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Gisèle Pelicot, en Madrid, antes de la entrevista con motivo de la presentación de su libro 'Un canto a la vida'. Virginia Carrasco Gisèle Pelicot: «No soy ninguna heroína feminista, pero sí he despertado conciencias»Icono de la lucha contra la violencia sexual, Gisèle Pelicot es condecorada por el Gobierno tras presentar su biografía en España
Madrid
Martes, 3 de marzo 2026, 17:36 | Actualizado 18:16h.
... propio hogar y sacar fuerzas para sacudirse el dolor, la vergüenza y hacerlo público? ¿Es posible trascender al daño íntimo y transformarlo en luz para iluminar el camino de todo un colectivo? víctima de sumisión química para ser violada por su marido y por más de medio centenar de hombres a los que éste la ofreció completamente drogada, la respuesta es sí. Frente a la contrariedad que puede generar su caso, defiende: «Contra la violencia, hablad. No somos culpables de absolutamente nada. Una mujer rota, una mujer que sufre lo pierde todo. Es necesario no aislarse, estar acompañada. Buscad la fuerza y hablad. Hay que denunciar en voz alta».Así lo hace ella en el libro 'Un canto a la vida' (Lumen), donde cuenta su historia, desde su infancia hasta el «horror» que atravesó con su ahora exmarido Dominique Pelicot, en prisión tras ser condenado a 20 años.
Ayer visitó Madrid para recibir la Encomienda de la Orden del Mérito Civil otorgada por el Gobierno español, un gesto que dijo hacerle sentir «muy honrada», después de presentar sus memorias en un multitudinario acto que congregó a más de trescientas personas, la mayoría mujeres, en el Instituto Francés.
El despliegue editorial orquestado para lanzar las 250 páginas que resumen su biografía está a la altura del interés que despierta: el libro ha sido publicado en 20 idiomas y lanzado en más de 30 países a la vez. Como el más esperado de los 'bestsellers'.
Repercusión«Creí que yo era la única. No imaginaba la amplitud de la violencia que se ejerce contra las mujeres»
Desde una pasmosa serenidad que enarbola como su verdadera bandera vital, Giséle Pelicot agradece los gestos de apoyo masivo, a los que ahora se ha acostumbrado a base de que la gente la «pare por la calle» para darle las gracias por su valentía.
Cuando tomó la decisión de dar la cara en el año 2024, y que el juicio contra su marido y el resto de hombres que la violaron fuese público, «pensaba que había sido la única» mujer en pasar por aquello. «No me podía imaginar –reflexiona– la amplitud de la violencia que se ejerce contra las mujeres» en distintos ámbitos.
«Hay muchas mujeres que se han visto identificadas con mi historia porque hace eco con su propio sufrimiento», defiende para explicar que algo tan monstruoso como lo que ella vivió haya podido conectar con tanta gente.
A pesar de ese movimiento global que la ha erigido como un icono feminista, no se siente como una heroína y «mucho menos una heroína feminista». Del movimiento dice además no haber estado nunca realmente involucrada, pero sí cree que puso su grano de arena al abrir las puertas del juicio.
«Me di cuenta de que esto afectaba a muchas mujeres», reconoce. Por eso prefiere verse como una «despertadora de conciencias». «Sí he despertado conciencias contra una una violencia sexual de la que no siempre se habla», dice.
Hijos«Creo que mi libro es una especie de testamento. Para ellos es mi mensaje de amor y esperanza»
Para lograr tal efecto, no escatima detalles de las agresiones que sufrió. El libro es explícito, pero logra no cebarse en el morbo. Transmite al lector imágenes terribles –como las que se mostraron en el juicio, grabadas por su exmarido y sus compinches–, pero sin ahondar en su miseria. Relata los hechos como una auténtica notaria de su propia desgracia. Sin titubeos.
Y todo, a pesar de que deja claro que podría haber perdido la vida o haber tenido problemas neurológicos o cardíacos graves causados por las drogas que le suministraba. No escatima en describir y describir hasta concluir que lo que le sucedió fue fruto de la necesidad de un hombre de «someter a una mujer insumisa».
En ese momento, recuerda Gisèle, ella era «una mujer libre, económicamente independiente, que le decía que no cuando no estaba de acuerdo en alguna cosa». Y él «utilizó la sumisión química para lograr lo que quería». Aunque pide no meter a todos los hombres en el mismo saco, y proclamar la convivencia feliz de ambos sexos –ella también cuenta cómo ha rehecho su vida amorosa a sus 72 años–, cree que su caso «dice mucho sobre la masculinidad».
El hecho de que muchos hombres participaran de aquello y que ninguno denunciara es «sobre lo que realmente hace falta hacerse preguntas». En la biografía cuenta cómo tuvo que aguantar estoicamente en las vistas orales que muchos de estos hombres no fuesen capaces de asumir que la habían violado. Unos dijeron que fueron engañados, otros intentaron convencer a un tribunal estupefacto de que era consentido, –cuando «yo aparecía completamente muerta», se autodescribe– y, alguno llegó a decir que de querer violar a una mujer habría elegido a una más joven. Es difícil no enmudecer con la lectura.
Su mensaje«No somos culpables de nada. Una mujer que sufre lo pierde todo. Contra la violencia, hablad»
Pero su mensaje, advierte, a pesar de contener la parte judicial del caso, es de «esperanza para las nuevas generaciones». Reconoce que lo que ha vivido es «sumamente doloroso, una barbaridad», pero el objetivo de su libro es otro: «Lo que quiero decir es que yo he podido levantarme, he podido reconstruirme y es lo que quiero transmitir».
Esta fuerza, con la que afronta el juicio y de donde nace su negativa a ser eternamente una víctima, es algo que parece definir la esencia de esta mujer. Algo que está muy presente en toda la narración y que, no solo sorprende, sino que realmente molesta a una parte del público que la veía excesivamente «digna» durante aquellos días de 2024, cuando acudía a juicio.
«Yo llevo en mí el sufrimiento porque conocí el dolor muy joven. Perdí a mi madre con 9 años y tuve que crecer más rápido. Nunca me he autorizado a tirar la toalla y esto me ha dado la fuerza para llegar hasta el final de esta historia», explica sobre su determinación para que, como la icónica frase de su caso y que hoy luce con un pin en la solapa, la vergüenza cambiara de bando.
Su postura contra viento y marea también arrastró de algún modo a sus hijos. Ellos son las otras víctimas de 'monsieur' Pelicot. Reconoce que tras el juicio se distanciaron, pero el libro ha servido de reencuentro.
«Mi relación con ellos está hoy en paz. Nos hemos reencontrado. El libro les ha ayudado a entender la mujer que he sido. Les ha permitido descubrirme porque nunca he compartido con ellos mi sufrimiento ni mis lágrimas. Al contrario, he sido una roca. Ellos lo vieron como que yo ponía distancia, pero era para protegerlos. Creo que mi libro es una especie de testamento. Para ellos es mi mensaje de amor y esperanza».
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