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Economía

En mis 30 años de inversión, solo dos acontecimientos han sido verdaderamente relevantes

En mis 30 años de inversión, solo dos acontecimientos han sido verdaderamente relevantes
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Los mercados han ignorado todo, desde la geopolítica hasta las crisis financieras. Leer
Financial TimesEn mis 30 años de inversión, solo dos acontecimientos han sido verdaderamente relevantes
  • STUART KIRK
Actualizado 13 ABR. 2026 - 09:50Un miembro del personal sanitario del Area de Vigiláncia Intensiva y de la Sala de hospitalización del Servicio de Enfermedades Infecciosas del Hospital Clínic de Barcelona en plena COVID-19.Francisco AviaEFE

Los mercados han ignorado todo, desde la geopolítica hasta las crisis financieras.

Cuando los niños están tan de mal humor que lo rechazan todo, no sirve de nada ofrecerles más opciones. ¿Hamburguesas, pizza, sushi? ¡No, no, no! La única solución es invertir la situación. "Muy bien, dime tú qué quieres".

Ahí es donde se les descoloca. Verse obligado a dar una respuesta positiva en lugar de descartar todo a diestro y siniestro es un verdadero desafío. Y es un reto que, me avergüenza decir, ha llegado el momento de plantearme a mí mismo. He pasado décadas argumentando que hay pocas cosas que importen de verdad a los inversores. Entonces, ¿qué es lo que sí importa?

Últimamente he vuelto a reflexionar sobre esto, mientras otra guerra va y viene sin grandes repercusiones en la rentabilidad. En esta ocasión, han sido los operadores de petróleo los que han entrado en pánico. Pero para el resto de nosotros —hasta ahora— la situación sigue igual de animada y volátil que siempre.

De hecho, en columnas anteriores he demostrado que la geopolítica prácticamente se puede ignorar cuando se trata de precios de activos. Igual que ocurre con los tipos de interés, los regímenes fiscales, la gobernanza e incluso si nuestro color favorito es el azul o el verde.

Ya sabía casi todo esto antes de empezar como gestor de cartera hace tres décadas. Los datos históricos no engañan. Sin embargo, mirando hacia atrás, todavía me asombra lo poco que cambiaron las cosas los acontecimientos que nos aterrorizaban en aquel momento.

Las crisis asiática y rusa de finales de los 90 apenas nos distrajeron del dinero que ganábamos con las acciones de las empresas puntocom. Los ascensores tampoco dejaron de funcionar a medianoche del 31 de diciembre de 1999. Cuando finalmente llegó el desplome, no duró más de 24 meses.

La crisis financiera fue aún más corta. Excepto 30.000 millones de dólares, casi todo el dinero del programa de alivio para activos en problemas, unos 440,000 millones de dólares, ya ha sido devuelto. Los bancos estadounidenses reportarán beneficios récord (y bonus) la próxima semana. Todo sigue igual.

Y uno puede imaginarse trabajando en Deutsche Bank durante la crisis de la deuda de la eurozona. ¡Menudo susto nos llevamos con Grecia, España, la falta de una unión fiscal y demás! Todo aquello pasó. De hecho, los países que más nos preocupaban viven un boom ahora mismo.

Pero no son solo el Brexit, los aranceles y Ucrania los que no logran frenar la rentabilidad, como pensábamos. Las valoraciones estratosféricas tampoco parecen preocupar a los inversores. Ni las extremas concentraciones de capital, las autocracias como socios comerciales, ni ninguna de las supuestas "megatendencias" como la demografía o el clima.

¿Qué es lo que marca la diferencia, entonces? Si soy el niño quejica que no para de negar con la cabeza, ¿hay algo en mi trayectoria profesional que haya tenido un efecto significativo en la rentabilidad de las inversiones?

En realidad, hay dos. El primero —la admisión de China en la Organización Mundial del Comercio en 2001— ha tenido un impacto enorme en la economía y las finanzas. Justo antes de que sucediera, recuerdo estar sentado en una oficina de Sídney escuchando argumentos sobre por qué el dólar australiano —con una fuerte dependencia de las materias primas y poca de internet— se depreciaría para siempre.

Pues no ocurrió así. Gracias al mayor consumo de recursos naturales de la historia, mi país natal ha nadado en la riqueza desde entonces. En su apogeo, China representaba la mitad del consumo mundial de cobre, aluminio, cemento y mineral de hierro.

Mientras tanto, los juguetes, aparatos electrónicos y muebles que antes cuidábamos con tanto esmero bajaron tanto de precio que se convirtieron en artículos desechables. Occidente no podía comprar lo suficiente y pronto acumuló enormes déficits comerciales con China.

El correspondiente exceso de ahorro —sobre el que mi colega Martin Wolf ha escrito durante años— fue una de las principales razones de la caída de la inflación global y los costes de endeudamiento durante décadas. ¿Tienes algún amigo inversor en bonos o crédito con una mansión y un Ferrari? ¡Agradéceselo a la OMC!

El segundo factor es la pandemia. Sin embargo, a diferencia del caso anterior, en algunos aspectos es demasiado pronto para saberlo. Las peores repercusiones aún están por llegar.

Sabemos que los gobiernos contrajeron enormes niveles de deuda durante la pandemia. Aunque parte de esta deuda fue vital, la otra fue un despilfarro. Pocos políticos mencionan hoy las cifras de gasto. Son demasiado elevadas para asimilarlas. Unos 5 billones de dólares destinados a la ayuda por la Covid-19 en Estados Unidos superaron en más de diez veces los desembolsos brutos de la crisis financiera. Si se comparan, los miles de millones de dólares diarios gastados en Irán o en la misión Artemis II resultan irrelevantes.

En muchos países occidentales, los ratios insostenibles de deuda neta respecto al PIB serían aproximadamente un 20% menores de no ser por la pandemia. Si los mercados de deuda acaban desplomándose, la emisión de cheques en blanco durante este periodo tendrá gran parte de la culpa.

Todavía es pronto para saberlo, porque tras la pandemia, los votantes exigen que los gobiernos los rescaten de todos los problemas, desde las crisis del petróleo hasta las elevadas deudas estudiantiles. Esto imposibilita que los políticos implementen reformas vitales, como las del sistema de bienestar social.

Así que sí, dos cosas han sido importantes en mi trayectoria como inversor hasta ahora. En este momento, no estoy seguro de tener la fortaleza mental para afrontar una tercera .

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Fuente original: Leer en Expansión
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