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Iñaki Vadillo, en la redacción de SUR tras la entrevista. Salvador SalasIñaki Vadillo, catedrático de Hidrogeología de la UMA
«El reto del agua en Málaga ya no es la sal, sino los 'químicos para siempre' que generamos en nuestras actividades cotidianas»Admite que, aunque él bebe agua del grifo porque es «excelente», los compuestos que producen sartenes de teflón, ciertos tejidos o cosméticos imponen una nueva presión sobre los acuíferos y la salud
Domingo, 12 de abril 2026, 00:45
... separaba al malagueño de beber del grifo. Sin embargo, para Iñaki Vadillo, catedrático de Hidrogeología de la Universidad de Málaga (UMA), esa batalla pertenece al pasado gracias a infraestructuras de tratamiento como la planta de El Atabal. El desafío es hoy más complejo y no tiene que ver con la geología del terreno, sino con nuestra forma de vida y los contaminantes que generamos en nuestras actividades cotidianas. La preocupación científica se desplaza ahora hacia los PFAS, conocidos como «químicos para siempre», sustancias que generan la ropa con la que nos vestimos, sartenes de teflón, cosméticos, muebles y multitud de productos de uso cotidiano que terminan inevitablemente en el ciclo del agua. Reconoce, no obstante, que conviene no obsesionarse, porque «no podemos volver al Neolítico». De hecho, defiende que el agua de Málaga es excelente y que él bebe la que sale del grifo «con total tranquilidad», aunque admite su preocupación por los contaminantes emergentes generados por el avance de la industria que las estaciones de tratamiento todavía no son capaces de eliminar y sus efectos en la salud a medio y largo plazo.–¿Qué ocurre en otras zonas de la provincia?
–La calidad del agua es muy buena en toda Málaga, pero su origen marca diferencias importantes. En las zonas que se abastecen de los acuíferos carbonáticos, como la Sierra de Mijas, Torremolinos, Benalmádena o municipios como Alhaurín el Grande, Coín, Istán u Ojén, la naturaleza nos regala un agua de una pureza extraordinaria. Las rocas carbonatadas apenas aportan mineralización, lo que da como resultado un agua equilibrada que requiere tratamientos mínimos. Lo mismo sucede en la Serranía de Ronda o en el entorno del Torcal de Antequera. En cambio, hay municipios donde el acceso a estos acuíferos es limitado y dependen de entornos con materiales que aportan mucha salinidad. Es el caso de Fuente de Piedra, la Vega de Antequera o el Bajo Guadalhorce. Aquí no hay un riesgo sanitario, el agua es perfectamente segura, pero su palatabilidad —su sabor— es inferior. No es un problema de salud, sino de la interacción natural del agua con el terreno.
Sin embargo, lo que realmente nos preocupa ahora no es esa salinidad natural, que sabemos tratar, sino la carga de contaminantes que el terreno no puede filtrar por sí solo.
–Aquí es donde entran los contaminantes emergentes y, sobre todo, los PFAS. ¿Por qué la ciencia y la Unión Europea han puesto el foco en estos compuestos?
Los contaminantes emergentes son un grupo de sustancias que incluyen desde residuos de antibióticos y fármacos hasta microplásticos, fragancias o pesticidas. Se llaman «emergentes» porque, aunque llevan tiempo ahí, es ahora cuando tenemos la capacidad tecnológica para medirlos y cuando empezamos a comprender su impacto real. Dentro de este grupo, los PFAS (sustancias per– y polifluoroalquiladas) son la gran preocupación actual. Se les llama «químicos para siempre» porque su estructura química es una de las más fuertes que existen. Esto significa que no se degradan en la naturaleza ni el cuerpo humano puede procesarlos con facilidad.
La Unión Europea está en pleno proceso de revisión para incluirlos con límites muy estrictos en el Real Decreto de Agua de Consumo Humano. Son sustancias con un potencial cancerígeno y el gran desafío es que muchas de las estaciones de tratamiento actuales no tienen la capacidad tecnológica para retirar estas moléculas tan persistentes. Si los límites legales bajan , como se espera, muchas infraestructuras hídricas en todo el mundo se enfrentarán a un problema para cumplir la nueva normativa.
«Los 'químicos para siempre' (PFAS ) están en productos de uso cotidiano como las sartenes de teflón, los muebles o en la ropa hecha con algunos tejidos»
-¿Cómo llegan estos compuestos 'químicos para siempre' hasta el agua?
-Estos químicos forman parte de nuestras actividades diarias. Están en el teflón de las sartenes antiadherentes que usamos cada mañana, en el Goretex de las chaquetas que nos protegen de la lluvia, en los cosméticos, en los plásticos que metemos en el microondas, en el recubrimiento de muebles… en todas partes. Cuando lavamos esa ropa técnica o cuando desechamos ciertos cosméticos, esas moléculas viajan por el desagüe hacia las depuradoras. Al ser tan resistentes, una parte atraviesa los sistemas de limpieza convencionales y acaba en los ríos o se filtra hacia los acuíferos. El peligro no es una intoxicación inmediata, sino la bioacumulación. Son dosis minúsculas, pero persistentes, que se van acumulando en nuestros tejidos a lo largo de décadas. La ciencia ya vincula esta acumulación con alteraciones en la glándula tiroides o en el sistema inmunológico, casos de TDAH y disrupciones hormonales como la pubertad precoz.
