Europa lleva tiempo repitiendo el mismo debate cada vez que una tecnología estratégica entra en juego: hasta qué punto puede hablarse de soberanía si los sistemas críticos dependen de decisiones, códigos y proveedores externos. Bajo etiquetas como autonomía o soberanía digital, la Unión ha intentado construir alternativas propias en ámbitos clave con la promesa de no volver a quedar atada a infraestructuras que no controla del todo. La historia ahora demuestra que el reto no ha sido imaginar esas herramientas, sino conseguir que los grandes socios europeos acepten compartir poder real para hacerlas posibles.
Un proyecto para la soberanía europea. El Future Combat Air System nació como la gran apuesta estratégica de Francia, Alemania y España para evitar que Europa quedara relegada en la carrera aérea del siglo XXI, combinando un caza de sexta generación con enjambres de drones y una nube de combate capaz de integrar sensores, armas y mando en tiempo real.
Concebido para sustituir a plataformas como el Rafale y el Eurofighter y preservar un conocimiento industrial que Europa nunca llegó a desarrollar en la quinta generación, el FCAS se presentó como algo más que un avión: era la promesa de autonomía tecnológica frente a Estados Unidos, una arquitectura propia de guerra aérea y el símbolo de que la defensa europea podía actuar como un bloque coherente.
En Xataka
Tras una sucesión de borrascas históricas, la pregunta es obvia: ¿se está convirtiendo España en un país lluvioso?
Una década perdida. Desde su arranque, el programa quedó atrapado en un choque frontal entre intereses nacionales e industriales, con Francia defendiendo el liderazgo absoluto de Dassault en el avión tripulado y Alemania reclamando reparto real de tecnología y conocimiento a través de Airbus. Por su parte, España observaba como socio claramente secundario pese a su papel clave en sensores a través de Indra.
La invasión rusa de Ucrania endureció aún más las posiciones: Berlín, en plena Zeitenwende, empezó a cuestionar un proyecto que no le garantizaba capacidades propias. París, reforzada por el éxito exportador del Rafale, se volvió todavía más reticente a ceder control. El resultado fue una parálisis prolongada, plazos que se desplazaron hacia 2045 y la idea, cada vez menos disimulada, de que el caza podía desaparecer dejando solo restos del proyecto original.
Alemania empieza a mirar a casa. La fractura se ha hecho explícita cuando sindicatos y representantes de la industria alemana han defendido abiertamente la opción de desarrollar un caza propio o, como mínimo, dos aviones separados dentro del FCAS, una ruptura conceptual con la idea inicial de un sistema común.
Paralelamente, en Berlín comenzó a explorar discretamente una salida hacia el programa rival liderado por Reino Unido, Italia y Japón, mientras el nuevo canciller alemán trasladaba a París que incluso abandonar el FCAS ya no era un tabú. En ese punto, el proyecto dejó de ser una negociación compleja para convertirse en una cuestión de cómo comunicar su final sin asumir el coste político de reconocer el fracaso.
Sentenciado en los despachos. Las últimas semanas han confirmado lo que durante meses se daba por hecho en privado: el FCAS está prácticamente muerto y un anuncio de cierre es más probable que cualquier relanzamiento creíble, pese a los intentos de París por ganar tiempo.
Como contamos hace unas semanas, el enfrentamiento entre Dassault y Airbus sobre el control del Next Generation Fighter sigue sin solución, Alemania ya contempla salvar solo la nube de combate y otros sistemas compartidos, y el programa que debía ser el buque insignia del rearme europeo se ha convertido en el mejor ejemplo de sus límites. Para España, la noticia es especialmente amarga: el proyecto que debía garantizarle un asiento en la mesa de la alta tecnología aérea se desvanece sin una alternativa europea clara a corto plazo.
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El ganador escondido: F-35. En este vacío estratégico emerge un vencedor indirecto que resume la peor de las paradojas: el Lockheed Martin F-35, el avión que el FCAS debía contrarrestar, se convierte en la solución por defecto para muchos países europeos. Con el programa europeo colapsado, la única plataforma de nueva generación disponible, interoperable y en producción es la estadounidense, junto con todo lo que implica su ecosistema cerrado, incluida la polémica dependencia tecnológica y el célebre “botón” que simboliza el control último de Washington sobre el sistema.
España ha sido clara al rechazar ese modelo y defender un caza europeo como garantía de soberanía, pero el mensaje que llega desde París y Berlín es devastador: la incapacidad de ponerse de acuerdo ha dejado el camino libre al F-35, convirtiendo a Estados Unidos en el gran beneficiado de un fracaso europeo.
Así, Francia y Alemania han terminado trasladando a España lo que no quería escuchar: que el proyecto que debía emancipar a Europa agoniza, y el avión que simboliza la dependencia estratégica es el que sale reforzado.
