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Europa después de la guerra de Irán: el coste de reaccionar tarde

Europa después de la guerra de Irán: el coste de reaccionar tarde
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Durante las últimas décadas, Europa construyó su modelo económico sobre varios pilares fundamentales: energía barata, cadenas de suministro optimizadas, libre comercio, protección militar estadounidense. Y la convicción de que una globalización cada vez más integrada reduciría los conflictos entre países. Leer
AnálisisEuropa después de la guerra de Irán: el coste de reaccionar tarde
  • RAFAEL PAMPILLÓN
Actualizado 8 JUN. 2026 - 00:41El bloqueo del estrecho de Ormuz ha elevado los precios del petróleo, el gas y los fertilizantes.Us Navy

Durante las últimas décadas, Europa construyó su modelo económico sobre varios pilares fundamentales: energía barata, cadenas de suministro optimizadas, libre comercio, protección militar estadounidense. Y la convicción de que una globalización cada vez más integrada reduciría los conflictos entre países.

Las empresas producían donde los costes eran menores y vendían en mercados globales cada vez más conectados y abiertos. Ese mundo ya no existe.

Desgraciadamente, hoy Europa está preocupada por el elevado precio del petróleo, del gas y de los fertilizantes, las dificultades en las cadenas de suministro, en un mundo cada vez más fragmentado y polarizado. Y, además, debe prestar atención al rearme, el envejecimiento de su población, los aranceles de Donald Trump y la dificultad de alcanzar tecnológicamente a China y Estados Unidos.

El precio del petróleo no está por las nubes, pero tampoco ha vuelto a la normalidad. Y eso basta para mantener tensionada a buena parte de la economía europea. Aerolíneas, transportistas, sectores industriales y agricultores siguen trabajando con unos costes energéticos muy altos.

El comienzo de la guerra de Ucrania mostró hasta qué punto Europa dependía del gas ruso. Ahora Oriente Próximo nos recuerda que Europa sigue siendo extremadamente sensible a cualquier alteración de los precios internacionales de la energía.

España tampoco está a salvo de esta crisis. Aunque el peso de las renovables es cada vez mayor, seguimos importando gran parte de la energía que consumimos. Y una economía como la española, basada en el turismo y en el transporte, es especialmente sensible a los costes energéticos.

Los 100 millones de turistas y el 'efecto refugio'

España, como consecuencia del conflicto, podría alcanzar este año el récord de 100 millones de turistas extranjeros. Pero el turismo también se enfrenta a riesgos importantes. El encarecimiento de los vuelos por el mayor precio del queroseno podría frenar la demanda turística. También por el bajo crecimiento de nuestros tres principales mercados emisores Reino Unido, Francia y Alemania. Viajar será más caro, y muchas familias recortarán gasto vacacional si, con la mayor inflación, pierden poder adquisitivo.

Al mismo tiempo, España podría beneficiarse del llamado efecto refugio. Cada vez que Oriente Próximo o el Mediterráneo oriental atraviesan episodios de tensión, parte del turismo internacional se desplaza hacia destinos percibidos como más seguros. Ya ocurrió tras las primaveras árabes, y después de distintas crisis en Turquía o Egipto. En un mundo cada vez más inestable, la seguridad se está convirtiendo en un activo económico de enorme valor.

España afronta esta situación con una ventaja que pocos países poseen: la rentabilidad. Aquí el turista permanece más tiempo, gasta más dinero y consume más servicios que, por ejemplo, en Francia. España vive, sobre todo, del turismo vacacional y de larga estancia, con un impacto económico muy importante.

El turismo nacional e internacional representa el 15% del PIB, y sostiene millones de empleos. La calidad hotelera, las infraestructuras, la conectividad aérea y la profesionalización del sector sitúan, además, a España entre los países más competitivos del mundo en turismo.

Más gasto militar y más deuda

La gran consecuencia económica de la guerra del Golfo no será solo energética. Será fiscal.

Europa está entrando en una nueva era de gasto militar. Y no parece una situación pasajera. La OTAN presiona para elevar el esfuerzo en defensa. Alemania ya ha iniciado un rearme histórico. Francia acelera sus inversiones estratégicas. Polonia está disparando su presupuesto militar. Y España, aunque más lentamente, también tendrá que aumentar el gasto.

Durante años, el continente europeo pudo dedicar enormes recursos al Estado del bienestar, pues Estados Unidos garantizaba gran parte de la seguridad occidental. Ese dividendo de la paz está desapareciendo. Washington está priorizando cada vez más sus propios intereses estratégicos nacionales frente al mantenimiento del viejo orden internacional, surgido tras la Guerra Fría.

