Elimelej Stern, en la vista del caso que le ha llevado a prisión. Cedida.
Oriente Próximo Elimelej Stern, estudiante judío ultraortodoxo, condenado a tres años de prisión por espiar para Irán sin saberloEl joven jasídico fue captado por los servicios de inteligencia iraníes en las redes sociales. Debía realizar actos subversivos a cambio de pagos en criptomonedas.
Más información: La fuerza aérea de EEUU e Israel, claves en la caída de la cúpula militar de Irán.
Luis Ezcurra de Alburquerque Publicada 23 marzo 2026 01:44hLas claves nuevo Generado con IA
En la madrugada del 27 de junio de 2024, el estudiante judío Elimelej Stern, de 22 años, fue arrestado por funcionarios del Shin Bet, el servicio de inteligencia y seguridad interior de Israel. Lo acusaron de conspirar para Irán contra la seguridad de su país. El pasado 5 de febrero el Juzgado de Distrito de Jerusalén lo condenó a tres años de prisión.
Todo empezó nueve meses antes, cuando una persona identificada como "Anna Elena", de 22 años se puso en contacto con el joven. Le contó que era una activista canadiense que luchaba contra los accidentes de tráfico y pidió su ayuda para "salvar vidas en Israel". Le propuso realizar algunas misiones sencillas a cambio de pagos con criptomonedas.
Stern se dedicaba al estudio del Talmud, la Torá y otros textos rabínicos en una yeshivá, una escuela religiosa. Pertenecía a la rama jasídica ultraortodoxa del judaísmo, en la que los hombres deben dedicarse al estudio de las escrituras y las mujeres al cuidado de la casa.
¿La "guerra de Israel"? ¿De verdad?El joven ultraortodoxo estaba casado y era padre de dos hijos pequeños. Residía con su familia en un pequeño apartamento alquilado en Beit Shemesh, cerca de Jerusalén, donde trabajaba como escribano religioso para su comunidad.
Según sus propias declaraciones a la Policía, accedió a cumplir las misiones que le encomendó Anna Elena porque tenía una deuda del orden de unos 20.000 euros fruto de una "mala gestión financiera" y necesitaba el dinero.
Al principio fueron encargos sencillos: pegar unos carteles con la imagen de unas manos ensangrentadas y un texto que decía: "La historia escribirá que se asesinaron niños". Una vez cumplida la misión, debía enviar una foto o un vídeo y la supuesta activista le transfería las criptomonedas a una cuenta.
Se comunicaban a través de Telegram con su propio teléfono, pero al aumentar la complejidad de los trabajos encomendados, su contacto le encargó recoger un smartphone en un lugar determinado. Este nuevo aparato llevaba preinstaladas aplicaciones especiales que debía usar en sus comunicaciones.
Carteles que debía pegar en las calles de Jerusalén. Cedida.
Otra misión consistió en recoger pequeños paquetes que contenían dinero y dejar una parte en otras ciudades. Elimelej tuvo que reclutar a jóvenes que conoció por las redes para cumplir sus encomiendas en Tel Aviv o en Haifa.
La situación le resultó extravagante cuando 'Anna Elena' le pidió que dejase una cabeza de oveja en una caja de flores frente a la casa del embajador israelí ante el Organismo Internacional de Energía Atómica. Como no consiguió encontrarla en las carnicerías de su pueblo, ella le instó a comprar una oveja y decapitarla.
Aunque la recompensa por completar la extraña misión era sustanciosa, el ultraortodoxo se negó. El plan se cambió por dejar una muñeca decapitada acompañada de un cuchillo de carnicero en el lugar indicado. Para entonces, Stern comenzó a sospechar de la identidad de su interlocutora.
Luego tuvo que romper escaparates durante manifestaciones de extremistas, incendiar automóviles, o provocar un fuego en un bosque cercano. Por cada coche incendiado cobró 3.000 euros y por la acción del bosque recibiría 7.000, pero Stern se negó a llevarla a cabo. Ese mismo día, 'Anna Elena' le preguntó si estaría dispuesto a matar a una persona por 75.000 euros.
Elimelej rechazó la oferta. Llegó a la conclusión de que la supuesta activista era una impostora y pensó que podría tratarse de una alborotadora radical contra el gobierno. Jamás imaginó que, en realidad, al otro lado de la plataforma se encontraba un agente del servicio de inteligencia iraní.
Agentes del Seraj
El Seraj es una organización profesional 'ciberespacial' dependiente de las unidades provinciales de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán (IRGC). Es su 'brazo armado digital' y tiene como objetivos organizar el activismo online progubernamental, producir “contenidos apropiados” y contrarrestar actividades digitales hostiles al régimen.
Forma parte del ecosistema de seguridad y control social de la IRGC y ha sido sancionada por la Unión Europea por su papel en la represión digital y la manipulación informativa. Sus agentes se dedican a localizar disidentes en el ciberespacio y a reclutar activistas en todo el mundo.
Medios israelíes señalan que se han documentado 35 acusaciones formales que implican a cerca de 60 acusados por espionaje o colaboración tras ser captados en las redes por los iraníes. El Shaback y agencias internacionales hablan de cientos de ciudadanos contactados por llamadas automáticas o mensajes.
Detención y proceso de Stern
Tras su detención, Stern reconoció los hechos que se le imputaban, pero aseguró que desconocía la identidad de su interlocutora. Confesó que sospechaba de la veracidad de la información que le había trasladado, pero señaló que nunca imaginó que estaba actuando a favor de otra potencia.
Los interrogadores le preguntaron si estaba dispuesto a deshonrar a su comunidad como consecuencia de sus acciones. El ultraortodoxo aseguró que nunca haría nada que pudiera perjudicar a su entorno, pero que no tenía claro que lo que había hecho pudiera atentar contra su país.
El detenido, en las dependencias policiales. Shlomi Heller. Walla.
El abogado de Stern basó su estrategia en que su defendido no tenía forma de saber quiénes eran sus interlocutores. Actuaba con desconocimiento absoluto sobre la intencionalidad de sus acciones y argumentó que actuó por motivos económicos.
También incidió en su escaso conocimiento de la tecnología y los medios digitales. Su rama religiosa apenas permite un uso limitado de los teléfonos móviles y las aplicaciones. Eso le convertía en un blanco fácil para los reclutadores enemigos.
La juez que instruyó el caso, Chana Miriam Lomp, basó su sentencia de culpabilidad en que el acusado no hizo esfuerzos para desenmascarar la identidad de su interlocutora, aun cuando sospechaba de ella. El desconocimiento de su fuente no impidió que los hechos imputados fueran de gran perjuicio para la seguridad de la nación.
La Fiscalía presentó este martes un recurso al Tribunal Supremo del país para pedir un aumento de la pena a 7 años de cárcel. La petición se basa en que el peligro nacional es de gran envergadura y este caso debe servir de escarmiento.