Miércoles, 09 de septiembre de 2026 Mié 09/09/2026
RSS Contacto
MERCADOS
Cargando datos de mercados...
Tecnología

En 1984, la NASA envió 3301 abejas al espacio para ver de qué eran capaces. Siete días después habían construido 200 cm² de hexágonos

En 1984, la NASA envió 3301 abejas al espacio para ver de qué eran capaces. Siete días después habían construido 200 cm² de hexágonos
Artículo Completo 995 palabras
En abril de 1984, mientras cinco astronautas del Challenger se preparaban para protagonizar la primera reparación de un satélite en órbita, unos pasajeros mucho más pequeños realizaban su propio experimento. 3.301 abejas viajaron durante siete días en microgravedad para comprobar si podían organizar una colmena y, sobre todo, construir sus característicos panales cuando desaparecía algo que en la Tierra siempre habían tenido como referencia: la gravedad.  El comienzo fue accidentado, pero el resultado acabó siendo sorprendente. 3.300 abejas en el espacio. El experimento viajó en la misión STS-41C, que despegó el 6 de abril de 1984 y permaneció 6 días, 23 horas y 40 minutos en el espacio. Dentro, 3.301, alojadas junto a una reina en un módulo especialmente diseñado para mantenerlas vivas durante el vuelo. La pregunta propuesta por el estudiante Dan Poskevich era sencilla pero difícil de responder en la Tierra: averiguar si las abejas podían construir un panal sin gravedad y, en caso afirmativo, si conservarían la estructura hexagonal que producen normalmente. En Xataka Los secretos de New Horizons: cómo una sonda lanzada en 2006 despertó y avisó a Madrid desde 9.500 millones de km Al principio no salió bien. Las abejas sobrevivieron al lanzamiento, pero moverse sin gravedad planteó un problema inmediato: durante las primeras observaciones algunas intentaban volar y terminaban chocando contra las paredes del recinto. No tenían la referencia gravitatoria que normalmente determina dónde están arriba y abajo, hasta el punto de que parecían considerar el techo de la caja un lugar tan válido para construir como la plantilla preparada para guiarlas.  Sin embargo, el comportamiento fue cambiando con los días y, hacia el final de la misión, los registros señalaban que muchas ya volaban de un punto a otro sin lanzarse continuamente contra la parte superior del módulo. Las abejas en el espacio Hexágonos flotando en el espacio. La adaptación no se limitó al vuelo: las abejas empezaron a trabajar y terminaron construyendo aproximadamente 200 centímetros cuadrados de panal durante la misión. Los astronautas pudieron mostrar desde el Challenger una gran zona blanquecina de cera mientras describían cómo los insectos se habían puesto a construir intensamente, algo especialmente llamativo porque el grupo de control mantenido en una caja idéntica en la Tierra todavía no mostraba un panal visible en aquellas primeras observaciones.  El experimento había conseguido así su objetivo principal: demostrar que una colonia podía levantar sus estructuras características incluso cuando desaparecía la gravedad que había acompañado siempre a su comportamiento en la Tierra. Los hexágonos sobrevivieron a la microgravedad. El interés científico estaba precisamente en medir qué ocurría con la arquitectura del panal cuando las abejas perdían su referencia gravitatoria. Los investigadores compararon después aspectos como la forma, profundidad, diámetro y grosor de las paredes de las celdas y encontraron diferencias respecto a las construidas en la Tierra. Por ejemplo, diámetros medios menores y paredes más gruesas, aunque podían alcanzar profundidades normales. Las abejas conservaron por tanto la capacidad de fabricar y utilizar las celdas, llegando incluso a almacenar en algunas de ellas el jarabe azucarado que recibían como alimento. La sorpresa. Las observaciones mostraron que las 3.301 pasajeras recuperaron buena parte de las rutinas normales de una colonia. Ventilaban el recinto para controlar su humedad y temperatura, repartían el agua, el néctar y el polen disponibles y trasladaban las abejas muertas hacia un compartimento exterior. Hablamos de comportamientos que indicaban una organización colectiva funcional pese al entorno completamente extraño. Durante una de las retransmisiones, cuando solo habían muerto alrededor de una veintena, los especialistas consideraron aquella mortalidad compatible con el desgaste normal de una colonia; al terminar el vuelo, la mayoría había sobrevivido. Hasta la reina hizo su trabajo. El experimento produjo otra señal de normalidad inesperada: la reina llegó a poner alrededor de 35 huevos durante el viaje. Sin embargo, ninguno terminó eclosionando después del regreso a la Tierra y los investigadores no pudieron determinar con certeza la causa, frustrando la posibilidad de estudiar una nueva generación surgida de aquellos huevos.  El objetivo principal sí estaba cumplido: una colonia había demostrado que podía reorganizar su comportamiento y seguir construyendo sin depender exclusivamente de la gravedad para coordinarse. En Xataka La ciencia creía que las tormentas geomagnéticas tenían un límite. Un error de cálculo llevaba décadas ocultando la verdad Historia del Challenger. Lo cierto es que las abejas eran apenas un pequeño experimento estudiantil dentro de una misión mucho más ambiciosa. STS-41C desplegó el enorme Long Duration Exposure Facility y, sobre todo, consiguió capturar, reparar y volver a liberar el averiado satélite Solar Maximum Mission, en una compleja operación que incluyó caminatas espaciales, un brazo robótico y la mochila propulsora MMU.  Un retraso en aquella operación dejó incluso una jornada con más tiempo para que la tripulación atendiera el experimento: mientras el Challenger demostraba que los humanos podían reparar una máquina en órbita, miles de abejas estaban demostrando a pocos metros que podían prescindir de la gravedad y seguir construyendo hexágonos. Imagen | NASA En Xataka | La mala noticia es que el oxígeno de la Tierra tiene fecha de caducidad. La buena es que no estaremos aquí para verlo En Xataka | La NASA soñó con llevarnos al espacio como en un avión: 15 años después, el transbordador sigue siendo irrepetible - La noticia En 1984, la NASA envió 3301 abejas al espacio para ver de qué eran capaces. Siete días después habían construido 200 cm² de hexágonos fue publicada originalmente en Xataka por Miguel Jorge .
En 1984, la NASA envió 3301 abejas al espacio para ver de qué eran capaces. Siete días después habían construido 200 cm² de hexágonos

