En la estupenda biografía de Juan Francisco Fuentes recién reeditada, Adolfo Suárez, la opción más difícil, se incluye el relato que el protagonista hizo a su colaborador Eduardo Navarro del momento en que el rey Juan Carlos le encargó formar gobierno:
"Yo en lugar de pronunciar una frase histórica, pronuncié otra que no voy a repetir, pero que venía más o menos a decir: ¡Por fin, ya era hora!".
El próximo viernes se cumplirán cincuenta años de ese 3 de julio de 1976 en el que, cuentos borbónicos y pizarras de Suresnes al margen, comenzó la transición legal y real a la democracia.
Y puedo prometer y prometo que una noche de 1993, cuando Anguita conoció a Suárez en mi casa, aquel encantador de serpientes reprodujo la frase sin eufemismos ni edulcorantes.
No había empleado cinco palabras sino cuatro: "¡Coño, ya era hora!".
He conocido de cerca a los siete presidentes de la democracia y no me cabe duda de que quienes desearon llegar a la cima con mayor avidez y ahínco fueron el primero y el último.
Curiosamente, fueron también los dos que lo lograron de la forma más inopinada e imprevista, a través de mecanismos legales hasta entonces inexplorados.
A Suárez lo pudo designar el Rey porque el presidente de las Cortes franquistas, Torcuato Fernández-Miranda, logró colarle de rondón en una terna en la que los diplodocus del Consejo del Reino jamás le habrían incluido de haber barruntado remotamente sus planes.
A Sánchez lo coronó la súbita y fulminante moción de censura en la que concurrieron fuerzas con antecedentes terroristas y golpistas con cuyo concurso constitucional sólo parecía contar el bolso de Soraya.
Audax fortuna iuvat. Fueron dos campanazos de dos audaces seductores, dispuestos a forjar el destino colectivo con el ímpetu de su carácter.
De ahí que el brutal contraste entre para qué querían el poder y cómo lo usaron el uno y el otro pueda servir de compendio a todo un estudio sobre lo mejor y lo peor de la condición humana ante la oportunidad de ejercer el mando.
Porque, como escribió Tácito, "para quienes ambicionan el poder, no existe una vía media entre la cumbre y el precipicio".
***
Gloria y oprobio. Javier Muñoz.
Aquella epopeya de hace medio siglo se trenzó con astucia. Fuentes recrea con precisión la reunión del Consejo del Reino, convocado el 2 de julio de 1976 tras la destitución de Arias Navarro:
"Se va definiendo el perfil de los candidatos con gran profusión de tópicos franquistas y una tendencia contagiosa al desvarío. Torcuato les deja hacer… Consigue que los consejeros se sientan libres e importantes".
Quedan 32 nombres y comienza una selección por exclusión parecida al método Goncourt. Fraga cae enseguida; Areilza que ya tenía descorchado el champán, después. El "tapado" va pasando las cribas, agazapado como hombre de relleno.
Al mediodía siguiente Torcuato sale pletórico: "Estoy en condiciones de llevar al Rey lo que me ha pedido". Enseguida se anuncia la terna prevista en las Leyes Fundamentales: Silva, López Bravo, Suárez.
El democristiano con gafas de culo de vaso erigido en zar de las obras públicas, el guaperas del Opus que, como titular de Exteriores, viaja por medio mundo y un falangista "chusquero" que sueña en secreto con el cambio.
Juan Carlos quería al "falangista chusquero". Estaban compinchados. "¡Coño, ya era hora!"
Siguieron días frenéticos. Mientras el autoerigido arúspice del tardofranquismo Ricardo de la Cierva lanza su anatema desde El País —"Qué error, qué inmenso error"— Suárez recibe los portazos de pesos pesados que no estaban en la jugada.
Enseguida emerge con un "gobierno de subsecretarios" o de "penenes". Un gobierno con una edad media de 47 años —él tenía 43— que deja descolocado al personal. Sin tiempo para que nadie reaccione, a las dos semanas legaliza al PSOE, decreta una amnistía general y anuncia elecciones parlamentarias para antes de un año.
España había dejado de ser franquista, pero los ‘camisas viejas’ aún no lo sabían. Hubo que hacerles tragar la píldora amarga de la Ley para la Reforma Política. El día del haraquiri.
La legalización del PCE fue la puntilla cuatro meses después. La víspera, el hasta hacía poco Secretario General del Movimiento, emasculaba el yugo y las flechas de la fachada de la Secretaría General del Movimiento.
Suárez decía que sin los comunistas la transición equivaldría a "escribir sobre el agua". Pero a la hora de votar se dio cuenta de que necesitaba a la UCD y al PSOE: un partido de amplio centro liberal y un socialismo moderado.
