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En 1987 se rodó una muerte tan salvaje que la gente tenía que taparse. El truco para lograrlo convirtió RoboCop en una obra de culto

En 1987 se rodó una muerte tan salvaje que la gente tenía que taparse. El truco para lograrlo convirtió RoboCop en una obra de culto
Artículo Completo 1,638 palabras
En 1987, el director de cine Paul Verhoeven le dio una vuelta de tuerca a la ciencia ficción de acción con RoboCop. En realidad, aquello fue un cóctel muy del gusto del director donde había sátira, cyberpunk y thriller policial. La diferencia fue que no se limitó a contar la caída y renacimiento de un héroe: decidió ganarse al espectador a martillazos emocionales, con una muerte tan cruel y desmedida que era imposible mirar sin sentirse incómodo.  La escena que lo cambió todo. Alex Murphy, el prota, aparece hasta ese momento como un buen policía arrojado a un mundo corrupto, pero la película no tiene tiempo de construirlo con calma, así que lo hace por la vía más brutal: literalmente, lo despedaza delante del espectador para que, cuando vuelva convertido en máquina, entienda que lo que se ha perdido no es solo carne, sino humanidad. Verhoeven lo explicaba con una idea casi religiosa y al mismo tiempo tremendamente cínica: "si quieres resucitar a Murphy como un RoboCop todopoderoso, primero tienes que crucificarlo”. Y aquella crucifixión, en lugar de ser simbólica o elegante, se rueda como una pesadilla física, sucia y dolorosa, una diseñada para que el espectador no pueda esquivar el impacto. En Xataka En 2009 Stephen Hawking organizó "la fiesta del siglo". No acudió nadie precisamente porque Stephen Hawking la organizó La matanza como narrativa. La secuencia está construida como una ejecución pública, con las risas de fondo de los criminales, y esa es posiblemente la clave de su violencia: no es solo que le descerrajen, es que por el camino lo humillan, lo convierten en un juguete roto, y lo torturan como si la pandilla disfrutara del espectáculo. La escena va escalando hasta parecer imposible, con el protagonista intentando entender lo que le ocurre mientras el cuerpo deja de obedecerle, y la banda actuando como auténticos dementes.  Ahí está el truco moral del director de RoboCop: los villanos eran absolutamente grotescos, sí, pero la película les elimina cualquier barniz simpático y los convierte en una amenaza social total. Así, cuando llega el disparo final que pone fin a la ejecución, el espectador ya no está viendo la típica película de “acción ochentera”, está viendo el punto de no retorno que hace que todo el film, desde ese minuto, sea una historia de pérdida y venganza. La vieja escuela de los efectos. Es imposible hablar de este clásico sin nombrar lo que la hace única. El cómo se rodó: nada menos que bajo las órdenes del legendario Rob Bottin con una obsesión artesanal que hoy parece impensable basada en prótesis, moldes, piezas falsas y trucos físicos meticulosamente diseñados. Para que la mutilación funcionara sin poner en riesgo al actor, se fabricó una mano falsa a partir de un molde real, se reconstruyó en fibra de vidrio y se dividió en secciones para poder “reventarla” con aire comprimido y sangre escénica sin necesidad de explosivos cerca del rostro. No era solo un efecto, era un aparato de ingeniería casera: tubos internos para sangre, control de presión, piezas que podían montarse y desmontarse, y un patrón de explosión repetible para clavar siempre el mismo resultado. La "muerte" se rodó además con una puesta en escena diseñada para esconder lo real y vender lo falso, con suelos elevados, huecos por donde meter el brazo verdadero bajo el escenario, y un miembro del equipo moviendo desde abajo un brazo postizo unido con velcro como si fuera una extremidad viva. El truco bajo suelo. Plus: la muerte de Murphy se sostiene sobre una coreografía secreta que el espectador nunca veía: operadores fuera de plano, mecanismos ocultos y una cantidad absurda de manos trabajando para que un segundo de pantalla parezca una pesadilla orgánica. No solo eso: un brazo de espuma disfrazado con uniforme policial, una estructura metálica para sujetarlo, bisagras en el “codo” y hasta un soporte anclado al falso suelo para que todo resistiera la violencia del efecto.  