Miles de abejas estaban demostrando a pocos metros que podían prescindir de la gravedad

Sin comentariosFacebookTwitterFlipboardE-mail 2026-09-08T12:01:00Z

Miguel Jorge

Editor

Miguel Jorge

Editor Linkedintwitter1859 publicaciones de Miguel Jorge

En abril de 1984, mientras cinco astronautas del Challenger se preparaban para protagonizar la primera reparación de un satélite en órbita, unos pasajeros mucho más pequeños realizaban su propio experimento. 3.301 abejas viajaron durante siete días en microgravedad para comprobar si podían organizar una colmena y, sobre todo, construir sus característicos panales cuando desaparecía algo que en la Tierra siempre habían tenido como referencia: la gravedad. 

El comienzo fue accidentado, pero el resultado acabó siendo sorprendente.

3.300 abejas en el espacio. El experimento viajó en la misión STS-41C, que despegó el 6 de abril de 1984 y permaneció 6 días, 23 horas y 40 minutos en el espacio. Dentro, 3.301, alojadas junto a una reina en un módulo especialmente diseñado para mantenerlas vivas durante el vuelo.

La pregunta propuesta por el estudiante Dan Poskevich era sencilla pero difícil de responder en la Tierra: averiguar si las abejas podían construir un panal sin gravedad y, en caso afirmativo, si conservarían la estructura hexagonal que producen normalmente.

En XatakaLos secretos de New Horizons: cómo una sonda lanzada en 2006 despertó y avisó a Madrid desde 9.500 millones de km

Al principio no salió bien. Las abejas sobrevivieron al lanzamiento, pero moverse sin gravedad planteó un problema inmediato: durante las primeras observaciones algunas intentaban volar y terminaban chocando contra las paredes del recinto. No tenían la referencia gravitatoria que normalmente determina dónde están arriba y abajo, hasta el punto de que parecían considerar el techo de la caja un lugar tan válido para construir como la plantilla preparada para guiarlas. 