Imagen | Airbus, Vitaly V. Kuzmin
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La noticia
Francia y Alemania han acordado darle a España la peor noticia: una en la que el F-35 y su “botón” son los ganadores
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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Francia y Alemania han acordado darle a España la peor noticia: una en la que el F-35 y su “botón” son los ganadores
El proyecto que debía emancipar a Europa muere, y el avión que simboliza la dependencia estratégica es el que sale reforzado
Europa lleva tiempo repitiendo el mismo debate cada vez que una tecnología estratégica entra en juego: hasta qué punto puede hablarse de soberanía si los sistemas críticos dependen de decisiones, códigos y proveedores externos. Bajo etiquetas como autonomía o soberanía digital, la Unión ha intentado construir alternativas propias en ámbitos clave con la promesa de no volver a quedar atada a infraestructuras que no controla del todo. La historia ahora demuestra que el reto no ha sido imaginar esas herramientas, sino conseguir que los grandes socios europeos acepten compartir poder real para hacerlas posibles.
Un proyecto para la soberanía europea. El Future Combat Air System nació como la gran apuesta estratégica de Francia, Alemania y España para evitar que Europa quedara relegada en la carrera aérea del siglo XXI, combinando un caza de sexta generación con enjambres de drones y una nube de combate capaz de integrar sensores, armas y mando en tiempo real.
Concebido para sustituir a plataformas como el Rafale y el Eurofighter y preservar un conocimiento industrial que Europa nunca llegó a desarrollar en la quinta generación, el FCAS se presentó como algo más que un avión: era la promesa de autonomía tecnológica frente a Estados Unidos, una arquitectura propia de guerra aérea y el símbolo de que la defensa europea podía actuar como un bloque coherente.
Una década perdida. Desde su arranque, el programa quedó atrapado en un choque frontal entre intereses nacionales e industriales, con Francia defendiendo el liderazgo absoluto de Dassault en el avión tripulado y Alemania reclamando reparto real de tecnología y conocimiento a través de Airbus. Por su parte, España observaba como socio claramente secundario pese a su papel clave en sensores a través de Indra.
La invasión rusa de Ucrania endureció aún más las posiciones: Berlín, en plena Zeitenwende, empezó a cuestionar un proyecto que no le garantizaba capacidades propias. París, reforzada por el éxito exportador del Rafale, se volvió todavía más reticente a ceder control. El resultado fue una parálisis prolongada, plazos que se desplazaron hacia 2045 y la idea, cada vez menos disimulada, de que el caza podía desaparecer dejando solo restos del proyecto original.
Alemania empieza a mirar a casa. La fractura se ha hecho explícita cuando sindicatos y representantes de la industria alemana han defendido abiertamente la opción de desarrollar un caza propio o, como mínimo, dos aviones separados dentro del FCAS, una ruptura conceptual con la idea inicial de un sistema común.
Paralelamente, en Berlín comenzó a explorar discretamente una salida hacia el programa rival liderado por Reino Unido, Italia y Japón, mientras el nuevo canciller alemán trasladaba a París que incluso abandonar el FCAS ya no era un tabú. En ese punto, el proyecto dejó de ser una negociación compleja para convertirse en una cuestión de cómo comunicar su final sin asumir el coste político de reconocer el fracaso.
Sentenciado en los despachos. Las últimas semanas han confirmado lo que durante meses se daba por hecho en privado: el FCAS está prácticamente muerto y un anuncio de cierre es más probable que cualquier relanzamiento creíble, pese a los intentos de París por ganar tiempo.
Como contamos hace unas semanas, el enfrentamiento entre Dassault y Airbus sobre el control del Next Generation Fighter sigue sin solución, Alemania ya contempla salvar solo la nube de combate y otros sistemas compartidos, y el programa que debía ser el buque insignia del rearme europeo se ha convertido en el mejor ejemplo de sus límites. Para España, la noticia es especialmente amarga: el proyecto que debía garantizarle un asiento en la mesa de la alta tecnología aérea se desvanece sin una alternativa europea clara a corto plazo.
El ganador escondido: F-35. En este vacío estratégico emerge un vencedor indirecto que resume la peor de las paradojas: el Lockheed Martin F-35, el avión que el FCAS debía contrarrestar, se convierte en la solución por defecto para muchos países europeos. Con el programa europeo colapsado, la única plataforma de nueva generación disponible, interoperable y en producción es la estadounidense, junto con todo lo que implica su ecosistema cerrado, incluida la polémica dependencia tecnológica y el célebre “botón” que simboliza el control último de Washington sobre el sistema.
España ha sido clara al rechazar ese modelo y defender un caza europeo como garantía de soberanía, pero el mensaje que llega desde París y Berlín es devastador: la incapacidad de ponerse de acuerdo ha dejado el camino libre al F-35, convirtiendo a Estados Unidos en el gran beneficiado de un fracaso europeo.
Así, Francia y Alemania han terminado trasladando a España lo que no quería escuchar: que el proyecto que debía emancipar a Europa agoniza, y el avión que simboliza la dependencia estratégica es el que sale reforzado.