LA TRIBUNA
El totalitarismo se apalanca en las minoríasPedro Sánchez no necesita acabar con la democracia para deteriorarla. Le basta con acostumbrarnos a que prácticamente cualquier principio pueda reinterpretarse
Regala esta noticia Añádenos en GoogleJosè María Baselga
Empresario
03/09/2026 a las 02:00h.El totalitarismo no siempre llega uniformado. A veces conserva las urnas, mantiene las instituciones y hasta reivindica constantemente la democracia. Su mecanismo puede ser mucho ... más sofisticado: vaciar progresivamente los contrapesos mientras dispersa el poder de una mayoría social hasta convertirla en rehén de las minorías parlamentarias necesarias para conservar el Gobierno.
La cuestión, por tanto, ya no consiste en ser de izquierdas o de derechas. Tampoco en elegir entre progresistas y conservadores. Es mucho más elemental: decidir cuánto poder estamos dispuestos a permitir que acumule la política sobre las instituciones y cuánto estamos dispuestos a sacrificar para que una determinada mayoría parlamentaria continúe existiendo. Ganar una votación parlamentaria permite gobernar. No concede el derecho moral a remodelar indefinidamente las reglas, los equilibrios y las instituciones que precisamente existen para impedir que quien gobierna pueda disponer de todo.
Ganar una votación parlamentaria permite gobernar. No concede el derecho moral a remodelar indefinidamente las reglas
Y la Corona resulta incómoda para cualquier concepción expansiva del poder político. El Rey no gobierna. No redacta presupuestos. No dirige ministerios. No legisla. No dispone de una mayoría parlamentaria. Precisamente por eso representa algo extraordinariamente importante: una institución situada fuera de la competición cotidiana por conquistar y conservar el Gobierno.
La discusión entre Monarquía y República es perfectamente legítima, aunque personalmente considero que fortalece más al Estado contar con una persona formada durante décadas para ejercer esa función que entregar periódicamente la Jefatura del Estado a un político cuyo mérito fundamental haya sido reunir los votos suficientes. Ganar unas elecciones acredita capacidad electoral, pero no garantiza la preparación, independencia o altura institucional necesarias para representar a toda una nación.
Pero el problema no es elegir entre República o Monarquía... lo preocupante es llegar a una transformación sustancial del equilibrio institucional español no mediante una gran decisión nacional constitucionalmente formulada, sino como consecuencia acumulativa de pactos particulares, cesiones sucesivas y geometrías parlamentarias concebidas para garantizar la supervivencia inmediata de un Gobierno.
Y esa misma reflexión debemos aplicarla al federalismo. España puede discutir racionalmente un modelo federal. Existen democracias federales extraordinariamente sólidas. Pero una cosa es diseñar constitucionalmente una distribución territorial del poder y otra utilizar su fragmentación para construir mayorías estatales mediante intereses particulares. El resultado es paradójico: aparentemente se descentraliza el poder, pero simultáneamente aumenta la capacidad del Gobierno central para conservarlo gracias a quienes reciben concesiones diferenciadas.
Pedro Sánchez necesita a las minorías parlamentarias... pero no a todas.
Ceuta también es una minoría, pero una minoría territorial minúscula, necesariamente vinculada al conjunto de España y cuya debilidad debería precisamente justificar una especial protección del Estado. Pero Ceuta no dispone de la aritmética parlamentaria necesaria para convertir su singularidad en una mercancía política, por eso la tratan como un peón sacrificable.
Otras minorías sí. Y entonces aparece un incentivo perverso: cada voto imprescindible incrementa su precio político. El Gobierno necesita sus diputados. Ellas necesitan las concesiones del Gobierno. Y quien termina pagando la transacción es el conjunto. Ahí reside la trampa. Proteger a una minoría no significa entregarle una capacidad política superior a la que corresponde democráticamente a los ciudadanos que representa.
La igualdad consiste exactamente en lo contrario. La democracia protege a las minorías frente al abuso de las mayorías. Pero también debe proteger a las mayorías frente al abuso de las minorías.
Un ciudadano no puede valer más porque su voto resulte parlamentariamente imprescindible. Y tampoco menos porque forme parte de una mayoría que carece de capacidad de negociación política. Esta es una distinción que el falso progresismo ha conseguido desdibujar extraordinariamente bien: confundiendo la defensa del débil con la legitimación de reivindicaciones formuladas en nombre de una minoría. Basta ya.
La regla democrática otorga a las mayorías la capacidad de gobernar, pero no un poder ilimitado. Los derechos fundamentales y la Constitución protegen a quien queda en minoría. Lo que no puede ocurrir es exactamente lo contrario: que la necesidad parlamentaria termine convirtiendo a determinadas minorías en políticamente más valiosas que la mayoría de los ciudadanos.
Necesitamos algo mucho más radical, en el verdadero significado de la palabra... regresar a la raíz, igualdad ante la ley, separación de poderes, instituciones fuertes, libertad individual, una misma ciudadanía, gobiernos sometidos a límites y, en definitiva, una nación capaz de decidir colectivamente su futuro sin que éste sea el resultado accidental de la aritmética necesaria para que alguien permanezca cuatro años más en La Moncloa.
Pedro Sánchez algún día dejará de gobernar. Pero la cuestión verdaderamente importante es qué habrá cambiado para entonces, qué precedentes habremos aceptado y qué concepción del poder habremos normalizado. Porque las democracias rara vez descubren el deterioro de sus instituciones el día en que comienza, sino que lo descubren cuando aquello que habría resultado intolerable diez años antes se ha convertido simplemente en normal.
El totalitarismo del siglo XXI no necesita necesariamente silenciar a la mayoría. Puede resultarle más eficaz fragmentarla y gobernarla mediante la suma de minorías imprescindibles... y España debería empezar a atreverse a llamar a esa amenaza por su nombre.
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