Sin embargo, el comportamiento fue cambiando con los días y, hacia el final de la misión, los registros señalaban que muchas ya volaban de un punto a otro sin lanzarse continuamente contra la parte superior del módulo.

Las abejas en el espacio

Hexágonos flotando en el espacio. La adaptación no se limitó al vuelo: las abejas empezaron a trabajar y terminaron construyendo aproximadamente 200 centímetros cuadrados de panal durante la misión. Los astronautas pudieron mostrar desde el Challenger una gran zona blanquecina de cera mientras describían cómo los insectos se habían puesto a construir intensamente, algo especialmente llamativo porque el grupo de control mantenido en una caja idéntica en la Tierra todavía no mostraba un panal visible en aquellas primeras observaciones. 

El experimento había conseguido así su objetivo principal: demostrar que una colonia podía levantar sus estructuras características incluso cuando desaparecía la gravedad que había acompañado siempre a su comportamiento en la Tierra.

Los hexágonos sobrevivieron a la microgravedad. El interés científico estaba precisamente en medir qué ocurría con la arquitectura del panal cuando las abejas perdían su referencia gravitatoria. Los investigadores compararon después aspectos como la forma, profundidad, diámetro y grosor de las paredes de las celdas y encontraron diferencias respecto a las construidas en la Tierra.

Por ejemplo, diámetros medios menores y paredes más gruesas, aunque podían alcanzar profundidades normales. Las abejas conservaron por tanto la capacidad de fabricar y utilizar las celdas, llegando incluso a almacenar en algunas de ellas el jarabe azucarado que recibían como alimento.

La sorpresa. Las observaciones mostraron que las 3.301 pasajeras recuperaron buena parte de las rutinas normales de una colonia. Ventilaban el recinto para controlar su humedad y temperatura, repartían el agua, el néctar y el polen disponibles y trasladaban las abejas muertas hacia un compartimento exterior.

Hablamos de comportamientos que indicaban una organización colectiva funcional pese al entorno completamente extraño. Durante una de las retransmisiones, cuando solo habían muerto alrededor de una veintena, los especialistas consideraron aquella mortalidad compatible con el desgaste normal de una colonia; al terminar el vuelo, la mayoría había sobrevivido.

Hasta la reina hizo su trabajo. El experimento produjo otra señal de normalidad inesperada: la reina llegó a poner alrededor de 35 huevos durante el viaje. Sin embargo, ninguno terminó eclosionando después del regreso a la Tierra y los investigadores no pudieron determinar con certeza la causa, frustrando la posibilidad de estudiar una nueva generación surgida de aquellos huevos. 

El objetivo principal sí estaba cumplido: una colonia había demostrado que podía reorganizar su comportamiento y seguir construyendo sin depender exclusivamente de la gravedad para coordinarse.

En XatakaLa ciencia creía que las tormentas geomagnéticas tenían un límite. Un error de cálculo llevaba décadas ocultando la verdad

Historia del Challenger. Lo cierto es que las abejas eran apenas un pequeño experimento estudiantil dentro de una misión mucho más ambiciosa. STS-41C desplegó el enorme Long Duration Exposure Facility y, sobre todo, consiguió capturar, reparar y volver a liberar el averiado satélite Solar Maximum Mission, en una compleja operación que incluyó caminatas espaciales, un brazo robótico y la mochila propulsora MMU. 

Un retraso en aquella operación dejó incluso una jornada con más tiempo para que la tripulación atendiera el experimento: mientras el Challenger demostraba que los humanos podían reparar una máquina en órbita, miles de abejas estaban demostrando a pocos metros que podían prescindir de la gravedad y seguir construyendo hexágonos.

Imagen | NASA

En Xataka | La mala noticia es que el oxígeno de la Tierra tiene fecha de caducidad. La buena es que no estaremos aquí para verlo

En Xataka | La NASA soñó con llevarnos al espacio como en un avión: 15 años después, el transbordador sigue siendo irrepetible

Fuente original: Leer en Xataka
Compartir