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El zorro cerrajero

El zorro cerrajero
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Mi hermosa lavandería

El zorro cerrajero Regala esta noticia Añádenos en Google

Isabel Coixet

12/06/2026 a las 10:05h.

La cifra del último caso aparece en la pantalla del móvil mientras espero a que salga el café, y siento esa sensación de desinflarse una ... por dentro, como cuando vuelves a casa y descubres que se ha ido la luz y toda la comida del congelador se ha echado a perder, incluidas las vieiras y los gambones que compraste de oferta en La Sirena. El nombre me deja atónita, se me atraganta el café. Me quedo ahí, con la taza en la mano, pensando que no puede ser. Que debe de tratarse de un error. Me siento el ser más imbécil del planeta. Me invade algo que yo diría es desolación.

Pienso con horror en los días que vienen, las declaraciones, los sumarios, la basura exhibida, los que se relamen y sacan pecho, los que llegarán al poder con ganas de venganza, los Atilas de barrio, todos los «te lo dije» que nos esperan.

Y, visto lo visto, otra proposición: eliminar las pensiones a perpetuidad de toda clase de presidentes, los estatales y los autonómicos. Visto lo visto, la paga vitalicia no atenúa las ganas de acumular

Ojo, yo no me creo mejor ni con una brújula moral mejor orientada que los que están en el poder. Yo sólo me pregunto: ¿por qué a mí me frenan cosas que a ellos, allí arriba, dejan de frenarlos? A mí, lo confieso, me frena que me pillen. Me frena el tamaño de mi vergüenza. Me frena no saber cómo hacerlo.

Y eso es exactamente lo que el poder hace: quitar los frenos. Arriba, nadie te mira de cerca; estás rodeado de gente que cobra de ti y que ha aprendido a no ver. Arriba, las cantidades pierden el cuerpo, dejan de ser dinero y se vuelven cifras en una pantalla, partidas, conceptos, y es facilísimo robar lo que ya no parece de nadie. Arriba, la consecuencia se aleja: los procesos duran años, las responsabilidades se diluyen, y para cuando llega la sentencia –si llega– ya estás en otra cosa, o jubilado, o muerto. El poder no corrompe porque convierta a los buenos en malos. Corrompe porque retira, uno a uno, los pequeños obstáculos que a la gente normal nos mantienen más o menos honrados. Nos creemos virtuosos y a lo mejor solo somos torpes.

Y si eso es así –si la honradez de casi todos es, en buena parte, una cuestión de frenos–, entonces blindar las arcas del Estado no consiste en encontrar santos para los cargos. Consiste en algo menos romántico y más eficaz: en devolverle al poder los frenos que el poder se quita. En poner la mirada donde nadie mira: cuentas públicas abiertas, legibles por cualquiera, no en un PDF de tres mil páginas –que es otra forma de ocultar, porque ¿quién coño se va a leer tres mil páginas?–, sino de verdad. En devolverles el cuerpo a las cantidades: triples controles previos al gasto, y no solo el lamento posterior cuando ya no hay nada que recuperar. En acercar la consecuencia: que entre la falta y el castigo no medie media vida, porque una consecuencia que llega en quince años no asusta a nadie. Y en separar de verdad a quien gasta de quien fiscaliza, de quien juzga, de quien adjudica, porque la corrupción adora la concentración, prospera siempre donde una sola mano firma, paga y se revisa a sí misma.

Y visto lo visto, otra proposición: eliminar las pensiones a perpetuidad de toda clase de presidentes, los estatales y los autonómicos. Visto lo visto, la paga vitalicia no atenúa las ganas de acumular, tan sólo te deja demasiado tiempo libre para rumiar.

Nada de todo lo que estamos viviendo es nuevo. Lo sabemos. Lo que pasa es que los frenos los diseñan, los aprueban y los aflojan precisamente quienes más se benefician de que estén flojos, y ahí está el chiste amargo de toda la cuestión: pedirle al zorro que ponga la cerradura del gallinero.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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