España había dejado de ser franquista, pero los ‘camisas viejas’ aún no lo sabían. Hubo que hacerles tragar la píldora amarga de la Ley para la Reforma Política.
Hubo momentos en que pareció que trabajaba más para Felipe González que para él. "La conducta del presidente no dejaba de ser desconcertante", escribe Fuentes. "En unas elecciones tan abiertas como las del 15-J, sin tener garantizada su victoria, Suárez se permitía el lujo de ayudar a su máximo oponente para proporcionarle un resultado que lo consagrara como alternativa".
Pues de ahí surgieron el acuerdo constitucional y los Pactos de la Moncloa. El gran acierto de España. Una receta llamada consenso.
Suárez ganó dos elecciones generales, combatió denodadamente al golpismo y al terrorismo, introdujo el divorcio y el IRPF, estabilizó la economía, desarrolló el Estado autonómico, abrió el camino a la entrada de España en la UE y en la OTAN y cuando vio que no tenía respaldo parlamentario e institucional para seguir gobernando, dimitió al cabo de cuatro años y medio en el poder.
Él siempre me decía que había sido "un mal jefe de partido" por no haber logrado aglutinar a todos los sectores de UCD. Pero lo que le hizo dar el paso atrás fue percibir la condescendencia del Rey con el ruido de sables en su contra. La primera vez se lo contó a Felipe y Felipe me lo contó a mí para que lo publicara en ABC.
Varias crisis después, llegó la definitiva. "Este se va", le dijo entre incrédulo y despectivo el Rey a Sabino en presencia de Suárez.
Su explicación pública brilla hoy en letras de mármol: "No quiero que el sistema democrático de convivencia sea una vez más un paréntesis en la Historia de España".
***
Gracias a la generosidad de Adolfo Suárez, la exultante generosidad con la que llegó, la dolorida generosidad con la que se fue, ese "paréntesis" abierto hace tal día como el próximo viernes de hace medio siglo se ha convertido en la morada vital de tres generaciones de españoles.
Si algo da cuenta, no sólo de la duración, sino del mérito y magnitud de su legado es el intervalo histórico. Mientras ya han pasado 50 años desde su nombramiento, aquel 3 de julio de 1976 en que él llegó dispuesto a devolver España a los españoles tan sólo habían transcurrido 40 de las vísperas del estallido de la Guerra Civil.
¡Y qué vísperas!
De hecho, en la propia noche del 3 de julio de 1936 un grupo de lecheros que salían de una Casa del Pueblo fueron ametrallados en la calle San Mateo por miembros de la Primera Línea de Falange que huyeron en un automóvil "Balilla".
Mientras ya han pasado 50 años desde su nombramiento, aquel 3 de julio de 1976 en que él llegó dispuesto a devolver España a los españoles tan sólo habían transcurrido 40 de las vísperas del estallido de la Guerra Civil.
Era la represalia por el asesinato el día anterior de dos estudiantes del SEU en el Bar Roig de la calle Don Ramón de la Cruz. Y sirvió de pretexto al día siguiente para el secuestro, tortura y muerte con 73 puñaladas en el cuerpo del hijo del empresario del Circo Price, simpatizante de Falange.
Faltaba una semana para el asesinato del teniente Castillo, instructor de las milicias de las Juventudes Socialistas Unificadas y apenas unas horas más para que una decena de guardias de asalto y seis militantes o simpatizantes socialistas sacaran de su casa de madrugada y liquidaran de dos tiros en la cabeza al líder de la oposición monárquica José Calvo Sotelo.
Del Rey, conductor de la camioneta, se dirigió a sus compañeros: "El que diga algo de todo esto se suicida. Lo mataremos como a este perro".
Mundo Obrero denunció el "asesinato" del teniente Castillo e informó de la "muerte" del "fascista Calvo Sotelo".
El presidente de las Cortes Martínez Barrio se negó a abrirlas al día siguiente: "Si se hubiera celebrado sesión el martes 14, habría terminado a tiros".
El 15 hubo Diputación Permanente. Gil Robles clamó contra el Frente Popular: "Vosotros que estáis fraguando la violencia, seréis las primeras víctimas de ella". "Claridad", órgano de Largo Caballero, dobló el envite: "¿No quiere la paz civil? Pues sea la guerra civil a fondo".
El humillado y aplastado Portela Valladares amagó con interponerse desde un centro capitidisminuido, en el que ya no cabían ni los jíbaros: "¿Es posible continuar así? ¿No os preocupa la Patria? ¡Alto el fuego!".
