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Expertos alertan de que los menores usan códigos secretos para burlar los filtros de las redes sociales

Expertos alertan de que los menores usan códigos secretos para burlar los filtros de las redes sociales
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Basado en abreviaturas, números y emojis, recurren a este idioma casi clandestino para hablar de conductas inapropiadas y así burlar el control parental y los filtros de moderación

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Ilustración: Sr. García Comunicación Expertos alertan de que los menores usan códigos secretos para burlar los filtros de las redes sociales

Basado en abreviaturas, números y emojis, recurren a este idioma casi clandestino para hablar de conductas inapropiadas y así burlar el control parental y los filtros de moderación

Susana Zamora

Domingo, 29 de marzo 2026, 00:48 | Actualizado 00:59h.

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Las redes sociales fueron el refugio que no encontraba en casa. El proceso de separación de sus padres sumergió a Pablo (nombre ficticio) en un clima hostil, de reproches, insultos y malas caras, que a la larga lo acabarían ahogando. Cada vez se sentía más solo, más abandonado. El rendimiento académico en tercero de la ESO cayó en picado y empezaron a aflorar los sentimientos de culpa. Por eso y por la situación familiar. Así durante meses, hasta que su sufrimiento le llevó a tomar una mala decisión. Fue su primera autolesión.

El dolor físico que sintió con los primeros cortes alivió su carga mental y eso le llevó a repetirlo. «La mayoría de menores que desarrollan pensamientos autolesivos no buscan morir o provocarse la muerte, sino que buscan dejar de sufrir, evitar o huir de un sufrimiento insoportable o aliviar su malestar que perciben como intenso e inmodificable», explica Miguel Guerrero, psicólogo clínico y coordinador de la Unidad Cicerón de Prevención del Suicidio, un proyecto pionero en Andalucía entre la Unidad de Gestión Clínica de Salud Mental del Hospital Universitario Virgen de la Victoria y el Hospital Universitario Costa del Sol. En la adolescencia –subraya– las emociones se viven con «enorme intensidad» y cuando se suman factores como acoso, soledad, presión académica, conflictos familiares, trauma o depresión, el dolor puede volverse «insoportable».

Scroll infinito

Pablo sacó un día fuerzas para compartir todo ese dolor con una amiga; horas después, Tik Tok le mostraba un vídeo de autolesiones. Era como si sus redes sociales también hubieran estado en la conversación. Pinchó para verlo y a partir de ahí el algoritmo hizo su trabajo: proporcionar en bucle más contenido sobre lo mismo. Había caído en la red del scroll infinito. «Los algoritmos no son malos en sí mismos, pero sí son sistemas diseñados para maximizar la atención», apostilla Guerrero.

«Cuando un grupo percibe que su discurso va a ser censurado sin ser escuchado, tiende a sofisticar su lenguaje»

Miguel Guerrero

Psicólogo clínico. Unidad Cicerón

Advierte que si un menor consume contenido relacionado con tristeza, autolesión o desesperanza, la plataforma puede reforzar esa exposición, generando una especie de «cámara de eco emocional». Ahora bien, cree que sería «simplista» atribuirles toda la responsabilidad. «Los algoritmos amplifican intereses y vulnerabilidades preexistentes, no las crean de la nada. El problema técnico es que estos sistemas priorizan el 'engagement', no el bienestar psicológico».

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Ilustración: Sr. García

Así, en un momento de extrema vulnerabilidad, Pablo fue adentrándose en un mundo desconocido, con un idioma propio, casi clandestino, en el que podía hablar abiertamente sin ser juzgado. Un lenguaje con códigos, palabras clave e iconografías en donde los adolescentes crean comunidad y se retroalimentan hasta convertir conductas inapropiadas en adictivas. Para el coordinador de la Unidad Cicerón, el principal riesgo no es tanto el acceso puntual a un contenido, sino la exposición continuada en esas situaciones vitales. «Cuando un menor con malestar emocional entra en espacios donde la autolesión, el suicidio o los trastornos de la conducta alimentaria se comparten sin un marco terapéutico, puede producirse un fenómeno de normalización. Conductas que deberían abordarse como señales de alarma pueden empezar a percibirse como comprensibles, inevitables o incluso identitarias».

