Pienso con frecuencia en una cosa que me dijo una amiga editora. Uno de sus grandes temores era que se le pegase el estilo de la inteligencia artificial de tanto estar expuesta a textos escritos con ella. Que de tanto leer siempre las mismas ... estructuras y repeticiones y formas, se le corrompiese la sensibilidad y acabase escribiendo igual. Recuerdo a menudo esta conversación, porque representa el paradigma al que nos enfrentamos.
Es habitual escuchar comentarios que oscilan entre la fascinación y el terror sobre la posibilidad de que la IA se acerque cada vez más a la orilla humana y acabe desarrollando características propias de los seres humanos. La inteligencia, la empatía, la creatividad.
Lo que no se suele comentar es la posibilidad de que seamos nosotros los que estemos remando con insistencia rumbo a ese barco fantasma, olvidándonos de nuestra propia naturaleza e interiorizando sus formas y su fondo. Cada vez más mecanizados. Cada vez más optimizados y acomodados al marco mental de una existencia plastificada en la que no existen las ineficiencias. Donde todo es rápido, preciso, sin fricciones ni obstáculos.
La neolengua de la IA: así nos hipnotiza la verborrea de las máquinas
Por supuesto que es complicado aceptar nuestras limitaciones. Por supuesto que es difícil asumir que somos seres débiles. Pero, por suerte, hay ocasiones en las que una voz generosa consigue atravesar esa nebulosa de ansiedad para recordarnos que, precisamente ahí, en el núcleo de nuestras carencias, se despliega nuestra esencia. Esa voz es la del papa León XIV en su última encíclica 'Magnifica Humanitas', un luminoso recordatorio de lo que significa estar vivos. De lo que significa ser humanos. De la grandeza que esconden precisamente esas limitaciones, propias y ajenas. Y de la necesidad de reconocerlas, de permanecer en ellas.
Eso es ser humanos. Ser criaturas de la experiencia, seres finitos y dolientes y amantes que atraviesan el sufrimiento, porque «eliminar el dolor es apagar el deseo». Seres que, como escribe el Papa, no florecen a pesar del límite, sino precisamente a través de él. Seres anhelantes y hambrientos de comunión con el otro. En definitiva, seres que componen y concretan, construyen y consuman el universo entero en un gesto tan sencillo y colosal como el de una mano que sujeta a otra en la intemperie de la necesidad.
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