«Nunca hemos conversado tanto como hoy en día y, sin embargo, nunca hemos estado tan lejos emocionalmente», alertan los psicólogos
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Regala esta noticia Añádenos en Google 05/06/2026 Actualizado a las 00:23h.Aquel viejo placer de charlar con los amigos durante horas lo aprendimos de niños. Sentados en los bancos de la plaza, aferrados a todo lo ... que teníamos que contarnos, con urgencia máxima, aunque lleváramos juntos toda la tarde. Y de jóvenes, cuando caíamos rendidos ante la liturgia de las sobremesas en cuadrilla. Una rutina que acabaría siendo uno de los lujos de la tercera edad. En grupo, en pareja, en los cafés o con un vino, con la emoción de sentir que arreglamos el mundo. ¿Qué pasa hoy en día? ¿Se ha ido perdiendo? ¿No disfrutamos tan a menudo de una buena conversación? ¿Conectamos menos?
De hecho, los expertos sitúan con exactitud el instante en el que todo salta por los aires. «Es un momento muy concreto: cuando sentimos que nuestra identidad, nuestro ego o nuestra herida emocional están en juego. Ahí ya no intentamos comprender al otro sino protegernos. La conversación se contamina. Mientras uno habla, el otro ya está preparando la defensa, la contraargumentación. No dialogamos, solo reaccionamos». Entramos en un efecto túnel. «En esas discusiones no hay dos personas intentando entenderse, sino luchando para no sentirse equivocadas».
Esa manera de actuar es lo que Fernando Botella, autor del libro 'Crearte', llama «conversar deficientemente» porque «estamos escuchando más lo que dice nuestra cabeza que al otro». Esa manera conduce a «conversaciones más reactivas que productivas», de esas que dejan un sinsabor de escasos avances y callejón sin salida. «No damos tiempo siquiera para que llegue a nuestro cerebro lo que cuenta el otro, respondemos en piloto automático. Casi todos estos conflictos surgen no por lo que se dijo sino por que el otro creyó escuchar». Es un disparatado intercambio de heridas previas en el que poco tiene que ver lo reciente.
Padilla también recalca que «interpretamos antes de comprender. Escuchamos una frase y automáticamente la filtramos por nuestras heridas, experiencias o miedos. No escuchamos lo que el otro quiso decir, escuchamos lo que nuestro mundo emocional interpreta». Por ejemplo, el clásico 'necesito mi espacio' que el otro lee como 'ya no me quieres como antes'.
La atención
En los debates y en esta sociedad cada vez más polarizada se observa otro fenómeno: «La gente ya no conversa para acercarse, conversa para posicionarse». Ese cuñadismo de convertir la cena con los primos en un Debate de la Nación con razones para votar o no a Pedro Sánchez. Ese campo de juego es un terreno prolífico para zarandear la identidad del otro y también una fuente inagotable de conflictos absurdos.
Y un último obstáculo para acercarnos: la atención en un mundo sobrecargado de estímulos. Hay una estampa que nos retrata y puede verse en cualquier parque o cafetería: una persona que responde a su interlocutor sin levantar la vista del móvil. «Queremos que pongan la atención en nosotros mientras nosotros la ponemos es 200 cosas», lamenta Padilla. «La buena comunicación no es del que más habla sino del que mejor escucha», zanja.
Con este panorama general, Padilla aboga por la tan de moda «comunicación no violenta, que –'spoiler'– «no va de hablar como en los manuales de autoayuda sino que se basa en observar sin juzgar, expresar lo que sentimos sin atacar y escuchar sin preparar la defensa». Suena fácil, pero qué va. Llevamos siglos adiestrados para lo contrario. La psicóloga advierte que «hay personas que no soportan no tener razón porque sienten que equivocarse las hace pequeñas. Y otras que directamente no saben escuchar porque crecieron en entornos donde escuchar era perder».
«Quizá el problema actual no es que la gente hable poco. Es que lo hacemos desde el miedo, desde el ego o desde la herida, pero muy pocas veces desde la verdadera intención de encontrarnos. Y es ahí donde surge la verdadera conexión», explica la psicóloga. No nos faltan cafés, nos sobran distracciones. No faltan palabras sino que toca llenarlas de contenido. «Si seguimos hablando desde las heridas o para defendernos, seguiremos teniendo conversaciones vacías de comprensión».
Hiperconectados en un mundo lleno de ruido
«Cuando nos mandamos audios, whatsapps, videollamadas... muchas veces no estamos comunicándonos. Estamos hiperconectados pero emocionalmente dispersos. Es todo muy rápido. No da tiempo a entender lo que el otro quiere decir», explica Fernando Botella. Esa agilidad, herencia de un tiempo donde todo es inmediato o no sirve, conlleva que «tenemos conversaciones muy rápidas pero menos profundas y sin presencia». Parece que hay que recuperar el ritmo de esos cafés de antaño donde era más fácil escuchar al otro. «Vivimos a una velocidad de vértigo. El mundo está lleno de ruido pero tenemos pocas conversaciones de valor», lamenta Botella.
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