Advierte que también puede darse el llamado 'efecto de contagio o imitación', especialmente descrito en conducta suicida y en autolesión en adolescentes. «No significa que ver un contenido genere automáticamente la conducta, pero sí puede disminuir barreras internas, ofrecer ideas concretas o reforzar la narrativa de que ese es un modo válido de gestionar el dolor. En perfiles vulnerables, eso incrementa el riesgo». Para este especialista en salud mental, el elemento relevante es la construcción de comunidad alrededor del síntoma. «Sentirse comprendido puede ser positivo, pero si la pertenencia se articula en torno al mantenimiento del problema, se dificulta la búsqueda de ayuda y la salida del circuito».

Esquivar el control

Este lenguaje críptico es la forma que los jóvenes han ideado para esquivar la supervisión adulta, pero también para sortear los filtros (en ocasiones demasiado laxos) de las redes sociales. Mientras éstas implementan políticas de seguridad y protección para controlar los mensajes relacionados con suicidio, lesiones, contenido sexual, de acoso, amenazas, violencia, trastornos alimentarios o comportamientos delictivos y de odio, ellos buscan la forma de poder hablar de ellos sin que les eliminen sus publicaciones o les bloqueen la cuenta. Son códigos que todos conocen y les permiten saltarse la censura. «El uso de redes sociales está cambiando la manera en que los jóvenes españoles se comunican, provocando un ciberlenguaje caracterizado por abreviaciones, anglicismos y un estilo informal que modifica la ortografía y el registro lingüístico tradicional», avanza Rocío Santana, investigadora de la Universidad de Málaga (UMA) y autora del estudio 'Bullying cibernético en edad escolar. El peligro oculto tras las pantallas'.

«Expresiones como 'código de barras', para describir los cortes, son reconocidas por uno de cada cuatro jóvenes

Esther Martínez

Catedrática e investigadora URJC

Abreviaturas, números y hasta combinaciones de letras que parecen aleatorias esconden mensajes concretos que circulan entre adolescentes en chats y plataformas digitales. En TikTok, el canal de divulgación sobre protección de datos y privacidad @dataguardianes_privacy dedicó un vídeo para explicar dos de los términos más usados: MOS ('Mom Over Shoulder') y DOS ('Dad Over Shoulder'). A primera vista, dos siglas sin sentido, pero que en realidad son señales de aviso entre jóvenes para ocultar lo que están haciendo en el móvil cuando hay adultos cerca.

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Ilustración: Sr. García

Profesionales de la salud, educadores y policía ya han dado la voz de alarma. El fenómeno ha sido analizado también por la Fundación ANAR, que trabaja en la defensa de la infancia y adolescencia en España. En su guía sobre el lenguaje secreto de los menores en redes sociales recopila decenas de códigos, diferenciando entre los que son inofensivos, como 143 ('te amo') o BRB ('vuelvo ahora') y aquellos que pueden esconder riesgos más serios y encender todas las alertas, como KMS ('suicidarme') LMIRL ('conozcámonos en persona') o CU46 ('desnúdate ante la cámara'), todos ellos vinculados a riesgos de autolesión, acoso o 'grooming'. También existen combinaciones numéricas usadas para expresar estados de ánimo o pedir ayuda: 505 equivale a un 'SOS' o 988, que significa 'no estoy bien'.

Desde esta organización, aseguran que en Instagram y otras redes sociales de Meta, puede aparecer la opción de pedir ayuda si se busca contenido sensible, como 'anorexia', pero también la de verlo. «En este caso, si se pincha en 'ver contenido' no le aparecerán fotografías o vídeos, pero sí otros usuarios que en su nombre de perfil tengan ese término que hemos buscado».

La Policía, en una campaña llevada a cabo en sus redes sociales, expone que la mayoría permiten configurar las opciones de los menores desde la propia aplicación. «Puedes bloquear el acceso a contenidos inapropiados, limitar el tiempo de uso, controlar quién puede ver su perfil y quién les puede hablar. Incluso puedes generar un informe de toda su actividad digital», indican para facilitar la supervisión parental.

