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Los mensajes que a diario se publican en cuentas oficiales como la de la Casa Blanca serían el sueño lúbrico de líderes con tan poca tendencia al sonrojo como el malparado Maduro: parece imposible que una de las dos personas que podrían acabar ... con la civilización humana a golpe de maletín, un hombre casi octogenario, base su comunicación política y su campaña en los mismos códigos que manejan chavales en foros anónimos de internet.
No cabe duda de que esto ha sido precisamente lo que lo ha llevado de nuevo a la presidencia del mundo. Eso, y haber captado a la perfección el signo de los tiempos: la razón ya no existe, solo el egocentrismo como valor, el egoísmo desacomplejado que, en el mejor de los casos, reivindica la total indiferencia al destino del otro, cuando no desea directamente el peor de los males a quien piensa diferente, sea un poco o mucho. O conmigo al 100%, o contra mí. No hay margen fuera de la adhesión total. Por aquellos pagos le llaman a este fenómeno tribalismo, pero es muchísimo peor que eso.
«Un miembro del personal de la Casa Blanca realizó la publicación por error. Ya ha sido eliminada», declaró un funcionario del Gobierno estadounidense
En un contexto tan pueril como peligroso, la imagen impacta tanto como los proyectiles. Desde el comienzo de la Guerra de Ucrania, una milicia twitteriana, la NAFO, defiende su verdad a golpe de meme en la arena de X: sus gráficas suelen ser protagonizadas por un perro ataviado con uniforme militar. Soldados meméticos que se enfrentan a personajes a quienes consideran assets del enemigo: desde perfiles del país ajeno a tertulianos y youtubers del propio de quienes se considera que pueden estar trabajando para el enemigo.
La NAFO no actúa como una institución ni como un ejército regular, sino como una comunidad descentralizada que ha entendido mejor que muchos gobiernos el funcionamiento del ecosistema digital. Sus memes no pretenden convencer al adversario, sino ridiculizarlo, desgastarlo y expulsarlo simbólicamente del espacio común. En la guerra memética, el objetivo no es ganar el debate, sino ocupar el timeline. Pero no solo eso: iniciativas como Saint Javelin, hijas directas de la cultura NFT, han servido y sirven para recaudar fondos para sus causas.
Pero este fenómeno no se limita a iniciativas desde abajo. Estados Unidos ha incorporado el meme como herramienta estratégica de comunicación institucional. Las cuentas oficiales de la Casa Blanca, del Departamento de Defensa o incluso de ramas concretas del ejército utilizan ironía, referencias culturales y formatos visuales propios de Reddit o TikTok para marcar sus agendas geopolíticas, participar de crisis internacionales o lanzar advertencias a naciones rivales o incluso a particulares. El comunicado clásico ha sido sustituido por la imagen ingeniosa y agresiva, fácilmente compartible, diseñada para circular más que, por supuesto, para ser leída con detenimiento.
Rusia, otro de los actores principales de esta temporada de la realidad, ha desarrollado una estética memética diferente, menos irónica y más simbólica. La conversión de la letra Z —originalmente una marca táctica en vehículos militares— en emblema visual del apoyo a su campaña es uno de los ejemplos más claros de propaganda digital contemporánea. La Z aparece en avatares, ilustraciones, camisetas, vídeos y montajes gráficos que refuerzan una narrativa de épica nacional, sacrificio y enfrentamiento con un enemigo externo claramente identificado: Occidente.
En este escenario, la guerra ya no se explica: se diseña. Y lo hace siguiendo una serie de reglas reconocibles que permiten entender por qué el meme se ha convertido en una de las armas más eficaces del siglo XXI.
• Simplifica conflictos complejos hasta hacerlos emocionalmente digeribles.
• Sustituye el argumento por la identidad de grupo.
• Recompensa la ironía y la agresividad frente al matiz.
• Prioriza la viralidad sobre la veracidad.
• Convierte al espectador en participante activo mediante el like y la réplica.
Estas dinámicas afectan tanto a comunidades informales como a Estados consolidados. En la llamada guerra híbrida, el control del relato está solo un poco por debajo en importancia que el control del territorio. La imagen —especialmente la imagen ingeniosa— se convierte en un vector de poder. No se trata solo de informar, sino de marcar emocionalmente al receptor, de fijar una posición moral inmediata y casi irreversible.
La cuestión es que este tipo de comunicación no admite zonas grises: el meme exige adhesión total o rechazo absoluto. No hay espacio para la duda, la ambigüedad o la complejidad. En ese sentido, la Guerra Mundial Meme no es solo una guerra de imágenes, sino una guerra contra el pensamiento lento. Todo debe ser inmediato, reconocible y alineado con la tribu propia.
La estetización constante del conflicto —no solo bélico, sino también social— tiene consecuencias profundas. Cuando la guerra se presenta como contenido, integrada sin fricción en el scroll infinito junto a anuncios, vídeos de entretenimiento y bromas privada, se produce una desensibilización progresiva. El horror se vuelve cotidiano. La violencia, familiar. El conflicto, un elemento más del paisaje digital. Cuando la guerra se consume como imagen ingeniosa, pierde en gran medida su dimensión trágica.
Por eso estas nuevas guerras o conflictos resultan tan inquietantes. Porque no se libran solo en fronteras físicas, ni siquiera en los canales habituales —y eso en esta época es sinónimo de nuevo— sino más allá, no requieren alistamiento, solo participación emocional, y además convierten a millones de usuarios en soldados, voluntarios o involuntarios, de conflictos que se deciden, en gran medida, en el terreno vago de la percepción.
La Guerra Mundial Meme no enfrenta únicamente a países o ideologías, sino a formas de entender la realidad. Frente a la complejidad, el ingenio rápido. Frente al análisis, la adhesión emocional. Frente al silencio reflexivo, la imagen inmediata. Y mientras tanto, en algún lugar del mundo, alguien desliza el dedo por la pantalla, sonríe ante un meme brillante y sigue adelante, sin saber muy bien en qué bando acaba de alistarse.
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