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"Es linda pero hay que rehacerle los pechos": Milena fue la última víctima de Epstein en España, el FBI le dio 6 sesiones de terapia

"Es linda pero hay que rehacerle los pechos": Milena fue la última víctima de Epstein en España, el FBI le dio 6 sesiones de terapia
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Vivía en Barcelona cuando fue captada por un intermediario del entorno de Jeffrey Epstein. Viajó varias veces a París para verlo, donde fue abusada. Él decidió cómo debía ser su cuerpo, recomendó cirujanos y pagó operaciones. Tras su muerte, el FBI la identificó como víctima residente en España y reconoció no estar ayudándola por falta de experiencia. Hoy vive en el Golfo Pérsico y ha declinado hablar con EL ESPAÑOL. Más información: Daniel Siad, el francoargelino que captaba víctimas para Epstein en España: "La chica tiene 20, pero parece menor".

Barcelona como punto de partida, París como escenario de los abusos. Fotografías enviadas para ser evaluadas, transferencias de dinero, mensajes de control y el rostro de Jeffrey Epstein componen el rastro documental del caso de Milena. Diseño: Arte E. E.

Reportajes INVESTIGACIÓN "Es linda pero hay que rehacerle los pechos": Milena fue la última víctima de Epstein en España, el FBI le dio 6 sesiones de terapia

Vivía en Barcelona cuando fue captada por un intermediario del entorno de Jeffrey Epstein. Viajó varias veces a París para verlo, donde fue abusada. Él decidió cómo debía ser su cuerpo, recomendó cirujanos y pagó operaciones.

Tras su muerte, el FBI la identificó como víctima residente en España y reconoció no estar ayudándola por falta de experiencia. Hoy vive en el Golfo Pérsico y ha declinado hablar con EL ESPAÑOL.

Más información: Daniel Siad, el francoargelino que captaba víctimas para Epstein en España: "La chica tiene 20, pero parece menor".

Publicada 8 febrero 2026 02:05h

Milena parecía triste en las fotos que le enviaba a Jeffrey Epstein. En todas. Él lo reconocía: "No se ve feliz". En los retratos aparece de pie, casi siempre de frente, el cuerpo entero encuadrado con una precisión que no tiene nada de casual. Los brazos caen rectos a los lados. La cara mira a cámara sin gesto. No hay sonrisa ni juego. No hay seducción. Son fotografías funcionales, hechas para cumplir una instrucción. Fotografías que no buscan gustar, sino ser evaluadas.

Epstein las recibía al otro lado del mundo, en una pantalla, y hacía con ellas lo que llevaba décadas haciendo con cuerpos jóvenes, a veces demasiado jóvenes: observar, comparar, decidir. En uno de esos mensajes dejó escrito un juicio que funciona como síntesis de todo lo que vendría después. "Me gusta, es linda, pero sus pechos son horribles". No es una frase lanzada al aire. Es un diagnóstico, una toma de poder. Y, a continuación, la consecuencia lógica: "Habrá que rehacerlos".

Era el verano de 2017. Milena tenía poco más de veinte años y vivía en Barcelona. Había llegado a España como llegan tantas jóvenes a una ciudad que promete oportunidades y no exige demasiadas explicaciones. Barcelona no era para ella un destino definitivo —aunque al final terminó siéndolo—, sino una base: el lugar desde el que buscaba trabajo, desde el que viajaba, y al que regresaba siempre.

Imagen de archivo de Jeffrey Epstein difundida por el Departamento de Justicia como parte del último conjunto de documentos sobre el difunto delincuente sexual condenado. E. E.

Una operación milimétrica

La joven, que procede de un país de fuera de la Unión Europea, vivía con lo justo. Encadenaba empleos de supervivencia, aunque soñaba con ser modelo. En los mensajes con Epstein, que comienzan a principios de 2017, y en los reiterados silencios y preguntas que repite, la joven se muestra cansada, insegura, desorientada. No habla de éxito ni de carrera. Habla de empezar de nuevo, a pesar de su juventud. De no saber muy bien hacia dónde va. De no sentirse bien con su cuerpo.

"Esta tarde estoy muy angustiada y he llorado porque lo estoy intentando con todas mis fuerzas. Ahora tengo que ir a trabajar, pero te enviaré un mensaje después si me has respondido y si he hablado con el doctor [un cirujano plástico que Epstein le ha recomendado visitar para reoperarse los pechos]", le escribe ella el 19 de julio de 2017.

