Hubo un momento en el que España decidió que no necesitaba los grandes portaaviones de las superpotencias para tener aviación de combate en el mar. Entonces apostó por una solución audaz, casi experimental, que encajaba con su geografía, su ambición naval y sus recursos, y que acabaría convirtiéndose en una seña de identidad durante décadas. Desde entonces, aquel avión singular ha estado ligado a la Armada de una forma tan profunda que cuesta entender su historia por separado.
Y ahora está ante un dilema.
Pionero en el tiempo de descuento. Sí, durante aproximadamente medio siglo, la Armada Española construyó una identidad singular en Europa al operar cazas de ala fija desde el mar sin necesidad de grandes portaaviones, apoyándose en el Harrier como herramienta central de disuasión, proyección y apoyo expedicionario.
Esa ventaja estratégica, que convirtió a España en referencia internacional desde los años setenta y le permitió operar en escenarios reales como los Balcanes, llega ahora a un punto crítico: el avión que la hizo posible entra en su fase final de vida útil justo cuando el resto de operadores abandona la plataforma y el entorno tecnológico y doctrinal del combate aéreo naval ha cambiado por completo.
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El aislamiento del Harrier español. Para entenderlo es fundamental dos hechos: la retirada inminente de los AV-8B Harrier del Cuerpo de Marines de Estados Unidos y la transición italiana hacia el F-35B, movimientos que dejan a España encaminada a convertirse en el último operador mundial del modelo.
Ese escenario no es solo simbólico, sino profundamente práctico: implica quedarse sola con una cadena logística que se apaga, con la producción detenida desde hace más de dos décadas y con una dependencia creciente de acuerdos puntuales, canibalización de células y repuestos cada vez más escasos.
Bola extra. Aunque la Armada confía en estirar la operatividad hasta 2032 mediante convenios con Estados Unidos y una gestión extremadamente cuidadosa de la flota, lo cierto es que cada año que pasa reduce márgenes de seguridad, eleva riesgos y encarece una capacidad que ya no tiene recorrido a medio plazo.
Harrier de la Armada Española
El abismo tecnológico frente a la red. Más allá del sostenimiento, el dilema es operativo. Por supuesto, el Harrier sigue siendo un avión válido para determinadas misiones, pero pertenece a otra era del combate aéreo, una donde la información se concentraba en la cabina y la supervivencia dependía en gran medida del piloto y de sensores limitados.
Frente a él tenemos que volver a hablar de un “viejo conocido”, porque el F-35B representa un salto cualitativo que no admite comparaciones graduales: no es solo un caza, sino un nodo de inteligencia capaz de detectar, fusionar y distribuir información en tiempo real a buques, aeronaves y aliados. Para un buque como el Juan Carlos I, esa diferencia marca la frontera entre condicionar al adversario o limitarse a reaccionar con medios cada vez más expuestos. El problema, en este caso, ya lo hemos comentado: España, a priori, no parece dispuesta a ello.
FCAS y la falta de ilusión. También lo contamos la semana pasada. El programa FCAS aparece a menudo en el debate como una tabla de salvación industrial y política europea, pero no resuelve el problema embarcado español ni siquiera en sus escenarios más optimistas.
Si obviamos que en estos momentos el proyecto está más fuera que dentro, se trata de un sistema pensado para la superioridad aérea desde bases terrestres, sin diseño STOVL ni compatibilidad con buques como el Juan Carlos I. De hecho, convertirlo en una solución naval exigiría construir un portaaviones convencional, rediseñar doctrinas, asumir inversiones colosales y esperar décadas. En términos reales, FCAS no sustituye al Harrier ni evita el vacío que se abrirá si no se toman decisiones a corto plazo.
El F-35B y el realismo. En 2026, el F-35B no es una opción perfecta ni barata, pero sí apunta a ser la única plataforma existente capaz de reemplazar directamente al Harrier y mantener viva el ala fija embarcada española. Con más de mil unidades operativas y una comunidad creciente de operadores navales, ofrece continuidad, interoperabilidad y una relevancia militar que el Harrier ya no puede garantizar en solitario.
Desde ese prisma y aunque España no parece por la labor, renunciar a este caza no significa tanto ahorrar, sino aceptar una década o quizás más sin avión de combate embarcado, lo que a la larga podría degradar al Juan Carlos I a un buque de helicópteros y drones con capacidades limitadas frente a un entorno cada vez más disputado. Quizás no, pero esa idea sobrevuela si no hay reemplazo alguno del Harrier.
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Un dilema estratégico. Así las cosas, el problema de fondo o “nuclear” no es elegir entre aviones, sino más bien decidir qué papel quiere jugar España en el ámbito naval y expedicionario. Mantener los Harrier hasta el límite sin un relevo claro conduce a una pérdida de capacidad difícilmente reversible, mientras que recuperar esa aptitud en el futuro exigiría costes y esfuerzos muy superiores.
Mientras tanto, el reloj corre, los socios avanzan y la Armada se enfrenta a una decisión que definirá su relevancia operativa durante décadas: la de seguir siendo un actor con ala fija embarcada o aceptar, por inacción, el final silencioso de una de sus capacidades más emblemáticas.
