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Sánchez participa en un acto público con Carlos Martínez y Ana Redondo en Soria. EPSan Sebastián
Domingo, 8 de marzo 2026, 00:16
... la posición del país ante una crisis internacional de gran alcance. Sin embargo, lo que ha emergido ha sido otra cosa: un intercambio de consignas, caricaturas políticas y distorsiones mediáticas que han sustituido al debate parlamentario que una cuestión de esta gravedad exigiría.Las descalificaciones han sido tan rápidas como previsibles. Desde Podemos se ha presentado a Pedro Sánchez como un supuesto «señor de la guerra». Desde el PP se le acusa de ser «el señor de la mentira». Incluso el PNV ha censurado que haya convertido su posición en una proclama electoral. Mientras tanto, desde fuera, el Financial Times lo describe como la «némesis europea de Donald Trump». Cuatro retratos contradictorios de un mismo dirigente que reflejan hasta qué punto el debate político se ha convertido en una batalla de percepciones más que de hechos.
Conviene recordar algunos de esos hechos. Las bases militares en territorio español son de soberanía española y, según los acuerdos vigentes, cualquier uso ofensivo requiere el consentimiento explícito del Gobierno. Sánchez ha reiterado además que esas bases no se utilizarán para esta guerra. Pero la prudencia diplomática también exige claridad política, y esa pedagogía pública no siempre ha sido todo lo nítida que una crisis internacional de esta magnitud requiere.
Pese a ello, la discusión pública se ha deslizado hacia una interpretación interesada que presenta la misión de la fragata como una implicación directa de España en el conflicto. La realidad es menos épica. La Cristóbal Colón participa en una misión defensiva en el marco de la OTAN y la Unión Europea destinada a reforzar la coordinación entre aliados. No se trata de una operación ofensiva ni de una entrada en combate, pero la política contemporánea vive mal con los matices y la simplificación suele imponerse a la explicación.
En ese terreno ha reaparecido el viejo lema del «No a la guerra». Es una consigna con una profunda carga moral en la memoria colectiva española desde las movilizaciones contra la invasión de Irak. Y es justo ahí donde conviene recordar algo elemental: la guerra nunca es un recurso neutro para resolver disputas políticas o estratégicas. Cada escalada militar arrastra vidas, destruye tejidos sociales y deja cicatrices difíciles de reparar.
Detrás de esta controversia late también una batalla política interna. La derecha intenta presentar al Gobierno como débil o incoherente en la defensa de los intereses nacionales. Y Sánchez, consciente de ese terreno simbólico, ha decidido disputar precisamente ese espacio: el de la defensa de España y su posición en el mundo.
Durante décadas ese lenguaje fue casi patrimonio de la derecha política. Hoy el presidente intenta resignificarlo desde otra tradición: la del respeto a la legalidad internacional, el multilateralismo y la prudencia diplomática. No es una tarea sencilla, porque la moderación rara vez genera entusiasmo inmediato, pero en política exterior suele ser la posición más sensata.
Mientras tanto, el debate político español continúa envenenándose con episodios de desinformación, como el reciente vídeo falsificado sobre la ministra Margarita Robles. Cuando la manipulación sustituye al análisis, lo primero que se pierde es la capacidad colectiva de comprender la realidad.
Quizá por eso conviene recordar algo básico: las guerras no empiezan cuando zarpa una fragata. Empiezan cuando el ruido sustituye al pensamiento y cuando la política renuncia a explicar el mundo tal como es. En tiempos de tensiones globales y equilibrios cada vez más frágiles, la prudencia diplomática no es un gesto de debilidad. Es, en realidad, una forma de fortaleza
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