anteriormente habían gozado de más comodidad y seguridad- es el hecho que, en un número muy elevado, incluido el gran rabino y la mayoría de las familias importantes prefiriese abrazar el bautismo. La destrucción de la comunidad judía española fue el episodio más trascendente desde mediados del siglo II d. C. En España habían residido judíos desde los tiempos clásicos tempranos, quizás desde la época de Salomón».Todas estas reflexiones me las han suscitado un judío sefardí, que, tras una trayectoria atea, maoísta y agnóstica, como lo eran sus padres, se ha convertido al cristianismo, con toda su familia de diez hijos, y se ha venido a vivir a España. A la Sefarad del malagueño Ibn Gabirol. Con una amplia bibliografía, antes de conocer esa noticia, ya había leído yo algunos de sus libros, de los que quiero destacar 'Resurrección. Experiencia de vida en Cristo Resucitado'. Inminente ya la celebración de una de las fiestas más importantes de nuestra fe, que sería vana si tal hecho no hubiera acaecido, como dijo San Pablo, tiene singular interés la obra de Fabrice Hadjadj, que es a quien me vengo refiriendo. Hadjadj hace al principio del libro toda una declaración de intenciones, que se corresponde con la esencia de nuestra fe y que considera al hombre como la unidad que es la persona, con la encarnación que se producirá. «Esta es la tesis -nos dice- que organiza este pequeño libro: las apariciones del Resucitado tienen un carácter eminentemente práctico. No son fantasmagorías para huir del hic y especular sobre lo lejano; nos reconducen al amor al prójimo, nos enseñan las cosas del allá arriba, es decir no cosas que ve el común de los mortales, sino las mismas cosas a partir del espíritu». Y más adelante: «el milagro (de la Resurrección) no estaba aquí para hacernos vivir cosas extraordinarias, sino para que nosotros vivamos extraordinariamente lo ordinario».
Como recordé en otro lugar, hace precisamente un año: la gran novedad de la Resurrección a diferencia de otras teofanías bíblicas, según destacó Benedicto XVI, es que Jesús sigue siendo Dios y Hombre verdadero. Vive de un modo nuevo, pero no es un fantasma. Se sienta a la mesa y come y bebe. E incluso no es reconocido por sus seguidores, como los de Emaús, hasta que muestra su esencia de acompañamiento para siempre, al consagrar el pan en la Eucaristía. Y en el siglo XXI se sigue produciendo el milagro renovado de dar sentido a la vida de judíos y gentiles.
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