- SEBASTIÁN ALBELLA
Escribo estas líneas impresionado, justo tras saber que nos ha dejado Enrique Piñel. La sucesión inexorable de las generaciones, aunque sus antecedentes familiares hacían presagiar especial longevidad y hasta hace muy poco, ya con 86 años, seguía en muy buena forma. A mediados de diciembre le vi por última vez, activísimo, haciendo como siempre agudas observaciones, en un acto de presentación de un libro (de Francisco Uría, buen amigo y discípulo suyo como yo).
Enrique Piñel ha sido un ciudadano ejemplar, y quizás el máximo ejemplo de la figura del profesional de reconocido prestigio, utilizada en tantas leyes. Y ha sido sin duda uno de los más eminentes exponentes de la sociedad civil española de los últimos cincuenta años.
Abogado del Estado en activo durante bastantes años, con destinos en Málaga y en el Tribunal Supremo entre otros, brilló después como asesor jurídico del grupo March y de la Asociación Española de Banca, de la que fue pieza clave hasta tiempos recientes (y en cuya creación tuvo un papel muy relevante). Cuantos en uno y otro ámbito tuvimos la oportunidad de trabajar con él le admirábamos profundamente por su capacidad para desentrañar las cuestiones más complejas, por su visión estratégica, por su gran habilidad para abordar y resolver con sentido eminentemente práctico tantos y tantos problemas. Una admiración que estoy seguro comparten quienes coincidieron con él en la Comisión General de Codificación, en la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, en los sucesivos comités de expertos sobre el buen gobierno de las sociedades cotizadas (incluido el primero y más decisivo, la Comisión Olivencia), en el Comité legal de la Federación Bancaria Europea, en el que dejó durante muchos años muy alto el pabellón español (hablaba con fluidez inglés y alemán), o en Unicef, organización a la que dedicó también considerable tiempo y esfuerzo.
En varias ocasiones pudo acceder a cargos públicos de primerísimo nivel, pero no quiso dar el paso. De cualquier forma, es muy difícil que con ello su contribución al progreso y calidad de la sociedad española, también por su carácter bondadoso, respetuoso y conciliador, pudiera haber sido mayor.
Me viene ahora a la memoria una conversación de hace un par de años en la que Manuel Conthe se refería a la propensión española a los homenajes póstumos y planteaba que organizáramos un gran acto o evento en su honor para que sintiera de modo personal el reconocimiento y agradecimiento general que su figura suscitaba. Una pena no haberlo hecho. En estos tiempos, de división y turbulencias, hubiera sido especialmente oportuno. En todo caso, Enrique Piñel permanecerá hondamente en la memoria no solo de sus familiares y amigos, sino de muchos de los profesionales que en el día a día, desde el servicio público o la sociedad civil, tratamos de contribuir a mejorar la sociedad española. Nos ha dejado uno de los grandes.
Sebastián Albella, abogado del Estado. Expresidente de la CNMV
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