Al descomponerse en la orilla, el sargazo se vuelve un riesgo laboral y de salud pública, advierten las científicas, y los esfuerzos de gestión, agregan, no son suficientes para proteger a los ecosistemas ni a las personas que ponen el cuerpo frente a la crisis. “Existe una necesidad urgente de aplicar la normativa mexicana mediante protocolos de prevención, monitoreo continuo y equipo de protección para salvaguardar la vida de los trabajadores”, señala el estudio.
rompen récords cada temporada, la salud de quienes los recogen se pierde entre la necesidad de trabajo y la precariedad del mismo. Se espera que este año se alcance un nuevo récord, no solo en cantidad de sargazo, sino también en biomasa acumulada en descomposición.Camino por la orilla de una playa en Quintana Roo buscando trabajadores que quieran hablar. Me acerco cortés, algunos responden a los buenos días, pero no más. Tras varios intentos infructuosos voy notando que mi presencia incomoda. La mayoría no me regresa la mirada o lo hacen con desconfianza. Nadie quiere ser visto conmigo. Finalmente uno accede:
—¿Les avisan de los riesgos cuando los contratan? —pregunta Mongabay Latam.
—Nada. Solo te preguntan si aguantas el trabajo rudo —dice un sargacero con 10 años de experiencia.
—¿Es riesgoso?
—Es el trabajo y hay que hacerlo. Si no, no hay qué comer.
—¿No les dan mascarillas? —pregunta Mongabay Latam.
—Nada, así nada más.
—¿Conoces a alguien que se haya enfermado?
—Sí. Lo más común es que nos salen ronchas, granos, bombas con agua. Es por el ácido que suelta el sargazo, porque sí es tóxico.
—¿Y si les pasa algo?
—Pues nada. Aquí estamos nomás a la pura bendición de que uno no se enferme. Porque nomás se mete uno al agua y se siente caliente, bien caliente, y te empieza a poner rojo y te quema la piel toda.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) también ha correlacionado los niveles de exposición al sulfuro de hidrógeno con exactamente los malestares que reportan los sargaceros de Quintana Roo. Y el daño no espera a las concentraciones extremas. Incluso entre 5 y 10 partes por millón, el gas dificulta el uso del oxígeno: bloquea la maquinaria con la que las células lo convierten en energía —el mismo mecanismo al que ataca el cianuro—, de modo que, aunque la sangre siga cargada de oxígeno, el músculo no logra aprovecharlo; genera menos energía, se fatiga antes y crece el riesgo de enfermedades crónicas, señala el estudio.
Lo más peligroso es que, con el tiempo, el gas produce ceguera olfativa: la nariz deja de registrar el olor a huevo podrido aunque el gas siga ahí y siga aumentando. El hedor es una alarma natural del cuerpo; sin él y sin un medidor, no hay forma de saber que lo que se está respirando es tóxico, indica la investigadora Rosa Rodríguez.
Mientras trabaja para un hotel, club de playa, restaurante o incluso para el municipio, un hombre con solo un rastrillo en la mano respira aire que, en un espacio cerrado y con las concentraciones suficientes, lopodría matar sin que se diera cuenta.
Y es que no hace falta identificar el gas para que este cobre factura; basta con volver, día tras día, a respirarlo. Mariana Veras, epidemióloga ambiental de la Universidad de São Paulo y coautora del estudio, advierte que el cuerpo puede dañarse aún antes de avisar. “Es posible que algunos cambios biológicos comiencen antes de que aparezcan síntomas evidentes”, afirma: “Procesos inflamatorios en las vías respiratorias, pequeñas alteraciones de la función pulmonar o respuestas inflamatorias sistémicas que la persona todavía no percibe”.
El sulfuro de hidrógeno es apenas una parte de lo que les espera en el trabajo. “El sargazo es como una esponja”, explica Rodríguez. “Viene cargado de arsénico, cadmio y otros metales. Trae microplásticos, herbicidas, pesticidas, enfermedades y bichos. Va absorbiendo todo eso mar adentro, y cuando llega a la costa en tanta cantidad, se descompone y lo libera en aproximadamente 48 horas”. El cuerpo del sargacero recibe, en una sola jornada laboral, la suma del cóctel químico que vertemos al mar.
