El bloc del cartero
Frío Regala esta noticia Añádenos en Google 05/06/2026 a las 14:00h.Como viene siendo costumbre en los últimos años, el verano llama a nuestra puerta furiosamente y antes de tiempo. El calor ya está aquí y ... a lo largo de las semanas venideras sabrá hacerse insoportable. Esa temperatura atmosférica es compatible con el enfriamiento de nuestras vidas, en las que se apagan a diario focos de calor humano. Desaparecen los quioscos y los diarios hay que ir a comprarlos a remotas e impersonales gasolineras. Cae en desuso la vieja deferencia hacia quienes tienen dificultades para permanecer de pie y procurarles asiento hace que los viajeros disputen. Falta el techo sobre las cabezas de nuestros jóvenes y no somos capaces de tener una conversación serena para facilitárselo. Frente a ese frío que nos cala los huesos, incluso en verano, urge recobrar la calidez de las palabras.
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Por si alguien se da por aludido
Recuerdo que en 1988 alquilé un piso sin muebles con la que al poco tiempo fue mi esposa por 42.000 pesetas: teníamos 25 años y ganábamos alrededor de 80.000 pesetas entre los dos. Ya en 1995 pudimos comprar un piso pequeño sin ascensor y casi sin calle, que se hizo años más tarde. Pagábamos una hipoteca al 9 por ciento de interés; al año subió al 12. Entre mi esposa y yo ganábamos unas 150.000 pesetas, y por esos intereses y la amortización del capital debíamos pagar 130.000 al banco cada mes. Gracias a Dios, al año siguiente pasé la hipoteca a la extinta Caja de Ahorros y nos bajaron los intereses al 6 por ciento. Por supuesto, no teníamos otros bienes y nuestros padres solo tenían la vivienda donde residían y un exiguo sueldo. Cuando nuestro primer hijo cumplió el año, la guardería nos costaba unas 30.000 pesetas y nuestros sueldos rondaban las 180.000. No hace falta explicar que casi nunca íbamos al cine ni a cenar fuera ni pudimos poner cortinas a las habitaciones hasta años después, y las vacaciones las pasábamos a cincuenta kilómetros de donde residíamos, en casa de nuestros padres. A buen entendedor… | Luis Felipe Muñoz de la Calle. Segovia
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Con la boca pequeña
Esta mañana, en el metro, una pareja octogenaria subió al vagón y la mujer cedió el único asiento libre a su marido, renqueante de una pierna. Ella se quedó de pie. Una de las tres personas que compartían asientos aledaños (de cuarenta y veintitantos años) le preguntó si quería sentarse. Por prudencia y educación, la mujer dijo que no. Daba grima verla de pie con más de ochenta años. Se los hice ver a las más jóvenes y una de ellas me respondió que ya se le había ofrecido el asiento. Con desencanto, les espeté que lo suyo era levantarse sin más y ceder el sitio. Al final, la más joven dejó el asiento a la señora. ¿Tanto cuesta? Hagamos las cosas de corazón y no con la boca pequeña. Mucho mejor nos iría en sociedad. | Francisco José Eguibar Padrón. Madrid
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La paradoja de Trump
Ramón Tamames analizaba semanas atrás en ABC la figura de Donald Trump, calificando sus aspiraciones de «efímeras» ante su «brutalidad». Es cierto que su figura incomoda, pero no debemos engañarnos: Trump no es un político, sino un hombre del real estate, un sector donde el ego y la influencia son moneda de cambio. Ante su aparente falta de virtudes cívicas, cabe preguntarse si sus formas contaminan totalmente el fondo de sus importantes intervenciones. Resulta difícil obviar la renacida esperanza en Venezuela o la existencia de amenazas reales en Irán. Con él, hemos aprendido por las malas que los mecanismos legales internacionales suelen ser papel mojado y que la paz mundial nunca debe darse por supuesta. Trump no es un político modélico, pero es coherente y cuenta con equipos preparados. En España vivimos una paradoja: anhelamos estadistas que rompan el status quo, pero aborrecemos, a menudo sin objetividad, la audacia de quienes se atreven a resolver problemas, con independencia de su naturaleza. Quizá lo que más nos perturba de Trump no es su falta de formas, sino su capacidad de exponer nuestra propia parálisis. | José María Maldonado Casado. Pamplona.