Imagen | sagesolar, David Fierro Iglesias
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La noticia
España tiene un dilema de difícil solución: llamar a EEUU o ser la última con un caza de combate en peligro de extinción
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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España tiene un dilema de difícil solución: llamar a EEUU o ser la última con un caza de combate en peligro de extinción
El problema de fondo no es elegir entre aviones, sino decidir qué papel quiere jugar España en el ámbito naval y expedicionario
Hubo un momento en el que España decidió que no necesitaba los grandes portaaviones de las superpotencias para tener aviación de combate en el mar. Entonces apostó por una solución audaz, casi experimental, que encajaba con su geografía, su ambición naval y sus recursos, y que acabaría convirtiéndose en una seña de identidad durante décadas. Desde entonces, aquel avión singular ha estado ligado a la Armada de una forma tan profunda que cuesta entender su historia por separado.
Y ahora está ante un dilema.
Pionero en el tiempo de descuento. Sí, durante aproximadamente medio siglo, la Armada Española construyó una identidad singular en Europa al operar cazas de ala fija desde el mar sin necesidad de grandes portaaviones, apoyándose en el Harrier como herramienta central de disuasión, proyección y apoyo expedicionario.
Esa ventaja estratégica, que convirtió a España en referencia internacional desde los años setenta y le permitió operar en escenarios reales como los Balcanes, llega ahora a un punto crítico: el avión que la hizo posible entra en su fase final de vida útil justo cuando el resto de operadores abandona la plataforma y el entorno tecnológico y doctrinal del combate aéreo naval ha cambiado por completo.
El aislamiento del Harrier español. Para entenderlo es fundamental dos hechos: la retirada inminente de los AV-8B Harrier del Cuerpo de Marines de Estados Unidos y la transición italiana hacia el F-35B, movimientos que dejan a España encaminada a convertirse en el último operador mundial del modelo.
Ese escenario no es solo simbólico, sino profundamente práctico: implica quedarse sola con una cadena logística que se apaga, con la producción detenida desde hace más de dos décadas y con una dependencia creciente de acuerdos puntuales, canibalización de células y repuestos cada vez más escasos.
Bola extra. Aunque la Armada confía en estirar la operatividad hasta 2032 mediante convenios con Estados Unidos y una gestión extremadamente cuidadosa de la flota, lo cierto es que cada año que pasa reduce márgenes de seguridad, eleva riesgos y encarece una capacidad que ya no tiene recorrido a medio plazo.
Harrier de la Armada Española
El abismo tecnológico frente a la red. Más allá del sostenimiento, el dilema es operativo. Por supuesto, el Harrier sigue siendo un avión válido para determinadas misiones, pero pertenece a otra era del combate aéreo, una donde la información se concentraba en la cabina y la supervivencia dependía en gran medida del piloto y de sensores limitados.
Frente a él tenemos que volver a hablar de un “viejo conocido”, porque el F-35B representa un salto cualitativo que no admite comparaciones graduales: no es solo un caza, sino un nodo de inteligencia capaz de detectar, fusionar y distribuir información en tiempo real a buques, aeronaves y aliados. Para un buque como el Juan Carlos I, esa diferencia marca la frontera entre condicionar al adversario o limitarse a reaccionar con medios cada vez más expuestos. El problema, en este caso, ya lo hemos comentado: España, a priori, no parece dispuesta a ello.
FCAS y la falta de ilusión. También lo contamos la semana pasada. El programa FCAS aparece a menudo en el debate como una tabla de salvación industrial y política europea, pero no resuelve el problema embarcado español ni siquiera en sus escenarios más optimistas.
Si obviamos que en estos momentos el proyecto está más fuera que dentro, se trata de un sistema pensado para la superioridad aérea desde bases terrestres, sin diseño STOVL ni compatibilidad con buques como el Juan Carlos I. De hecho, convertirlo en una solución naval exigiría construir un portaaviones convencional, rediseñar doctrinas, asumir inversiones colosales y esperar décadas. En términos reales, FCAS no sustituye al Harrier ni evita el vacío que se abrirá si no se toman decisiones a corto plazo.
El F-35B y el realismo. En 2026, el F-35B no es una opción perfecta ni barata, pero sí apunta a ser la única plataforma existente capaz de reemplazar directamente al Harrier y mantener viva el ala fija embarcada española. Con más de mil unidades operativas y una comunidad creciente de operadores navales, ofrece continuidad, interoperabilidad y una relevancia militar que el Harrier ya no puede garantizar en solitario.
Desde ese prisma y aunque España no parece por la labor, renunciar a este caza no significa tanto ahorrar, sino aceptar una década o quizás más sin avión de combate embarcado, lo que a la larga podría degradar al Juan Carlos I a un buque de helicópteros y drones con capacidades limitadas frente a un entorno cada vez más disputado. Quizás no, pero esa idea sobrevuela si no hay reemplazo alguno del Harrier.
Un dilema estratégico. Así las cosas, el problema de fondo o “nuclear” no es elegir entre aviones, sino más bien decidir qué papel quiere jugar España en el ámbito naval y expedicionario. Mantener los Harrier hasta el límite sin un relevo claro conduce a una pérdida de capacidad difícilmente reversible, mientras que recuperar esa aptitud en el futuro exigiría costes y esfuerzos muy superiores.
Mientras tanto, el reloj corre, los socios avanzan y la Armada se enfrenta a una decisión que definirá su relevancia operativa durante décadas: la de seguir siendo un actor con ala fija embarcada o aceptar, por inacción, el final silencioso de una de sus capacidades más emblemáticas.