Casi a la vez el general Molaenvió la orden para que el 17 comenzara la sublevación en Marruecos. "O viene nuestra dictadura o la otra", escribió el socialista Araquistain a su hija.
Según el cómputo de Fernando del Rey y Manuel Álvarez Tardío, notarios de esta terrorífica escalada en su documentado e imprescindible libro Fuego Cruzado, entre el 1 y el 17 de julio se produjeron en España 89 atentados políticos con un saldo de 51 muertos y 177 heridos.
***
Ni el Gobierno ni las Cortes Generales han programado acto institucional alguno para conmemorar el cincuentenario del nombramiento de Adolfo Suárez. Todo el impulso que haya quedado de los truculentos fastos sobre la muerte de Franco se centrará en darle lustre al 90 aniversario del golpe de Estado del 36.
Con Pedro Sánchez, como ya empezó a ocurrir con Zapatero, la Memoria Histórica siempre sirve para echar sal en las heridas, nunca para rendir homenaje a quien trató de cauterizarlas.
¿Cuánto hace que no escuchamos una invitación a la concordia por parte de quien lleva las riendas del Estado? Jamás estuvo eso en la hoja de ruta de Sánchez. Todo lo contrario.
Desde su pacto con Podemos y su segunda investidura en enero de 2020, gobernar ha sido para Sánchez echar más leña al fuego. Con las redes sociales y los medios públicos, amén del BOE, como frentes de batalla de su guerra por otros medios.
Con Pedro Sánchez, como ya empezó a ocurrir con Zapatero, la Memoria Histórica siempre sirve para echar sal en las heridas, nunca para rendir homenaje a quien trató de cauterizarlas.
El cambalache de la amnistía por una tercera investidura legislativamente estéril y la aparición en las playas del 24 de los primeros restos de la corrupción arrojados al mar antes y durante la pandemia, han terminado engendrando el bochornoso paroxismo actual.
Primero fueron los cinco días de reflexión. Luego la cruzada contra la "máquina del fango".Después el "gobernaré con o sin el parlamento" que obviamente presagiaba la segunda opción. Ya sólo quedaba gobernar contra el parlamento. O sea, lo que entró en vigor el jueves: 178 diputados exigen la dimisión del presidente, 171 apoyan que se quede; pero Sánchez obedece a la minoría… que le obedece a él.
"¡Cómo no vamos a continuar!", había exclamado Sánchez en el debate del miércoles. Fue a la vez un grito de desafío, de impotencia y de amenaza. "Vamos a continuar como sea", entendimos muchos. Y eso incluye la manipulación del censo a través de la Ley de Nietos, los resquicios del voto por correo, el cuestionamiento de los tribunales, la redoblada ofensiva contra la prensa o cualquier trampa que aún no imaginamos, de la que sin duda será capaz.
Sánchez no puede no continuar pues necesita abusar de resortes del poder como la Fiscalía General, la Abogacía del Estado, el CIS, la Sepi, TVE o la 'Telepedro' que acaba de conceder a algunos de sus cómplices. Son sus últimos baluartes frente al avance de las causas judiciales contra los vasos comunicantes de la corrupción que siempre desembocan en la Moncloa.
De ahí la envergadura del envite. De nuevo, medio siglo después, es necesario conjurarse, como lo hizo Adolfo Suárez con los españoles, para que la convivencia en libertad no vuelva a ser ‘un paréntesis’ que se cierre.
Feijóo quedó bien en El Hormiguero pero se equivocó cuando dijo que la democracia "no corre peligro en España".
Cuando varios grupos parlamentarios aplauden al jefe del Gobierno mientras se burla en el hemiciclo de la mayoría que acaba de derrotarle —sólo le faltó el corte de mangas— es obvio que la democracia sí corre peligro en España porque gente así parece dispuesta a todo.
Por eso, aunque la legislatura agonice durante meses como un cetáceo varado sin oxígeno, urge una movilización permanente, con ropa de verano, de entretiempo o de invierno si llegamos. Es demasiado grave lo que está en juego para distraernos.
Lo dije en nuestra Junta General de Accionistas. EL ESPAÑOLpropone una hoja de ruta para reconstruir la concordia democrática con tres ingredientes: un Gobierno que ni mienta ni robe, fruto del voto útil; una oposición renovada dispuesta a grandes pactos de Estado; y unas minorías nacionalistas, obligadas a elegir entre la lealtad institucional y el Aventino.
También dije que no todos los políticos son iguales. Que basta cambiar tres letras —en realidad dos si consideramos que la 'c' y la 'h' forman una— para pasar de la gloria perpetua en la que habita Suárez al largo oprobio que está mereciendo Sánchez.