Ese estado —la precariedad económica, la fragilidad emocional, la dependencia administrativa al ser extranjera— no es un detalle biográfico en esta historia. Es más bien el terreno donde el sistema de Jeffrey Epstein funcionaba con mayor precisión: no necesitaba secuestrar a nadie, le bastaba con ordenar la escena para que la joven quedara sin margen a través de duras palabras y órdenes.

De primeras, el pederasta casi nunca entraba en escena directamente. Antes estaban los intermediarios: hombres que sabían cómo hablar, qué pedir, qué tono usar. Hombres que se movían entre agencias de modelaje —donde, en Europa, Epstein solía poner asiduamente su ojo—, restaurantes, pisos compartidos y promesas vagas. La documentación judicial en poder de EL ESPAÑOL identifica a uno de esos operadores con base estable en Barcelona.

Se trata de Daniel Amar Siad, ciudadano francoargelino en libertad vinculado al mundo de la moda, con una agenda internacional que incluía Francia, Marruecos y España. Siad escribía a Epstein como quien rinde cuentas a un superior.

Con naturalidad, sin alarmas. Como si estuviera gestionando un encargo profesional y no participando en un sistema de explotación sexual. Es él quien descubre a Milena tan sólo dos semanas antes en un céntrico restaurante de la ciudad.

En sus mensajes, Milena es simplemente una más. Un pronombre sin biografía, reducido a datos muy útiles: cuánto le queda de visado, dónde duerme, si tiene dinero, qué necesita para "seguir". Cuando Epstein pregunta por novedades, Siad responde que ha salido, que se reunirá con contactos de agencias y que "intentará encontrar algo". Ese "algo" —tan vago como revelador— aparece en el corazón de la mecánica: buscar perfiles, moverlos, presentarlos, colocarlos.

España, y en particular Barcelona, funcionan como un nodo. Un punto de evaluación. Un lugar donde se puede alojar a una chica, pedirle fotos, tramitar un pasaporte, enviarla a otra ciudad, devolverla después al mismo sitio. En el caso de Milena funcionó como una promesa, la de obtener trabajo como modelo, y terminó en un abuso sexual reiterado, dinero y presiones mediante; en el que incluso la joven llegó a captar a varias amigas y a su hermana, entonces menor.

Primeras transferencias

En julio de 2017, la dependencia se vuelve material. Milena ya ha acudido un par de veces a París, al apartamento de Jeffrey, donde en algunos correos eléctronicos se disculpa una vez por quedarse dormida, otra vez por estar menstruando. En una conversación, Epstein pregunta cuál es el Western Union más cercano. La joven responde con una dirección concreta en La Rambla de Barcelona.

Él le exige los datos del pasaporte para enviar el dinero. Ella los envía. Epstein anuncia que mandará mil dólares. Milena responde sorprendida: la revisión médica —a la que acude por orden del magnate— cuesta 640 euros. En ese momento sus conversaciones se completan de nombres de doctores, discusiones sobre si será mejor operarse en Brasil o España. "Debes preguntarle exactamente cómo abordará el tema. Pezón, implantes, coste, tiempo, recuperación", dice el magnate.

El dinero llega igualmente, Milena lo recibe. No es un salario, es más bien una cuerda. El dinero aparece como gesto protector y, al mismo tiempo, como instrumento de control. "No tienes dinero, yo te doy el dinero. Pero gánatelo", sentencia Epstein. Es el inicio de una relación monetaria que duraría lo que duran las cosas que parecen no tener fin.

Poco antes, el estadounidense se enfada por no poder localizarla durante tres días. Milena consigue un pequeño contrato para realizar unas fotografías en una revista de moda con base en otro país. Al volver a Barcelona, es recriminada. "He tenido que preguntarle a Daniel Siad por dónde estabas. Que no vuelva a pasar".

Entonces, Milena vuelve a viajar varias veces a París para verlo. Los documentos permiten reconstruir esa logística con precisión: mensajes que fijan días, horas, hoteles. En esos encuentros, es abusada sexualmente por Epstein —según recoge documentación posterior en poder del FBI– no como un episodio aislado, sino como una parte de una relación de poder ya establecida. Él tenía 64 años y ella recién cumplía 23.

París no es una ciudad romántica en esta historia. Es un escenario funcional, una sala de espera con moqueta. Tras cada estancia, ella vuelve a Barcelona en vuelos de línea regular. Al principio sola, después acompañada.