–¿Qué ocurre con otras sustancias como los disruptores endocrinos?
–Estamos detectando una presencia creciente de disruptores endocrinos que provienen de productos de higiene personal como champús y cremas. También detectamos restos de fármacos, que el ser humano excreta y que el sistema de saneamiento no logra eliminar por completo. Un ejemplo muy ilustrativo es la sucralosa, un edulcorante que es tan estable químicamente que sigue apareciendo en el agua aunque ya no se use.
A esto hay que añadir el reto de los nanoplásticos. Si los microplásticos ya son difíciles de gestionar, los nanoplásticos tienen un tamaño tan ínfimo que pueden encontrarse en órganos como el cerebro. La tecnología de medición para estos últimos es extremadamente compleja y cara, lo que nos deja todavía en una zona de sombra legislativa. En una provincia como Málaga, con una densidad de población en aumento y cada vez más turismo, el volumen de estas sustancias en nuestras aguas residuales no deja de crecer.
-¿Está nuestra tecnología de tratamiento a la altura de esta carrera de contaminantes?
-Estamos en una lucha desigual. La industria química es capaz de poner en el mercado nuevas moléculas mucho más rápido de lo que la ciencia puede estudiar sus efectos o de lo que la ingeniería puede diseñar sistemas para eliminarlas. No existe un filtro único que lo quite todo– Actualmente, las plantas de tratamiento de aguas residuales hacen un trabajo excelente, pero no pueden garantizar la ausencia total de microcontaminantes.
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Iñaki Vadillo afirma que bebe agua del gripo «con total tranquilidad». Salvador Salas«El que quiera poner un filtro en su casa o comprar agua embotellada, me parece maravilloso, pero el agua del grifo es muy buena»
–Mucha gente opta por filtros domésticos o agua embotellada por desconfianza. ¿Qué opina usted sobre estas soluciones particulares?
-Mi opinión es muy clara: el agua del grifo en Málaga es segura y de alta calidad. El que quiera poner un filtro de ósmosis en su casa o comprar agua embotellada, me parece maravilloso, tanto si lo hace por comodidad, por preferencia de sabor o porque le gusta el agua con menos mineralización. Los filtros domésticos son muy eficaces para «ablandar» el agua, quitándole ese calcio o magnesio que puede dar un sabor más fuerte o afectar a la vida de los electrodomésticos. Sin embargo, no debe verse como una necesidad de salud pública.
En cuanto al agua embotellada, tampoco puede considerarse como de pureza total . Se han hecho estudios en los que se detectan químicos derivados del propio envase de plástico, especialmente si se ha expuesto al sol o al calor.
–Usted ha mencionado que no existe ya ningún lugar libre de contaminación en el mundo. ¿Cómo es eso posible incluso en entornos naturales protegidos?
–Esa es la realidad de un mundo globalizado. En nuestras investigaciones en la provincia, cuando necesitamos una «muestra en blanco» (agua sin contaminar) para comparar, acudimos a lugares como la Fuente de los Cien Caños, en un entorno de sierra virgen. Para nuestra sorpresa, al analizarla con la precisión actual, encontramos trazas de compuestos químicos. ¿Por qué? Por el transporte atmosférico.
Estas sustancias, una vez que se volatilizan o se adhieren a partículas en suspensión, viajan con el viento y caen con la lluvia a muchos kilómetros de distancia. Se han detectado PFAS y microplásticos en la nieve del Mont Blanc, en los glaciares de la Antártida y en las cumbres del Himalaya. No hay ni un solo rincón del planeta donde no se detecte la huella del hombre.
«Calentar en un táper de plástico facilita la migración de compuestos nocivos a los alimentos»
–¿Qué medidas prácticas podemos tomar en nuestras casas para reducir esta presión química que usted describe?
–Lo primero es la conciencia. Debemos intentar reducir el uso de productos innecesarios, como los desengrasantes antibacterianos potentes para tareas cotidianas. Ese exceso de higiene química contribuye a la creación de resistencias bacterianas en el medio ambiente. Claro que no hay que caer en la obsesión, porque no podemos volver a la edad de Piedra.
En la cocina, la recomendación es clara: evitar el teflón y pasar a sartenes de acero inoxidable, titanio, vidrio o cerámica. El teflón degradado es una fuente de PFAS. Y, por supuesto, reducir el uso de plásticos, especialmente en contacto con la comida caliente. Calentar un táper de plástico en el microondas facilita una migración de sustancias al alimento. Sustituirlos por recipientes de vidrio es un gesto sencillo que reduce mucho el riesgo.
-¿En su casa se bebe agua del grifo o embotellada?
-Bebo agua del grifo con total tranquilidad. Lo hago en Málaga, en Torremolinos y en cualquier municipio al que voy. Los estándares de calidad en España para el agua de bebida son de los más exigentes que existen. Es cierto que la legislación tarda tiempo en actualizarse con los nuevos descubrimientos científicos —el Real Decreto actual no lo cubre todo todavía—, pero las empresas de agua cumplen escrupulosamente con los parámetros legales que están vigentes, que ya de por sí son muy conservadores. Confío plenamente en la tecnología que tenemos. El hecho de que sepamos que existen esos contaminantes es, paradójicamente, una buena noticia: significa que los estamos vigilando.
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