El camarero, el código de barras
Sin darnos casi cuenta, hasta la forma de comer se ha convertido en otro síntoma de que algo falla en este país. El clásico menú del día va desapareciendo mientras se multiplica la imagen de trabajadores comiendo de pie en el supermercado, con un plato recalentado y una bebida barata, porque el bar de la esquina se ha vuelto un lujo y el sueldo no estira más. A la inflación de la cesta de la compra se responde con imaginación individual, pero no con políticas que garanticen algo tan básico como poder sentarse a la mesa sin hacer malabarismos con el monedero. En paralelo, llegan noticias de Japón donde un modelo matemático es capaz de medir en tiempo real la frescura del pescado y anticipar cómo se degradará según la temperatura y el tiempo de almacenamiento. Tecnología puntera para que la industria optimice sus procesos, mientras aquí millones de personas ajustan su dieta al céntimo, comparan etiquetas y renuncian al restaurante del barrio, sin que nadie en la administración parezca ver en ello un problema de calidad de vida, sino un simple «cambio de hábitos». Ese es el verdadero milagro español: más ruedas de prensa hablando de bienestar y salud que mesas donde un trabajador pueda comer con calma y a un precio razonable. Mucho discurso sobre alimentación sana y dieta mediterránea, pero ninguna urgencia política por evitar que el almuerzo se tome, literalmente, entre estanterías. | Pedro Marín Usón. Zaragoza.
No es un delincuente
Hace días que un hombre de 86 años, vecino de Marbella, tiene que dormir en la calle, con todo el peligro y la humillación que eso conlleva, porque no encuentra un apartamento asequible para sus posibilidades económicas. Las ayudas sociales deberían servir precisamente para casos como éste. Algunas personas le ayudan de vez en cuando y logran pagarle una noche en un hostal, pero eso no soluciona su situación. Este hombre come en la calle a base de fiambres baratos, como chopped, mortadela o chorizo, acompañados de pan de molde. Él no pide lujos. Solo quiere valerse por sí mismo y encontrar un pequeño apartamento económico donde poder vivir junto a su nieto. Pero no lo encuentra. Ojalá aparezca alguien dispuesto a ayudarle, alguien que pueda alquilarle un piso humilde por un precio razonable. Porque el problema no es solo de este marbellí; hay muchas personas viviendo la misma tragedia silenciosa. Si el Estado no puede ayudarle, entonces deberían hacerlo el Ayuntamiento, la Iglesia o entidades como Cáritas, ofreciendo alojamiento digno a este hombre lleno de dolor y de pena. A una edad tan avanzada los huesos merecen otra cosa mejor y el cuerpo se resiente del frío de la calle. ¿Qué podemos hacer? Soluciones hay muchas, pero mientras tanto este anciano malvive, duerme mal y sigue atrapado en la calle a una edad en la que debería estar protegido y acompañado. Faltan muchos San Juan de Dios. Es muy triste tener que dormir en un cajero automático, en el portal de una casa o en el descansillo de un bloque de pisos, soportando la mirada desconfiada de quienes pasan a su lado cuando despliega su hatillo de ropa sobre unos cartones para intentar descansar. ¡No es un delincuente ni un drogadicto! ¡Es una persona normal a la que la sociedad está dejando abandonada! | Cayetano Peláez del Rosal.
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LA CARTA DE LA SEMANA
¿Por qué la he elegido…? Porque lo que decimos acaba siendo lo que somos, cuando lo repetimos lo suficiente.
Ilusionemos nuestro lenguaje.
Anda 10.000 pasos al día, come sano, ten una afición, hábitos saludables; medita, haz crucigramas y sudokus, desarrolla relaciones sociales. Solemos escuchar consejos para mantenernos en forma, pero poco o nada se dice del lenguaje que usamos y los temas que tratamos. Sin embargo, según envejecemos, noto, nuestro discurso usa verbos en pasado, oraciones negativas, anécdotas nostálgicas, personalismos acusados y, lo peor, lamentos, quejas y añoranzas, olvidando que solo por respirar existe un presente, una actualidad y un futuro en el que proyectarnos, nos queden un día o mil. Debemos evitar que nuestras palabras se deslicen por el tobogán del desencanto. Llamo a llenar nuestro lenguaje diario de verbos en infinitivo, sentencias optimistas, adjetivos positivos y temáticas de sueños y esperanzas.
Fátima Pastor Ruiz. Bilbao
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