"Ya estamos en Barcelona. Nos han perdido las maletas", cuenta después. Regresa siempre al mismo piso compartido, al mismo trabajo precario como camarera, a la misma incertidumbre. España aparece en los archivos de Epstein como una base logística, Milena es el rostro de la misma.

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Abuso psicológico

La relación se vuelve intensa. Jeffrey sabe que Milena lo ha pasado mal recientemente porque su exnovio la estafó y se quedó con su dinero. Aprovechándolo, le pregunta mucho por él. Ella siempre responde, hasta un día. "Solo tengo una pregunta: ¿por qué me preguntas tanto sobre mi exnovio? Espero que él no afecte nada de lo que estoy tratando de lograr, o que esta estúpida publicación falsa en las redes sociales no lo haga", envía Milena a Jeffrey en un mensaje de Skype.

La mayoría de los mensajes de entonces permanecen eliminados o inaccesibles en la documentación revelada por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos. Pero vuelven a versar sobre las quedadas, sobre la próxima operación de Milena —aún debaten entre ellos si realizarla en Brasil, España u otro lugar—.

El sistema del pederasta tiene memoria. Repite patrones, afina técnicas, corrige fallos. La cirugía estética se convierte en un "proyecto" administrado desde lejos. Epstein recomienda cirujanos y pregunta diariamente a Milena si ha hablado con ellos. En pocas palabras, decide cómo debe ser su cuerpo.

Ella, en un momento, duda, pide tiempo, dice que no se siente bien. Epstein no discute: presiona. "Envíame tus datos bancarios, vete a Brasil, pídele al doctor que lo haga, obtén precios para operaciones aéreas, etc", dice.

La red no se detiene en ella. Los documentos muestran que Epstein se interesa también por su hermana menor, igualmente vinculada al entorno del modelaje. Pregunta por ella. Solicita información. Se interesa por su edad y su físico. El interés está documentado. La lógica del sistema es expansiva.

"¿Tu hermana nunca envió fotos? ¿Es que no está dispuesta a ayudar?", pregunta Epstein, en referencia a imágenes de índole sexual. "Le acabo de enviar otro mensaje, quizá se le haya olvidado, a veces está muy ocupada...", responde Milena.

Después, la joven aparece, además, en algunos intercambios de mensajes actuando como enlace informal. Lo hace preguntando a otras chicas, tanteando posibilidades, moviéndose dentro del mismo circuito que la atrapó. No como reclutadora autónoma, sino como parte de un engranaje forzado de un sistema que se reproduce utilizando a las propias víctimas; y que guarda un considerable símil con otros casos de Epstein.

En uno de sus últimos mensajes, Jeffrey expresa a Milena que no considera que vaya a tener un futuro como modelo. "No me estás pidiendo consejo ni crees realmente en mí, solo me estás pidiendo dinero para poder hacer lo que crees que debes hacer para tener éxito. Creo en tu potencial. Pero no en tu futuro como modelo. Has esperado demasiado. El tren ya ha salido de la estación", le dice.

Nada de esto ocurre al margen de la justicia. Jeffrey Epstein ya había sido condenado en 2008 en Florida por delitos sexuales tras un acuerdo judicial que le permitió evitar una larga pena de prisión. Ese pacto, uno de los mayores escándalos del sistema judicial estadounidense, le dio más de una década para seguir operando.

En 2019 fue finalmente detenido en Nueva York por tráfico sexual de menores. Un mes después apareció muerto en su celda. El proceso penal se cerró. Pero las víctimas quedaron. Y es entonces cuando empieza otra historia.

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Cuando el FBI llega tarde

En noviembre de 2019, una abogada estadounidense escribe al FBI en nombre de su clienta. Vive en España. No pudo viajar a una reunión de víctimas. Quiere saber qué servicios existen. En particular, psicoterapia.

La respuesta interna del FBI es reveladora: al estar fuera del país, hay que coordinarse con el agregado legal en España. España aparece por primera vez no como nodo de captación, sino como problema operativo formal.

La víctima insiste. No escribe como quien reclama un privilegio, sino como quien intenta sostenerse. Pregunta qué servicios hay disponibles. Si puede recibir terapia viviendo en España. Si la embajada ha contestado. Y lanza una pregunta que condensa su miedo: aún no ha podido dar su declaración formal como víctima ante el FBI. No es una duda burocrática. Es pánico. La sensación de que, si no se da prisa, su historia caducará.

