El premio Nobel de Literatura nos dejó una reflexión especialmente útil en tiempos de polarización
Sin comentariosFacebookTwitterFlipboardE-mail 2026-04-17T09:30:54ZCarlos Prego
Editor - MagnetCarlos Prego
Editor - Magnet Linkedintwitter3171 publicaciones de Carlos PregoFormes o no parte de su legión de usuarios, algo hay que reconocerle a X, la antigua Twitter: se ha convertido en un gigantesco laboratorio social. También la prueba definitiva de que a menudo a las personas nos cuesta menos abrir la boca (o teclear) que pensar antes para qué la vamos a usar. No importa que se trate del último partido de la Liga, la guerra de Irán, un vídeo de gatetes o cuestiones tan sensibles como la eutanasia: siempre habrá alguien dispuesto a sacar el móvil y compartir su opinión, incluso aunque esa opinión acaba de formarse.
De ahí que en este mundo verborreico Ernest Hemingway resuene con fuerza: "Se necesitan dos años para aprender a hablar y 60 para aprender a callar".
Hablar y callar. La historia de la Filosofía (así, con mayúsculas) está llena de buenas ideas… y de frases sugerentes de origen incierto y atribución dudosa. Lo hemos contado más veces. Llega una búsqueda rápida en Google para encontrar supuestas aseveraciones de Marco Aurelio, Da Vinci o Marie Curie (entre un larguísimo etcétera de pensadores) cuya autoría es imposible de confirmar.
Con la sentencia que hoy nos ocupa ocurre algo parecido. Llevamos décadas poniendo la frase "Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar" en labios de Hemingway cuando en realidad es imposible saber si llegó a pronunciarla. En 2019 Quote Investigador intentó confirmarlo y llegó a tres conclusiones. Primero, que se remonta al menos a 1909, cuando Hemingway era todavía un niño de Illinois. Segundo, que se ha asociado (con variantes) a otros intelectuales, incluido Mark Twain o Lydia Allen DeVilbiss. Tercero, que resulta muy complicado ir más allá de las dos conclusiones anteriores.
El valor de cada palabra. A la vista de todo lo anterior podríamos preguntarnos por qué prestar atención a un proverbio de autoría difusa. La respuesta es sencilla. Quizás no podamos confirmar si salió de los labios (o la pluma) de Hemmingway, pero desde luego conecta con el estilo de un novelista que se caracterizó por las frases concisas y la máxima economía del lenguaje.
En las obras de Hemingway cada palabra cuenta. Y eso es también una lección valiosa si tenemos pensamos en que nunca la humanidad (o al menos gran parte de ella) lo ha tenido tan fácil a la hora de expresar sus opiniones y participar del debate público. El torrente de opinión pública es tan poderoso que incluso ha desbordado y se ha llevado por delante los 140 caracteres de Twitter.
En defensa del silencio. Si la supuesta frase de Hemingway lleva cautivándonos más de un siglo no es solo por su punto irónico. En gran medida conecta también con una idea que sobrevuela la filosofía desde los tiempos de Pitágoras, a quien se atribuye otra frase similar: "Escucha, serás sabio".
Las personas nos expresamos de forma natural. Es parte de nuestro bagaje elemental, el que desarrollamos durante los primeros años de vida junto a otras habilidades como caminar. Lo complicado de hecho es hacer lo contrario: abrazar el silencio. En silencio se piensa, se reflexiona y se escucha, tareas que a menudo requieren un esfuerzo activo. "Se necesitan sesenta años para aprender a callar", nos recuerda Hemingway con sorna, dando a entender que el silencio es una virtud compleja que debemos trabajar y se tarda toda una vida en dominar.
¿Tan importante es? Sí. Educados en un mundo en el que desde muy pequeños se nos inculca que 'quien calla otorga' es fácil olvidarlo, pero el silencio en ocasiones es un arte. Para empezar requiere autocontrol. No siempre es fácil callar. Como comentan nuestros compañeros de Trendencias, además exige disciplina, tolerancia y cierta dosis de humildad y generosidad.
Contra la polarización. A cambio el silencio nos ofrece otras cosas. Nos deja mayor margen para la reflexión, para formarnos opiniones más fundamentadas y sobre todo para medir nuestras palabras y evitar arrepentimientos. En la era de las redes, el debate sostenido desde el anonimato y con la sociedad cada vez más polarizada, también ayuda a plantearse ciertas preguntas: ¿Puedo aportar algo a la conversación? ¿Estoy seguro de lo que voy a decir o por solo contribuiré a generar ruido? ¿Qué repercusiones pueden tener lo que yo diga para otros?
Las virtudes del silencio y la contemplación las han defendido muchos pensadores a lo largo de la historia, desde Pitágoras o los estoicos (incluido Epicteto o Marco Aurelio) a los grandes humanistas del Renacimiento. Incluso la neurociencia ha avalado las ventajas de darse un tiempo antes de abrir la boca. Ya lo decía el mismísimo Aristóteles en otras frase igual de ingeniosa: "El Sabio no dice nunca todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice".
Imágenes | Wikipedia 1 y 2
Vía | Trendencias
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