ZOFEMAT) es la franja de costa que incluye los primeros 20 metros del litoral, comenzando donde termina la marea más alta. Como bien público, es propiedad de todos los mexicanos, es decir que pertenece a la federación.Sin embargo, son los municipios quienes, a través de un organismo gubernamental homónimo, otorgan las concesiones, gestionan y cobran por su uso y se encargan de su limpieza. Y desde que llegó el sargazo, también se ocupan de su recolección. Los sargaceros trabajan bajo ese mismo esquema: son empleados de un organismo municipal que a la vez depende del gobierno federal.
Según expresó la coordinadora, ninguno de los sargaceros tiene contrato fijo, sino que se renueva una vez al año. Así lo confirmaron los más de 10 trabajadores entrevistados. Esto hace que el empleado no genere antigüedad y, por ende, libere al empleador de su obligación de reconocerlo como personal permanente e indemnizarlo en caso de despido o enfermedad.
—¿Sabe por qué una vez al año? —pregunta Mongabay Latam.
—Desconozco.
—¿Entonces no se genera antigüedad, ni seguro, ni retiro? —pregunto a la coordinadora.
—No… ¡No me vayan a correr por tu culpa! —ríe nerviosa.
El miedo es la norma entre los sargaceros, y la paranoia, el clima del oficio. Al iniciar conversación con cualquier recolector, sonaba su celular; me miraba con desconfianza y se alejaba. Sucedió varias veces. Ya me iba y solicité una foto al supervisor. Negó con la cabeza, señaló hacia atrás con el gesto y dijo: “Nos están vigilando”.
Incluso la coordinadora, ya pasada la risa, volteaba constantemente hacia la costa, como buscando a alguien entre los edificios:
—Ya me tomaron la foto platicando contigo. ¡Me van a correr! —dijo.
Según relataron trabajadores de la zona —que pidieron no ser identificados—, algunos de los sargaceros que aceptaron colaborar en la investigación de la UNAM fueron despedidos. “A los que respondieron, los corrieron”, dijo uno. “Aquí nos prohibieron hablar y ya corrieron a cuatro”, agregó su compañera antes de alejarse.
Mongabay Latam intentó comunicarse con ZOFEMAT a través de los medios oficiales de distintos municipios de Quintana Roo. Llamé por teléfono, envié mensajes de texto y correos. A falta de respuestas, me presenté en una de sus oficinas a solicitar otra vía por la cuál hacerles llegar mis preguntas. Una secretaria me dio un nombre y un correo. Esa misma tarde seguí sus instrucciones y las envié, pero hasta la publicación de este reportaje, más de un mes después, no hubo respuesta.
investigación del diario local Cambio22 reveló que apenas el 30% del cobro del impuesto va a programas ambientales. El resto se reparte entre obra pública e infraestructura urbana (50%), seguridad pública (16%) y un fondo de retiro para los policías municipales (4%).Según esa nota, el cobro nació verde y terminó pagando patrullas y repavimentaciones. La Asociación de Hoteles de la Riviera Maya (AHRM) ha señalado públicamente la falta de transparencia y de resultados visibles en el manejo de estos recursos.
En el municipio de Puerto Morelos, un ciudadano preguntó por vía oficial cuáles fueron “las acciones de saneamiento que se realizaron con el monto recaudado”. La Tesorería respondió con las cifras de lo que entró, pero evitó responder sobre el destino de los fondos. Cuánto entra está documentado; en qué se usa, no.
Ley Federal del Trabajo, cuando un trabajador enferma o se lesiona a causa de un riesgo de trabajo, el patrón queda obligado a cubrir la atención médica, el salario durante la recuperación y una indemnización si el daño es permanente. Esta responsabilidad se sostiene aunque el trabajador no esté inscrito en el seguro social. Ni la imprudencia ni que el trabajador “hubiese asumido el riesgo” liberan al empleador de su responsabilidad. Más aún, incumplir las normas de seguridad –como la NOM-010– constituye una “falta inexcusable” y puede agravar la indemnización, pero tampoco esto se cumple.Mongabay LATAM.