El dedo se desliza por la pantalla con una familiaridad mecánica, casi sonámbula. Aparece una oveja que brinca sobre una valla. Desliza. Un meme sobre trabajar un lunes. Desliza. El discurso del primer ministro del país urgiendo a un rearme. Desliza. Una publicidad de ... crema antiarrugas con catorce compuestos naturales. Desliza. Un misil que alcanza un objetivo militar en una ciudad cuyo nombre resulta impronunciable. Desliza.
No hay una pausa, ni siquiera un ligero titubeo. El dedo prosigue con un movimiento automático, rítmico, acompasado a un intervalo de tiempo que no supera los diez segundos. Las imágenes se suceden como si estuviesen en una cinta transportadora. Sin mediación, sin separación de contextos. Como un enjambre irreal de sucesos irreales.
Susan Sontag advirtió en 'Sobre la fotografía' que una exposición continua a imágenes atroces nos podía volver insensibles a dicha atrocidad, pero años después se retractó. En una entrevista de 2004 advirtió que «las fotos brutales exigen una brutalidad previa que es necesario conocer. Con la que es necesario encararse».
Pero Sontag no frecuentó Instagram ni TikTok ni el 'scroll' infinito. No supo de esta megaconstrucción de la distracción, donde la tragedia no solo se observa, sino que se «gamifica», como en los vídeos publicados por la Casa Blanca. Como en el vídeo publicado una semana después del inicio de la guerra contra Irán, en el que aparece un montaje con escenas de diferentes películas, como 'Top Gun' o 'Gladiator', y la descripción: «La justicia al estilo americano».
Toda guerra es una tragedia, pero ahora la hemos banalizado hasta el punto de tratarla con la misma ligereza con la que ojeamos el catálogo de Netflix. Como una forma de entretenimiento. Como un producto de consumo visual, que vemos, pero no asimilamos. Que comentamos, pero no entendemos. Que compartimos, pero con el que no empatizamos.
Puede que la guerra no se luche solo en el frente. Puede que también se libre en nuestra mente. En el combate diario por preservar nuestra conciencia. Por horrorizarnos ante la apatía y el morbo, ante la posibilidad de ser meros espectadores, entretenidos por la desgracia contemporánea.
Y por resistirnos, salvajemente, furiosamente, a la mutilación de nuestra propia humanidad.
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