Mientras arriba el actor agonizaba y se tambaleaba, debajo había un equipo de profesionales bombeando sangre a mano y ajustando aire comprimido. Incluso los disparos que “deshacen” la armadura se reforzaron con detalles físicos sencillos pero brillantes, como pequeñas cargas con talco para simular fragmentación, una solución baratísima que, en cámara, sumaba textura y convertía la escena en algo táctil, con polvo, impactos y material que parece desprenderse del cuerpo. El muñeco de Peter Weller. Otro golpe de genialidad llegó con el momento del remate: para un disparo final que en la versión estrenada dura un suspiro, se construyó un torso completo de Murphy, un muñeco sofisticado con cara de látex hecha a partir de un molde del actor, cráneo interno de fibra de vidrio y mecanismos para mover cuello, mandíbula y cuerpo. No era un maniquí estático, era una criatura manipulada por cables, capaz de abrir la boca en un grito mudo, inclinarse, temblar y reaccionar al disparo como si aún hubiera vida dentro.  La ejecución se diseñó para que la parte trasera de la cabeza “saltara” con una explosión controlada, con piezas precortadas para romperse de una forma concreta y con el interior preparado con sangre y fragmentos blandos, de manera que el horror se sintiera mecánico pero convincente. Ademas, se añadió el detalle de “sudor” con agua pulverizada, como si el muñeco respirara por última vez, y un motor con vibración para que el cuerpo pareciera temblar de miedo, un truco casi obsceno por lo humano que vuelve al artificio. La censura como enemigo. Lo más increíble es que, aun así, lo que se vio en las salas fue una versión recortada. La violencia de RoboCop chocó de frente con el sistema de calificación de la época, y la película fue castigada con la X varias veces, obligando a reeditar, recortar y sacrificar material hasta conseguir una calificación comercialmente viable.  Paradójicamente, el corte que ayudó a salvarla fue uno que sus propios creadores consideraban “cutre” o demasiado evidente, el momento en que el brazo de Murphy sale volando tirado por un cable, pero era justo la mutilación que empujaba la escena al extremo, y que los censores no parecían dispuestos a tolerar. El resultado final fue un equilibrio algo extraño: RoboCop seguía siendo salvaje, pero con algunas amputaciones por la tijera de la censura, y un disparo final en la cabeza que había sido concebido como un momento largo y claustrofóbico, y que quedó reducido a apenas unos fotogramas, casi un destello que el ojo apenas procesa. Hoy sería impensable. Decir que hoy se haría "digital" es quedarse corto, porque lo verdaderamente impensable no es la técnica, sino más bien la mentalidad de la época. En los 80 se podía decidir que el héroe iba a morir de forma sádica y operística para ganar empatía, y se podía sostener la decisión con un equipo de artesanos capaces de construir extremidades que explotaban al unísono, muñecos hiperrealistas y sets diseñados para engañar a la cámara como un truco de magia truculento. Hoy, incluso con más medios, esa escena chocaría con otra cultura industrial: ritmos de producción más rápidos, riesgos laborales más vigilados, un ecosistema de franquicias que protege a sus protagonistas como activos, y una sensibilidad mucho menos tolerante a la violencia prolongada como espectáculo. Quizás por ello, RoboCop se volvió objeto de culto en poco tiempo: no solo por lo que contaba, sino por el descaro artesanal con el que lo hacía, por haber rodado una muerte que parecía excesiva incluso para su época y por haber convertido ese exceso en el motor emocional de toda la película. En Trendencias Cristina Clemente, notaria: "Yo nunca aconsejaría a una persona de 60 años donar sus bienes en vida, es un error que puede salir muy caro" La nostalgia. Si se quiere también, la muerte de Murphy fue el punto donde RoboCop se separa de casi todo lo que vino después en el cine de acción comercial. El truco no fue solo técnico, fue narrativo: hacer que el público sufriera lo suficiente como para aceptar una resurrección robótica sin olvidar lo que le han robado al hombre. De hecho, diría que ese es el motivo principal por el que sigue funcionando décadas después, incluso cuando el espectador sabe lo que va a venir: porque en 1987 se rodó una de las muertes más salvajes jamás filmadas a un protagonista, y se hizo con manos, látex, fibra de vidrio, bombas de sangre y una imaginación desbordante.  Imagen | Orion Pictures, RoboCopArchive En Xataka | En 1978 Christopher Reeve fue elegido para interpretar a 'Superman'. Se puso tan mazado que literalmente no cabía en el traje En Xataka | Cómo el mejor Batman de la historia del cine acabó devorado por su enemigo más implacable: los Happy Meals de McDonald's - La noticia En 1987 se rodó una muerte tan salvaje que la gente tenía que taparse. El truco para lograrlo convirtió RoboCop en una obra de culto fue publicada originalmente en Xataka por Miguel Jorge .
En 1987 se rodó una muerte tan salvaje que la gente tenía que taparse. El truco para lograrlo convirtió RoboCop en una obra de culto

