La historia de la innovación está llena de grandes nombres y rupturas épicas, pero también de avances silenciosos nacidos de errores mínimos, de despistes cotidianos que cualquiera podría haber cometido. A veces, una pequeña equivocación revela un problema tan común que nadie había caído en él o sabido formularlo, y basta con mirarlo de otro modo para encontrar una solución que acaba beneficiando a millones de personas sin que apenas se note.
En este caso, un hombre ahorró pasar vergüenza a millones de conductores.
Un problema universal. Posiblemente su nombre no te suena de nada, pero la historia de Jim Moylan es más importante de lo que parece. El relato arranca con una escena tan trivial como reconocible: un ingeniero de Ford (Moylan) empapado por la lluvia, parado en una gasolinera, dándose cuenta de que ha aparcado en el lado equivocado del surtidor.
Donde cualquiera habría sentido frustración o quizás cierta vergüenza, él vio un problema cotidiano que podía resolverse de forma elegante, barata y definitiva, y en cuestión de minutos redactó un memorando proponiendo un pequeño símbolo en el cuadro de instrumentos que indicara de qué lado estaba el depósito, una idea simple nacida de la experiencia personal y del convencimiento de que eliminar esa duda ahorraría tiempo, incomodidad y, sí, pequeñas humillaciones a millones de conductores.
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El camino a una gran idea. Moylan no era una figura mediática ni un alto directivo, sino un ingeniero de carrera larga y discreta dentro de la todopoderosa Ford Motor Company, un hombre, eso sí, obsesionado profesionalmente con los paneles de instrumentos y con hacerlos los más claros y útiles posibles.
Así, tras enviar su propuesta original en 1986, el hombre no volvió a pensar en ella, pero la empresa sí: el símbolo que había garabateado en una hoja entró rápidamente en desarrollo, fue aprobado sin grandes resistencias y acabó integrándose en los primeros modelos de finales de los años ochenta, demostrando que en las grandes organizaciones aún había espacio para que una buena idea, por pequeña que fuera y viniera de quien fuera, atravesara la jerarquía y se convirtiera en realidad.
Del Thunderbird al mundo entero. Pasaron los meses hasta que llegó la primera aparición pública de la flecha, un momento casi imperceptible, escondida en el cuadro de instrumentos de un Ford Thunderbird de 1989. Daba igual, su potencia residía precisamente en esa sencillez.
Era tan obvia y útil que la competencia no tardó en copiarla, y en muy poco tiempo pasó de ser una solución interna de Ford a convertirse en un estándar de facto en la industria mundial del automóvil, y lo hizo hasta el punto de que hoy aparece en prácticamente cualquier coche del mundo, incluidos los eléctricos, donde señala el lado del puerto de carga con la misma lógica imbatible.
El inventor sin patente (ni ego). A diferencia de otros innovadores, Moylan nunca patentó su idea ni pidió compensación económica o reconocimiento público, satisfecho simplemente con ver cómo su flecha funcionaba y ayudaba a la gente.
Durante décadas, millones de conductores se beneficiaron de su invento sin conocer si quiera su nombre, mientras él observaba en silencio cómo desaparecía ese pequeño “paseo de la vergüenza” en las gasolineras, acercándose a veces a desconocidos para explicarles la utilidad del símbolo, pero sin mencionar jamás que había sido cosa suya.
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Reconocimiento tardío. Recordaba hace unas semanas el Wall Street Journal que no fue hasta muchos años después, gracias a una investigación casual de un podcast y al rescate de archivos internos, cuando el nombre de Jim Moylan salió a la luz y se le reconoció públicamente como el autor de una de las innovaciones más discretas y universales del automóvil.
El hombre murió sin haber buscado fama, pero dejó un legado que sigue vivo cada vez que alguien se detiene ante un surtidor y, con un simple vistazo al cuadro de instrumentos, sabe exactamente dónde colocarse, recordándonos que a veces el verdadero genio consiste en resolver lo evidente de la forma más simple posible.