La campaña policial revela algunos de los códigos más utilizados por los jóvenes. El número '182' significa 'te odio' en este lenguaje encriptado, pero existen otros más alarmantes. Por ejemplo, '1423' representa la frase en inglés 'I want to die' ('quiero morir'), mientras que las siglas 'KIS' corresponden a 'Kill yourself' ('mátate'). Códigos que pueden dar una pista sobre situaciones de acoso, depresión o ideaciones suicidas que requieren intervención inmediata.

Precisamente, durante la investigación policial de la trágica muerte de Ángela, la menor de 14 años que se suicidó en su casa en Benalmádena, los agentes realizaron un volcado de las conversaciones mantenidas por la menor a través de WhatsApp y también por redes sociales en busca de indicios de un supuesto 'ciberbullying'. Un análisis de los mensajes que trascendió el texto literal, pues conscientes de esta forma de comunicación subrepticia a la que recurren los jóvenes, buscaron, sin éxito, códigos secretos y emojis en el teléfono y la tablet de la menor.

Según Guerrero, la creación de códigos para sortear filtros no es nueva en la adolescencia, lo novedoso es la escala y la velocidad de propagación. «Cuando un grupo percibe que su discurso va a ser censurado sin ser escuchado, tiende a sofisticar su lenguaje. La supervisión es necesaria, pero no suficiente. Cree que la mejor prevención pasa por alfabetización digital, presencia adulta significativa, detección precoz del sufrimiento y acceso ágil a recursos de salud mental.

Y es que los datos dan una pista del alcance del problema: el 20% de los menores admite haber buscado activamente información o publicaciones sobre autolesiones en redes sociales, una proporción que duplica la registrada entre los universitarios. Entre las plataformas, TikTok se sitúa como la principal vía para los adolescentes, mientras que entre los jóvenes adultos el consumo se reparte entre X, TikTok e Instagram. Así se desprende del informe 'Tomar asiento para saber sobre autolesiones y redes sociales. Informe sobre la opinión de adolescentes y jóvenes en España', elaborado por el grupo de investigación COMKIDS de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC). Al frente ha estado Esther Martínez, catedrática en el Departamento de Comunicación Audiovisual y Publicidad de la URJC, quien decidió abordar este fenómeno a partir de una experiencia personal cuando una amiga de su hija de 15 años fue a su casa y le vio cortes en su brazo.

Cortes en las muñecas

Fue su punto de partida. Empezó a investigar, a sondear en el instituto y en las primeras semanas no salía de su asombro: aquellas prácticas tan desconocidas para los adultos, para los chavales eran cotidianas y las comentaban con una naturalidad asombrosa. Compartían imágenes de los cortes, el sitio, el momento y cómo actuaban para no ser descubiertos. Según el estudio, uno de cada cinco adolescentes reconoce haber recibido en su teléfono imágenes relacionadas con autolesiones, enviadas en muchos casos por amigos, pero también por conocidos e incluso de desconocidos. Y en su investigación observaron cómo algunas canciones eran la puerta de acceso a todo el contenido de personas que hablan de autolesiones e identificaron los códigos y metáforas que permiten hablar de ellas sin mencionarlas explícitamente. «Expresiones como 'código de barras', utilizada para describir los cortes paralelos en la piel, son reconocidas por aproximadamente uno de cada cuatro jóvenes encuestados. O el símbolo de una mariposa, uno de los más conocidos entre los adolescentes y que al representar a un ser querido se asocia a una estrategia para evitar recaídas. Si la mariposa le recuerda a su abuela, ¿le va a cortar las alas?», explica la investigadora.

Tras horas analizando este material, el equipo investigador describe el fenómeno con una imagen contundente: «Es como una autobiografía de una tremenda soledad y de un dolor enorme».

Para Guerrero, cuando un menor acude a redes sociales para informarse o compartir su experiencia, está buscando básicamente alguna o todas estas necesidades psicológicas: comprensión, pertenencia y validación. Muchas veces no se siente escuchado en su entorno cercano. Las redes pueden aliviar la sensación de soledad, pero también pueden reforzar la conducta si normalizan el daño. Por eso, la clave no es demonizar internet, sino fortalecer los vínculos reales y crear espacios donde el sufrimiento pueda decirse sin miedo ni juicio. Para este especialista, desde un punto de vista de salud pública, es un fenómeno que merece atención, pero no alarmismo. «La pregunta clave no es cómo prohibir mejor, sino cómo acompañar mejor», subraya.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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