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Héroes sin zapatillas

Héroes sin zapatillas
Artículo Completo 1,019 palabras
El ruido que hacen los expertos en enfadarnos, para que desconfiemosunos de otros y nos sintamos mal, nos hace olvidar a ratos que vivimosen una sociedad buena y decente, que es obra de todos

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ILUSTRACIÓN: Adrià Voltà

Diego Íñiguez

Magistrado y consejero del Tribunal de Cuentas

Domingo, 4 de enero 2026, 00:01

... nos hace olvidar a ratos que vivimos en una sociedad buena y decente, que es obra de todos: de la mayoría, que hace lo suyo lo mejor que puede; y de algunos que son auténticos héroes, sin medallas, de la vida diaria: 'Héroes en zapatillas', como se titulaba un libro del siglo pasado. O descalzos, como los del caso que quería contarles.

Los para-karatekas no combaten, ni en los torneos, ni en los entrenamientos. Compiten con katas, esas secuencias de movimientos que podrían ser los de un enfrentamiento con un rival. Quien piense que el karate es agresivo ha visto poco del arte marcial o demasiadas series americanas: el karateka nunca ataca el primero, sabe que la mejor defensa es evitar el conflicto, que su arte marcial se practica con consideración y cortesía. Varios padres cuentan cómo ha ayudado a sus hijos a controlar una agresividad incipiente que su entrenador les quitara por un tiempo el cinturón.

El de Pozuelo es el club de karate español con más personas con discapacidad. En Venecia han conseguido medallas Cristina, Andrés, María y Olivia. Andrés ganó también la copa de España en Logroño, donde los karatekas del Pozuelo se llevaron todas las medallas de kata dúo inclusivo (que practican parejas formadas por un deportista con discapacidad y otro sin ella, que entrenan juntos durante meses) con síndrome de Down. Olivia ganó el torneo de Pontevedra atreviéndose con el kata complicadísimo con el que Sandra Sánchez consiguió la medalla de oro en la olimpiada de Tokio. Hay que ver el desparpajo de Andrea -que forma parte del equipo nacional- cuando la entrevistan.

Los padres y madres del Pozuelo llenan media grada, pero sus hijos viajan con sus entrenadores y hacen vida autónoma. Compiten entre ellos sin rivalidad, son muy simpáticos, tienen un fuerte sentido de equipo. Eligieron ellos su nombre: los Albóndigas. Uno de los padres hace dúo con su hijo en el torneo, varios han empezado a aprender karate para acompañar a los suyos. La mayoría de sus entrenadores son jóvenes, de muchos saberes: una es enfermera, otra terapeuta ocupacional. El que estudia Arquitectura construirá polideportivos aplicando su saber enciclopédico sobre el karate. El que pronto será ingeniero entrena a los seniors (alguno muy senior) con paciencia de buda y un método que les hace progresar sin lesiones. Hay una graduada en Matemáticas que se ha vuelto a examinar de la EBAU y ha empezado Medicina, porque quiere ser más útil a sus semejantes. El que va a ser musicólogo muestra en su guardia un aire de guitarrista.

También los hay veteranos: el director técnico practica cada semana 82 de los casi cien katas del estilo Shito Ryu. Y el director de la escuela... Porque detrás de un grupo así siempre hay un cerebro: el que, cuando llegó al club una chica con síndrome de Down que quería hacer karate, se dijo «¿por qué no?». Con sensibilidad para apreciar la capacidad de cada uno, inteligencia para embarcarles en retos que les habrían parecido inalcanzables y el método para ayudarles a conseguirlos, el director es un verdadero sensei, el maestro de una escuela que logra la inclusión real de los deportistas con discapacidad y, por cierto, un éxito extraordinario del equipo femenino.

Hay algunas ayudas. De patrocinadores: la fundación de un banco, una empresa que contrata a personas en situación vulnerable, otra de materiales de ingeniería, una imprenta, una bodega, una eléctrica que da un premio... De las federaciones autonómicas y nacional, cuando seleccionan con justicia y entienden que su misión es servir a los deportistas que las integran y las sostienen. De los árbitros, que tienen que juzgar sin dejarse llevar por la empatía que despiertan los deportistas con discapacidad.

Ayudan, sobre todo, las madres y los padres, que educan y animan, viajan un fin de semana a Logroño y otro a Pontevedra, esperan a la puerta del dojo haga calor o frío y quizá descansan durante el campus de julio… En el torneo de Logroño, a Adrián, un para-karateka mexicano fortísimo, lo entrena su padre, porque en su país no hay ninguna ayuda para que viaje su maestro. Los mexicanos traen su propia bandera, como los italianos y los portugueses, que celebran sus medallas envueltos en las suyas. Estos padres y madres traen a la memoria el Manifiesto de Jesús Munárriz: «para que no dé miedo tener hijos»... La familia de uno de los campeones tiene ocho, cuatro de ellos adoptados y dos de éstos con discapacidad.

Son todos héroes sin zapatillas: los deportistas, buenos compañeros, constantes y cariñosos; sus madres y sus padres, incansables; sus entrenadores, de entusiasmo contagioso; el sensei de Pozuelo, que recuerda a ese profesor que todos tuvimos en el colegio -don José Manuel, don Alfonso- o ese viejo maestro de la universidad, cuya confianza, empeño y optimismo sacan lo mejor de sus alumnos. Un grupo así es una empresa humana grande y humilde, que hace mejor la vida de unas docenas de familias, de unos cientos de conciudadanos. Y ayuda a recordar que somos una sociedad mucho mejor que…

Ustedes ya me entienden. Feliz año nuevo.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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