Imagen | Josh
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La noticia
En 1986 un hombre aparcó en el lado equivocado de la gasolinera. Ese día resolvió un problema vergonzoso para todos los conductores
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Xataka
por
Miguel Jorge
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En 1986 un hombre aparcó en el lado equivocado de la gasolinera. Ese día resolvió un problema vergonzoso para todos los conductores
La historia de la innovación está llena de grandes nombres y rupturas épicas, pero también de avances silenciosos nacidos de errores mínimos, de despistes cotidianos que cualquiera podría haber cometido. A veces, una pequeña equivocación revela un problema tan común que nadie había caído en él o sabido formularlo, y basta con mirarlo de otro modo para encontrar una solución que acaba beneficiando a millones de personas sin que apenas se note.
En este caso, un hombre ahorró pasar vergüenza a millones de conductores.
Un problema universal. Posiblemente su nombre no te suena de nada, pero la historia de Jim Moylan es más importante de lo que parece. El relato arranca con una escena tan trivial como reconocible: un ingeniero de Ford (Moylan) empapado por la lluvia, parado en una gasolinera, dándose cuenta de que ha aparcado en el lado equivocado del surtidor.
Donde cualquiera habría sentido frustración o quizás cierta vergüenza, él vio un problema cotidiano que podía resolverse de forma elegante, barata y definitiva, y en cuestión de minutos redactó un memorando proponiendo un pequeño símbolo en el cuadro de instrumentos que indicara de qué lado estaba el depósito, una idea simple nacida de la experiencia personal y del convencimiento de que eliminar esa duda ahorraría tiempo, incomodidad y, sí, pequeñas humillaciones a millones de conductores.
El camino a una gran idea. Moylan no era una figura mediática ni un alto directivo, sino un ingeniero de carrera larga y discreta dentro de la todopoderosa Ford Motor Company, un hombre, eso sí, obsesionado profesionalmente con los paneles de instrumentos y con hacerlos los más claros y útiles posibles.
Así, tras enviar su propuesta original en 1986, el hombre no volvió a pensar en ella, pero la empresa sí: el símbolo que había garabateado en una hoja entró rápidamente en desarrollo, fue aprobado sin grandes resistencias y acabó integrándose en los primeros modelos de finales de los años ochenta, demostrando que en las grandes organizaciones aún había espacio para que una buena idea, por pequeña que fuera y viniera de quien fuera, atravesara la jerarquía y se convirtiera en realidad.
Del Thunderbird al mundo entero. Pasaron los meses hasta que llegó la primera aparición pública de la flecha, un momento casi imperceptible, escondida en el cuadro de instrumentos de un Ford Thunderbird de 1989. Daba igual, su potencia residía precisamente en esa sencillez.
Era tan obvia y útil que la competencia no tardó en copiarla, y en muy poco tiempo pasó de ser una solución interna de Ford a convertirse en un estándar de facto en la industria mundial del automóvil, y lo hizo hasta el punto de que hoy aparece en prácticamente cualquier coche del mundo, incluidos los eléctricos, donde señala el lado del puerto de carga con la misma lógica imbatible.
El inventor sin patente (ni ego). A diferencia de otros innovadores, Moylan nunca patentó su idea ni pidió compensación económica o reconocimiento público, satisfecho simplemente con ver cómo su flecha funcionaba y ayudaba a la gente.
Durante décadas, millones de conductores se beneficiaron de su invento sin conocer si quiera su nombre, mientras él observaba en silencio cómo desaparecía ese pequeño “paseo de la vergüenza” en las gasolineras, acercándose a veces a desconocidos para explicarles la utilidad del símbolo, pero sin mencionar jamás que había sido cosa suya.
Reconocimiento tardío. Recordaba hace unas semanas el Wall Street Journal que no fue hasta muchos años después, gracias a una investigación casual de un podcast y al rescate de archivos internos, cuando el nombre de Jim Moylan salió a la luz y se le reconoció públicamente como el autor de una de las innovaciones más discretas y universales del automóvil.
El hombre murió sin haber buscado fama, pero dejó un legado que sigue vivo cada vez que alguien se detiene ante un surtidor y, con un simple vistazo al cuadro de instrumentos, sabe exactamente dónde colocarse, recordándonos que a veces el verdadero genio consiste en resolver lo evidente de la forma más simple posible.