La muerte de Murphy es el punto donde RoboCop se separa de casi todo lo que vino después en el cine de acción comercial

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Miguel Jorge

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En 1987, el director de cine Paul Verhoeven le dio una vuelta de tuerca a la ciencia ficción de acción con RoboCop. En realidad, aquello fue un cóctel muy del gusto del director donde había sátira, cyberpunk y thriller policial. La diferencia fue que no se limitó a contar la caída y renacimiento de un héroe: decidió ganarse al espectador a martillazos emocionales, con una muerte tan cruel y desmedida que era imposible mirar sin sentirse incómodo. 

La escena que lo cambió todo. Alex Murphy, el prota, aparece hasta ese momento como un buen policía arrojado a un mundo corrupto, pero la película no tiene tiempo de construirlo con calma, así que lo hace por la vía más brutal: literalmente, lo despedaza delante del espectador para que, cuando vuelva convertido en máquina, entienda que lo que se ha perdido no es solo carne, sino humanidad.

Verhoeven lo explicaba con una idea casi religiosa y al mismo tiempo tremendamente cínica: "si quieres resucitar a Murphy como un RoboCop todopoderoso, primero tienes que crucificarlo”. Y aquella crucifixión, en lugar de ser simbólica o elegante, se rueda como una pesadilla física, sucia y dolorosa, una diseñada para que el espectador no pueda esquivar el impacto.

En XatakaEn 2009 Stephen Hawking organizó "la fiesta del siglo". No acudió nadie precisamente porque Stephen Hawking la organizó

La matanza como narrativa. La secuencia está construida como una ejecución pública, con las risas de fondo de los criminales, y esa es posiblemente la clave de su violencia: no es solo que le descerrajen, es que por el camino lo humillan, lo convierten en un juguete roto, y lo torturan como si la pandilla disfrutara del espectáculo. La escena va escalando hasta parecer imposible, con el protagonista intentando entender lo que le ocurre mientras el cuerpo deja de obedecerle, y la banda actuando como auténticos dementes. 

Ahí está el truco moral del director de RoboCop: los villanos eran absolutamente grotescos, sí, pero la película les elimina cualquier barniz simpático y los convierte en una amenaza social total. Así, cuando llega el disparo final que pone fin a la ejecución, el espectador ya no está viendo la típica película de “acción ochentera”, está viendo el punto de no retorno que hace que todo el film, desde ese minuto, sea una historia de pérdida y venganza.

La vieja escuela de los efectos. Es imposible hablar de este clásico sin nombrar lo que la hace única. El cómo se rodó: nada menos que bajo las órdenes del legendario Rob Bottin con una obsesión artesanal que hoy parece impensable basada en prótesis, moldes, piezas falsas y trucos físicos meticulosamente diseñados. Para que la mutilación funcionara sin poner en riesgo al actor, se fabricó una mano falsa a partir de un molde real, se reconstruyó en fibra de vidrio y se dividió en secciones para poder “reventarla” con aire comprimido y sangre escénica sin necesidad de explosivos cerca del rostro.

No era solo un efecto, era un aparato de ingeniería casera: tubos internos para sangre, control de presión, piezas que podían montarse y desmontarse, y un patrón de explosión repetible para clavar siempre el mismo resultado. La "muerte" se rodó además con una puesta en escena diseñada para esconder lo real y vender lo falso, con suelos elevados, huecos por donde meter el brazo verdadero bajo el escenario, y un miembro del equipo moviendo desde abajo un brazo postizo unido con velcro como si fuera una extremidad viva.

El truco bajo suelo. Plus: la muerte de Murphy se sostiene sobre una coreografía secreta que el espectador nunca veía: operadores fuera de plano, mecanismos ocultos y una cantidad absurda de manos trabajando para que un segundo de pantalla parezca una pesadilla orgánica. No solo eso: un brazo de espuma disfrazado con uniforme policial, una estructura metálica para sujetarlo, bisagras en el “codo” y hasta un soporte anclado al falso suelo para que todo resistiera la violencia del efecto. 

