Un profesor de universidad junto a sus alumnos en una facultad. EFE
Reportajes España pierde 26 millones de euros al año con los alumnos que eligen mal la carrera y se cambian tras el primer cursoSegún los datos del Ministerio de Universidad, el 9,6 % de los estudiantes cambia de estudios tras concluir el primer curso en las universidades públicas.
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Nicolás Alba Publicada 9 julio 2026 02:41hEspaña pierde casi 26 millones de euros al año con los alumnos que, tras cursar el primer año de su grado, deciden cambiarse de carrera en las universidades públicas del país.
De acuerdo con los últimos datos facilitados por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, la tasa de cambio de los alumnos tras finalizar el primer curso es del 9,6 % en la universidad pública.
Esto significa que 96 de cada 1.000 universitarios de primer año se cambian de grado al concluir el mismo, provocando una pérdida de dinero en las arcas públicas.
En el curso 2025-2026, que acaba de concluir, se matricularon en el primer año de grado en las universidades públicas de España cerca de 28.000 alumnos de los 291.000 totales.
De ellos, 231.556 estudiantes se dieron de alta en facultades presenciales –aunque la oferta pública ascendía hasta las 248.519 plazas– y el resto las universidades a distancia.
Unos alumnos examinándose en una universidad de España. EFE
El primer año académico en una universidad pública española cuesta de media 922,20 euros por estudiante. Así, si se pierde la matrícula anual de casi 30.000 alumnos, el despilfarro público –sufragado por las comunidades autónomas– alcanza los 25.762.579 euros.
Estos datos los ha calculado EL ESPAÑOL a partir de cruzar las distintas cifras actualizadas que publica el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.
Laura, Leti, Elia... La PAU 2026 tiene rostro de mujer: 16 de los 22 'números 1' de la Selectividad de cada región son alumnasTasa de cambio por estudios
Pese a ello, la tasa de cambio de los estudiantes de nuevo ingreso no es homogénea, sino que hay algunas ramas de estudios que la tienen más elevada que otras.
Según los mismos datos compartidos por Universidades, el 12,4 % de los estudiantes de Ciencias y el 11 % de Ingenierías y Arquitectura varía de grado.
En el otro lado de la balanza, la rama de las Ciencias de la Salud se encuentra entre las más estables, con 9 %, o las ramas de las Ciencias Sociales y Jurídicas o de Artes y Humanidades, que incluso rebajan ese 9 %.
Si atendemos a la titularidad de las universidades, en las universidades públicas es mayor el cambio –9,6 %, como se ha avanzado– que en las privadas, que se queda en un 7,1 %.
Asimismo, el último informe de la Fundación Conocimiento y Desarrollo (CYD) sobre el sistema universitario también resalta las bajas tasas de finalización a tiempo:
“Sólo el 38,3 % de los estudiantes logra finalizar su carrera universitaria en el tiempo estipulado y aproximadamente el 50 % necesita al menos un año adicional para poder graduarse”.
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En el citado informe, de hecho, la Fundación CYD se atreve a desgranar las causas principales de la dinámica de cambio tras el primer año.
“Los problemas de falta de motivación y el alto abandono en las carreras evidencian que muchos alumnos ingresan sin tener claras las exigencias o las perspectivas reales de sus estudios. Para solucionar esto es necesario ofrecer una orientación académica que debe implementarse en el Bachillerato", resaltan los autores de este informe.
Con esta contundente radiografía la Fundación CYD explica una de las mayores grietas del sistema universitario español: no es un fallo del alumno; es un error de diseño en la transición educativa. El salto al campus se da a ciegas.
Unos alumnos en la universidad. EFE
La realidad de las aulas confirma que cruzar el umbral de la facultad se ha convertido, para muchos jóvenes, en un choque de trenes absoluto contra sus propias expectativas. Falta información real sobre el terreno.
Además, los investigadores de la Red Española de Estudios Universitarios añaden otra causa fundamental a este fenómeno de rotación: “Muchos alumnos utilizan el primer curso como un 'grado puente' forzoso para acumular créditos mínimos y saltar después a su verdadera vocación, una estrategia obligada por la falta de plazas”.
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Este trasvase continuo de matrículas tiene un coste invisible. Es económicamente ineficiente para las comunidades autónomas y mentalmente agotador para las familias españolas.
A este escenario se suma la falta de flexibilidad interna de los propios planes de estudio. Las rigideces del sistema dificultan que el alumno conozca la práctica real de la profesión hasta bien avanzado el grado.
Informes de la Cátedra UNESCO de Gestión Universitaria alertan sobre este aislamiento en los campus: “La rigidez curricular de los primeros cursos impide que los estudiantes experimenten el sentido práctico de la profesión elegida, acelerando los procesos de desmotivación y abandono prematuro”.
Expertos en pedagogía e inserción laboral coinciden en los últimos foros sectoriales en que “el modelo actual se obsesiona con que el alumno supere un examen de acceso, la PAU, pero desatiende la maduración vocacional, abocando al estudiante al ensayo y error en su primer año”.
La solución al drama del primer curso no pasa por endurecer las normas de permanencia en las facultades, sino por dotar de recursos de orientación a los institutos.
De lo contrario, España seguirá perdiendo cada año cerca de 26 millones de euros por los alumnos que eligen mal la carrera y se cambian tras el primer curso.