Dentro del FBI, el caso genera confusión. Angela Jackson, una especialista en asistencia a víctimas en Nueva York, escribe al agregado legal en Madrid, Roque Tolentino. "Hay una víctima identificada del caso Epstein en España pidiendo ayuda psicológica. ¿Cómo podemos conectarla con recursos?", pregunta. Pasan días. No hay respuesta clara. Los correos se reenvían. Se habla de un "agujero negro" de comunicaciones. La víctima sigue escribiendo.

Jackson precisa después un dato clave: la mujer vive fuera de Barcelona, pero Barcelona es la ciudad más cercana a la que puede desplazarse. No habla bien español. Desde la división de asistencia a víctimas, Staci A. Beers escribe que Tolentino no responde y que hacen falta recursos. Reconoce que debería ser el área consular la que ayude. La ayuda se convierte en una carrera de relevos burocrática.

La solución que emerge no es un plan terapéutico. Es una lista. El agregado legal en Madrid explica que, tras hablar con American Citizen Services, lo único que pueden facilitar es una lista de médicos que hablen inglés. No necesariamente los mejores. Y añade la advertencia decisiva: aunque parezcan "aprobados por la embajada", la embajada sabe muy poco sobre ellos y no los avala.

El propio FBI discute qué preguntarle a la víctima: dónde vive exactamente, porque la lista está centrada en Madrid y Barcelona; si necesita atención en inglés; si quiere la lista o ya tiene médico; si solo pregunta qué es lo que "ofrecen".

Lo que ofrecen se concreta en una frase: un máximo de seis sesiones de terapia pagadas. Seis. Cuando finalmente hablan con ella, el retrato es completo. Vive fuera de Barcelona; su punto de acceso.

No habla bien español. Entiende que la lista no está avalada. Quiere dar su declaración formal como víctima. Y expresa su miedo: cree que las fuerzas del orden ya no están interesadas en escuchar su historia.

Otro documento interno añade un detalle devastador: al mismo instante, una trabajadora del FBI solicita un desplazamiento temporal a la embajada en España para mejorar su español. En su argumentación menciona expresamente el caso Epstein. La falta de experiencia del agregado legal y la dificultad para encontrar recursos han mantenido a la víctima "en crisis". Esa víctima es Milena.

No es una hipótesis. No es una coincidencia que encaja. Es la convergencia documental entre los mensajes de 2017 que sitúan a Milena viviendo y moviéndose desde Barcelona —dependiente de transferencias, pasaporte, visado y control logístico— y los correos de 2019 y 2020; en los que el FBI discute cómo asistir a una víctima del caso Epstein residente en España, en Barcelona, sin español, en crisis y sin haber podido declarar.

Tras la muerte de Epstein, hablaron brevemente con ella, pero no hubo tiempo para una entrevista completa. Plantean organizar otra, incluso por videoconferencia. Pero la justicia quedó como una cita pendiente.

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La vida después

Hoy Milena no vive en España. Pero lo hizo hasta hace poco. Reside en una ciudad del Golfo Pérsico, donde ejerce, ahora así, como modelo profesional. Ha rehecho su vida lejos de Europa y de los lugares donde ocurrieron los abusos; aunque sus vínculos con Madrid y Barcelona son varios, y parten desde lo familiar hasta lo amistoso.

Fue contactada por EL ESPAÑOL en dos ocasiones para este reportaje. Ha declinado dar su testimonio. Por ello, y porque su nombre nunca ha sido vinculado con el de Jeffrey Epstein, en este texto se han modificado todos sus datos personales —incluido, y sobre todo, su nombre— con el fin de proteger su identidad.

La información esencial —mensajes, transferencias, registros de viaje y comunicaciones internas del FBI— está verificada y obra en poder de este periódico; con el que Milena ha decidido bloquear toda comunicación. Su silencio no invalida los hechos. Forma parte de ellos.

España no es un escenario neutro en esta historia. Fue base, tránsito y retaguardia. Fue el lugar donde una joven fue captada, devuelta, utilizada. Y fue, más tarde, el país desde el que esa misma mujer escribió correos pidiendo ayuda y recibió como respuesta una lista no avalada y tan solo seis sesiones de terapia.

La última violencia del caso Epstein no está sólo en lo que hizo mientras vivía. Está en lo que ocurre después, cuando el mundo sigue y la víctima intenta traducir su dolor a un idioma burocrático, preguntándose si todavía importa. Milena, la última víctima de Epstein en España, no es una prueba. Es el símbolo de un sistema roto.

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