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¿Esfuerzo o talento?

¿Esfuerzo o talento?
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El talento sin esfuerzo, está cojo; el esfuerzo sin talento, ciego. A más esfuerzo, más talento

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GASPAR MEANA ¿Esfuerzo o talento?

El talento sin esfuerzo, está cojo; el esfuerzo sin talento, ciego. A más esfuerzo, más talento

SEBASTIÁN GÁMEZ MILLÁN

Jueves, 9 de abril 2026, 02:00

... en la cabeza; que Mozart componía sinfonías perfectas con la naturalidad con la que otros respiran; que Darwin comprendió el mecanismo de la selección natural de la evolución de las especies al ver los picos de los pinzones de las Galápagos... Estas son falsas imágenes del proceso de creación de las ciencias y de las artes. Las lagunas de nuestra ignorancia acostumbramos a llenarlas de mitos. El talento sin esfuerzo, está cojo; el esfuerzo sin talento, ciego. A más esfuerzo, más talento.

Según Beethoven, el 98% del genio se compone de voluntad y el 2%, de talento. Picasso solía recordar que la inspiración siempre le sobrevenía trabajando. A juicio de Michael Shermer, «la diferencia está más en la cantidad de poder mental que en la calidad. Es decir, un genio no es tan cualitativamente distinto de los demás, no tiene ningún módulo cerebral extra, no pone en marcha un proceso cognitivo que los demás no pongan; pero sí es cuantitativamente diferente: es más rápido, más eficiente, tiene una memoria sistemática y refinada, se concentra y, sobre todo, acumula años de práctica y dedicación invisible».

Con todo, el talento permite ir más allá. Por mucho que uno se esfuerce, no alcanzará el talento científico de Einstein o Marie Curie, el talento artístico de Leonardo, Bach o Emily Dickinson, el talento deportivo de Messi, Simon Biles o Carlos Alcaraz. Eso sí, no conozco ningún talento innovador que no fuera un gran trabajador. Sin embargo, premiar únicamente el talento, desde una perspectiva democrática que respeta el principio la igualdad de oportunidades, ¿no sería discriminar y excluir? No todas las personas poseen estos talentos ni, por supuesto, una multiplicidad de ellos.

En cambio, mediante el esfuerzo podemos mejorar, incluso desarrollar y pulir talentos. Y esto cumple con dos de las funciones esenciales de la educación moderna: combatir las desigualdades, pues la formación es un ascensor social; y la meritocracia, que se debe afinar y corregir, pero sin la cual la jerarquía y el orden social son tan arbitrarios como injustos. Sólo por medio del esfuerzo perseverante podemos dar lo mejor de nosotros mismos. ¿Acaso no es esto lo que la educación, la sociedad y, antes, cada cual, debe exigirse a sí mismo?

Según Kant, perfeccionarse a sí mismo es uno de los fines del ser humano, además de ayudar a los otros y cumplir con el imperativo categórico: «Actúa de tal modo que trates a los otros como fines en sí mismos y nunca simplemente como medios», que es el fundamento teórico de los Derechos Humanos. Tampoco debemos descuidar los talentos: proporcionan bienes inconmensurables, como descubrimientos científicos o vacunas, que son universales. Así se produce una fértil dialéctica: en una sociedad justa y responsable crecen personas, y sólo como personas -autónomas, siendo interdependientes-, podemos fecundar a la sociedad, devolver nuestra irrenunciable herencia cultural.

En los últimos años, para aproximarnos estadísticamente a otros países de Europa en cuanto a abandono y repeticiones, se han rebajado las exigencias formativas hasta límites vergonzosos y dudosamente educativos. Bajo el influjo de la tiranía de la inmediatez de las tecnologías, en las antípodas de la paciencia, madre de las ciencias, con la atención y concentración desorientadas... No me extraña que se eche de menos la denominada cultura del esfuerzo. ¿Existe una verdadera cultura que no lo sea? Sólo el terreno cultivado puede dar lo mejor de sí. Einstein recordaba que el arte del maestro es despertar la alegría por el trabajo y el conocimiento. Y de paso recobraríamos la autoridad, desencaminada en modelos de conducta de las redes fecales y la civilización del espectáculo, cuando nuestros alumnos experimenten el valor del trabajo bien hecho. Para reconocer a un Nobel se necesita formación; con un influencer, no necesariamente. La educación nos hace ser lo que somos. Pero educar es, primero, educarse, querer llegar a ser. Y eso pasa inevitablemente por el esfuerzo tenaz: sólo así podemos dar lo mejor de nosotros.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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