Mientras arriba el actor agonizaba y se tambaleaba, debajo había un equipo de profesionales bombeandosangre a mano y ajustando aire comprimido. Incluso los disparos que “deshacen” la armadura se reforzaron con detalles físicos sencillos pero brillantes, como pequeñas cargas con talco para simular fragmentación, una solución baratísima que, en cámara, sumaba textura y convertía la escena en algo táctil, con polvo, impactos y material que parece desprenderse del cuerpo.

El muñeco de Peter Weller. Otro golpe de genialidad llegó con el momento del remate: para un disparo final que en la versión estrenada dura un suspiro, se construyó un torso completo de Murphy, un muñeco sofisticado con cara de látex hecha a partir de un molde del actor, cráneo interno de fibra de vidrio y mecanismos para mover cuello, mandíbula y cuerpo. No era un maniquí estático, era una criatura manipulada por cables, capaz de abrir la boca en un grito mudo, inclinarse, temblar y reaccionar al disparo como si aún hubiera vida dentro. 

La ejecución se diseñó para que la parte trasera de la cabeza “saltara” con una explosión controlada, con piezas precortadas para romperse de una forma concreta y con el interior preparado con sangre y fragmentos blandos, de manera que el horror se sintiera mecánico pero convincente. Ademas, se añadió el detalle de “sudor” con agua pulverizada, como si el muñeco respirara por última vez, y un motor con vibración para que el cuerpo pareciera temblar de miedo, un truco casi obsceno por lo humano que vuelve al artificio.

La censura como enemigo. Lo más increíble es que, aun así, lo que se vio en las salas fue una versión recortada. La violencia de RoboCop chocó de frente con el sistema de calificación de la época, y la película fue castigada con la X varias veces, obligando a reeditar, recortar y sacrificar material hasta conseguir una calificación comercialmente viable. 

Paradójicamente, el corte que ayudó a salvarla fue uno que sus propios creadores consideraban “cutre” o demasiado evidente, el momento en que el brazo de Murphy sale volando tirado por un cable, pero era justo la mutilación que empujaba la escena al extremo, y que los censores no parecían dispuestos a tolerar. El resultado final fue un equilibrio algo extraño: RoboCop seguía siendo salvaje, pero con algunas amputaciones por la tijera de la censura, y un disparo final en la cabeza que había sido concebido como un momento largo y claustrofóbico, y que quedó reducido a apenas unos fotogramas, casi un destello que el ojo apenas procesa.

Hoy sería impensable. Decir que hoy se haría "digital" es quedarse corto, porque lo verdaderamente impensable no es la técnica, sino más bien la mentalidad de la época. En los 80 se podía decidir que el héroe iba a morir de forma sádica y operística para ganar empatía, y se podía sostener la decisión con un equipo de artesanos capaces de construir extremidades que explotaban al unísono, muñecos hiperrealistas y sets diseñados para engañar a la cámara como un truco de magia truculento.

Hoy, incluso con más medios, esa escena chocaría con otra cultura industrial: ritmos de producción más rápidos, riesgos laborales más vigilados, un ecosistema de franquicias que protege a sus protagonistas como activos, y una sensibilidad mucho menos tolerante a la violencia prolongada como espectáculo. Quizás por ello, RoboCop se volvió objeto de culto en poco tiempo: no solo por lo que contaba, sino por el descaro artesanal con el que lo hacía, por haber rodado una muerte que parecía excesiva incluso para su época y por haber convertido ese exceso en el motor emocional de toda la película.

En TrendenciasCristina Clemente, notaria: "Yo nunca aconsejaría a una persona de 60 años donar sus bienes en vida, es un error que puede salir muy caro"

La nostalgia. Si se quiere también, la muerte de Murphy fue el punto donde RoboCop se separa de casi todo lo que vino después en el cine de acción comercial. El truco no fue solo técnico, fue narrativo: hacer que el público sufriera lo suficiente como para aceptar una resurrección robótica sin olvidar lo que le han robado al hombre.

De hecho, diría que ese es el motivo principal por el que sigue funcionando décadas después, incluso cuando el espectador sabe lo que va a venir: porque en 1987 se rodó una de las muertes más salvajes jamás filmadas a un protagonista, y se hizo con manos, látex, fibra de vidrio, bombas de sangre y una imaginación desbordante

Imagen | Orion Pictures, RoboCopArchive

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Fuente original: Leer en Xataka
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