Europa ha descubierto, demasiado tarde, hasta qué punto dependía, a la vez, de la energía rusa, de la protección militar estadounidense y de la tecnología norteamericana y china.

El problema es que Europa pretende ahora financiar, simultáneamente, transición ecológica, digitalización, envejecimiento poblacional, defensa y protección social. Todo ello con bajo crecimiento económico, elevada deuda pública y una productividad mediocre. Las cuentas simplemente no salen.

Por eso cada vez más economistas empiezan a hablar de una etapa de austeridad encubierta: más impuestos, menos margen presupuestario y un progresivo deterioro de algunos servicios públicos. Un ejemplo es España.

En un momento en que los gobiernos europeos están más endeudados y Bruselas vuelve a exigir disciplina presupuestaria, el margen para amortiguar otro shock energético es mucho menor.

La brecha tecnológica

Pero quizá el problema más inquietante no sea energético ni militar, sino tecnológico.

Mientras que Estados Unidos domina la inteligencia artificial, la computación avanzada, el sector aeroespacial y las grandes plataformas digitales, y China acelera su capacidad industrial y tecnológica, Europa sigue atrapada entre regulaciones, fragmentación política y exceso de burocracia.

Además, Estados Unidos y China ya no compiten únicamente por crecimiento económico o liderazgo comercial. Compiten por el dominio tecnológico, industrial, militar y estratégico del siglo XXI. Y Europa corre el riesgo de quedarse atrapada entre ambos gigantes.

La guerra de Irán vuelve a mostrar hasta qué punto la tecnología se ha convertido en un factor central del poder económico y militar. Drones, ciberseguridad, satélites, semiconductores, biotecnología y sistemas energéticos avanzados están redefiniendo la geopolítica. Y Europa se está quedando atrás, muy atrás.

El continente tiene excelentes universidades, ingenieros brillantes y grandes empresas industriales. Pero carece de gigantes tecnológicos comparables a los estadounidenses o chinos. Airbus y la holandesa ASML siguen siendo la gran excepción que confirma la regla.

La consecuencia es evidente: Europa depende cada vez más de tecnologías desarrolladas fuera de sus fronteras. Y esa dependencia tiene un coste.

Inflación y BCE: el regreso de los viejos fantasmas

Los efectos de la guerra también están alterando el rumbo de los bancos centrales.

El BCE se enfrenta al dilema que ya apareció en los años setenta (crisis de 1973 y de 1979): ¿cómo combatir una inflación impulsada por el precio de la energía sin destruir el crecimiento económico?

Porque los precios del petróleo y del gas se mantendrán altos. Y, como consecuencia, la inflación europea seguirá repuntando en un contexto de debilidad económica. Es decir, el peor escenario posible: la estanflación. Y Europa conoce bien ese problema. Crecimiento débil, productividad estancada y precios altos forman una combinación políticamente explosiva.

El problema podría agravarse todavía más en España por la retirada paulatina de buena parte de las medidas antiinflacionistas, aprobadas tras el inicio de la guerra entre EEUU e Irán.

Una larga recuperación

La gran incógnita, sin embargo, sigue siendo la duración de las consecuencias del conflicto del Golfo Pérsico. Porque las guerras económicas dejan cicatrices que permanecen incluso después del alto el fuego.

Aunque se alcanzara un acuerdo con Irán, los efectos no desaparecerían automáticamente. Habría una paz endeble. Por eso los seguros marítimos seguirían siendo muy caros. Las empresas tendrían que seguir pagando primas de riesgo elevadas. Los mercados energéticos continuarían incorporando incertidumbre.

Las economías europeas tardarían años en adaptarse a este nuevo escenario. Insisto: sería un mundo menos globalizado, más polarizado, más politizado, más fragmentado, más inseguro y más caro.

Durante décadas, Europa vivió convencida de que había llegado el fin de la Historia (Fukuyama dixit). Y de que se avanzaba hacia una integración económica creciente. Pero las decisiones de Trump, la guerra de Ucrania y ahora la escalada con Irán han destruido esa idea.

Y quizá la gran lección sea precisamente ésa: el verdadero coste de estas guerras no es solo el petróleo, la inflación o el debilitamiento del crecimiento económico. Es el del final de una época. De un mundo en el que Europa creía que la prosperidad, la globalización y la estabilidad geopolítica formaban parte del paisaje natural de las democracias occidentales.

Europa ha descubierto, demasiado tarde, que la paz, la energía barata y la protección estadounidense no eran derechos adquiridos, sino anomalías históricas. Como advirtió Heráclito hace más de dos mil años, lo único verdaderamente permanente es el cambio.

Rafael Pampillón | Profesor de la Universidad CEU-San Pablo y del IE Business School

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Fuente original: Leer en Expansión
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