El político togolés aspira a repetir al frente de la Organización Internacional del Trabajo y está dispuesto a ofrecer la dirección adjunta a alguien de la órbita del líder republicano para desbancar a la candidata española
Regala esta noticia Añádenos en Google Houngbo fue elegido presidente del organismo internacional en 2022 y aspira a la reeleción. (AFP) 23/08/2026 a las 00:18h.Él es el principal escollo que se interpone en la candidatura de Yolanda Díaz para convertirse en presidenta de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), ... una elección que tendrá lugar el 16 de noviembre pero que no se hará efectiva hasta el 1 de octubre de 2027. Gilbert Houngbo no es alguien que resulte familiar a oídos del común de los mortales, pero la entidad que preside desde 2022 es la fuerza laboral más grande del planeta al reunir bajo su paraguas a 187 países y más de 4.000 millones de potenciales trabajadores. Houngbo, un político togolés de 65 años, curtido en las bambalinas de la ONU y con experiencia al frente de los destinos de su país, aspira a la reelección en este organismo con base en Ginebra y muchos quilates de influencia. Quien salga elegido de la votación secreta deberá contar con más de la mitad de los apoyos del consejo de administración, y podrá entonces controlar la elaboración de normas laborales, la promoción del empleo, la protección social o el fortalecimiento del diálogo con la clase trabajadora.
Que Houngbo haya llamado a esa puerta entra dentro de la lógica del tablero político, aunque también es motivo de sorpresa. Y es que Estados Unidos es uno de los principales apoyos financieros del organismo internacional –de allí proceden el 22% de las aportaciones que recibe–, pero es también su principal deudor, al llevar años sin atender el pago de las cuotas que le corresponden. El desfase es tan acusado que a estas alturas el Tío Sam representa nada menos que el 70% del dinero comprometido a la OIT y que esta tiene pendiente de cobro. De consolidarse esta alianza, EE UU podría saldar si no toda, parte de su deuda, con el consiguiente impacto en las cuentas de la organización. De hecho no es la primera vez que Houngbo intenta ese movimiento. Ensayó esa estrategia con el funcionario norteamericano Sheng Li, aunque la OIT puso pie en pared y la propuesta no prosperó.
Houngbo no tiene empacho en buscar la ayuda de EE UU, el país que ha contraído la mayor deuda con la OIT por el impago de sus cuotas
Yolanda Díaz tiene trabajo por delante si quiere desbancar a Houngbo y ocupar su lugar en Suiza, un puesto que vendría acompañado de un sueldo que doblaría el que percibe actualmente como vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, y que algunas fuentes elevan incluso hasta los 300.00 euros (incluyendo un neto de 150.000 de salario base, el complemento por costo de la vida en Ginebra, una de las ciudades más caras del mundo; y ayudas para el pago de la vivienda, dietas, gastos de representación o inmunidad fiscal). Díaz, en cuyo haber figuran la reforma laboral acordada entre empresarios y sindicatos, o la mayor subida del salario mínimo pactada en España, cuenta con el aval de Pedro Sánchez y el rechazo de la patronal, con quien ha mantenido frecuentes enfrentamientos, entre ellos por el recorte de la jornada laboral.
«La voz de 4.000 millones»
La trayectoria de Gilbert Houngbo, primer africano en llevar las riendas de la OIT, incluye puestos como el de director del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo de África o la presidencia del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola, además de haber sido entre 2007 y 2012 primer ministro de Togo. Pese a su cometido actual en la OIT, el suyo no es un país especialmente garantista con los derechos de la clase trabajadora (ni ya puestos con los de la sociedad en general): acuciado por enormes desplazamientos de refugiados, un informe de Amnistía Internacional denunciaba el año pasado la falta de libertad de expresión, la detención y reclusión arbitrarias, las torturas y malos tratos y los obstáculos para ejercer el derecho de reunión.
Cuando Houngbo asumió la presidencia de la OIT, su discurso era una bella declaración de intenciones. «Me comprometo a representar las voces de quienes confían en nosotros. Pienso en los cuatro mil millones de personas de todo el mundo que no tienen acceso a la protección social, en los más de 200 millones de mujeres y hombres que se enfrentan al desempleo, en los 160 millones de niños que trabajan. También en las empresas, en particular las pequeñas y medianas, que se enfrentan a los problemas en las cadenas de suministro o al cierre debido a las crisis –por aquel entonces, la derivada de la pandemia–, el cambio climático y los conflictos armados. Pienso en las mujeres y los hombres que se enfrentan a la discriminación, la violencia y el acoso en el lugar de trabajo. Todas ellas son expresiones de una injusticia social inaceptable que estamos obligados a combatir».