La nariz sangrante en el rostro aturdido de una profesora jubilada ha sido el catalizador del fracaso social y político en la Comunidad Valenciana. Un policía antidistubios que despejaba una protesta de una carretera abierta al tráfico la empujó sin contemplaciones, la docente perdió pie y cayó de bruces contra el asfalto.
Las actuaciones de los antidisturbios contra manifestantes pacíficos son y serán escandalosas. Tanto si son proporcionadas, como suelen, como si no. El Gobierno ha expedientado al agente y deberá determinar si hubo un exceso en el uso de la fuerza. Puede que así fuera, pero la acusación distorsionada de «brutalidad policial» tiene más que ver, por contraste, con la condición de la lesionada. Una maestra, no el soldador de un astillero con mil barricadas en el palmarés ni un minero de cara ennegrecida y el tirachinas cargado de tuercas. Sólo, y ni más ni menos, que una maestra de escuela.
Quien nos educa golpeada por quien nos protege, una funcionaria de la Administración autonómica herida por un compañero de la Administración central. Es la foto de un Estado gripado, el fresco de un país que experimenta un cambio social acelerado con un Gobierno que no gobierna, un Parlamento que no aprueba leyes y todas las instituciones atrincheradas en la greña electoral. Nada más fértil para la desconfianza ciudadana y la antipolítica.
No es casual que el paisaje sea de nuevo Valencia, la misma que tras la Dana emergió como símbolo de la inoperancia política. El comportamiento de Carlos Mazón ha tapado que la Generalitat y la CHJ trabajaron de espaldas y que el cálculo político disparó hasta lo insoportable la sensación de abandono de los damnificados. Felipe VI ganó aquel match ball para todos.
La Comunidad Valenciana acumula cada uno de los desequilibrios pasados, presentes y futuros. Amén de una cultura política e institucional manifiestamente mejorable, es la autonomía más infrafinanciada ad aeternum y la más diversa en la acogida de residentes de todas las nacionalidades con episodios mínimos de conflictividad, lo que sólo habla bien de la conciencia social de sus nativos. Pero semejante cóctel está estrechando los cuellos de botella en la vivienda y en los servicios públicos hasta convertirse en un laboratorio a cielo abierto de las disfunciones de todo el Estado. Y de las que nadie parece tomar nota.
Los maestros valencianos llevan cuatro semanas de huelga en las que los alumnos se tuestan al sol. La escasa merma en el seguimiento de las movilizaciones, pese al desgaste emocional y el perjuicio económico, es una métrica precisa de la frustración del colectivo. Los esfuerzos de la Generalitat por acotar la negociación al aspecto salarial evidencian una incomprensión notable del problema y las acusaciones veladas sobre la intencionalidad política de la protesta, una miopía que anticipa un desastre.
Ni los maestros con sueldos congelados y aulas saturadas son rojos ni los médicos que protestan contra el Ministerio son fachas. No hay Presupuestos ni reformas ni consensos para adaptar a la comunidad política a su nueva piel. Iba a decir que se está perdiendo el tren. Pero ese tema mejor no mentarlo. Por respeto a los caídos en Adamuz.