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Harvard tiene un problema

Harvard tiene un problema
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Hay una contradicción decisiva: la universidad conserva estructuras de un modelo histórico desaparecido y la sociedad opera con dinámicas empresariales y mercantiles distintas

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Harvard tiene un problema

Hay una contradicción decisiva: la universidad conserva estructuras de un modelo histórico desaparecido y la sociedad opera con dinámicas empresariales y mercantiles distintas

Regala esta noticia Añádenos en Google Estudiantes en el campus de la universidad de Harvard, en Cambridge, Massachusetts. (Faith Ninivaggi (Reuters))

Jesús G. Maestro

Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada

14/06/2026 a las 00:06h.

Los años posteriores a la pandemia han consolidado un cambio decisivo en la enseñanza universitaria. La expansión de la educación en remoto ha alterado de ... manera irreversible el protagonismo histórico de la clase presencial. La docencia telemática no solo ha demostrado que puede transmitir contenidos, sino algo mucho más potente: ha puesto de manifiesto que la presencia física ya no es indispensable para acceder al conocimiento.

No estamos únicamente ante una transformación tecnológica, sino ante una mutación profunda de las expectativas educativas y de la propia relación entre profesores y estudiantes.

Conviene recordar, además, que la supuesta 'humanidad del aula»' ya estaba seriamente erosionada mucho antes de la pandemia. Durante décadas, innumerables experiencias universitarias estuvieron dominadas por la masificación, el anonimato y la distancia efectiva entre profesorado y alumnado.

La interacción directa no constituía necesariamente un espacio de reconocimiento intelectual recíproco, sino con frecuencia un ámbito de comunicación desigual, en el que el estudiante aparecía reducido a mera cifra estadística dentro de grupos masificados. La nostalgia idealizada de la universidad presencial rara vez coincide con la realidad histórica efectiva de las aulas.

El informe interno que recientemente ha trascendido sobre la Universidad de Harvard pone de manifiesto una tendencia todavía más profunda: la sustitución del estudio por la administración estratégica del rendimiento académico. El estudiante del siglo XXI ya no concibe prioritariamente la universidad como lugar de aprendizaje, sino como mecanismo de optimización curricular. Los alumnos avispados diseñan mejor su CV que los empollones.

Este informe sobre los problemas de Harvard señala además una paradoja muy significativa: estudiantes incapaces de intervenir en el aula participan con intensidad desmedida en espacios digitales y redes sociales. Esto demuestra que el problema no consiste en la ausencia de opinión, sino en la naturaleza del espacio donde esa opinión se expresa.

El aula exige responsabilidad argumentativa, exposición racional y capacidad de sostener públicamente las propias ideas. Las plataformas digitales, por el contrario, favorecen formas anónimas de expresión impulsiva, fragmentarias y desestructuradas. La oposición entre ambos espacios revela la tensión entre dos modelos de comunicación incompatibles: uno basado en la argumentación pública y razonada del pensamiento y otro fundado en la inmediatez emocional y la inconsistencia verbal.

Síntoma visible de esta crisis es el descenso de la asistencia a clase. Si hoy no hay alumnos, mañana ya no habrá matrículas

A ello se añade otro fenómeno especialmente grave: la percepción de vigilancia ideológica en determinados entornos universitarios. Más importante incluso que esa vigilancia es su efecto inmediato: la autocensura. Cuando el estudiante percibe que determinadas opiniones pueden acarrear sanciones simbólicas o represalias académicas, el aula deja de funcionar como espacio de ensayo intelectual y se convierte en un territorio de prudencia y silencio.

La consecuencia es devastadora para cualquier institución universitaria seria: desaparece una de las condiciones esenciales del aprendizaje, esto es, la posibilidad de equivocarse. Allí donde el error deja de ser admisible, el pensamiento crítico se debilita inevitablemente y la participación intelectual termina por extinguirse. No se puede ejercer el pensamiento crítico en una institución que te amenaza ideológicamente.

Más allá del caso concreto de Harvard, todo este fenómeno debe interpretarse como parte de una transformación académica de dimensiones históricas y geográficas muy amplias y profundas. La expansión de la enseñanza digital, la pérdida del monopolio universitario del conocimiento y la subordinación creciente de la formación académica a las exigencias inmediatas del mercado laboral han modificado radicalmente la función tradicional de la universidad occidental.

Nuestras actuales facultades y escuelas ya no ocupan el lugar central que desempeñaron durante siglos como instituciones mediadoras del saber. Su función se desplaza progresivamente hacia tareas de certificación en una sociedad donde el conocimiento circula de manera descentralizada, continua y fragmentaria.

Y aquí estalla la contradicción decisiva: mientras la universidad conserva estructuras concebidas para un modelo histórico ya desaparecido, la sociedad contemporánea opera bajo dinámicas empresariales y mercantiles completamente distintas.

El síntoma más visible de esta crisis es el descenso constante de la asistencia presencial. Pero el aula vacía no constituye la causa del problema, sino una de sus consecuencias.

La cuestión clave ya no consiste en averiguar si la universidad podrá recuperar la presencialidad, sino en determinar si la universidad, tal como fue concebida históricamente, puede seguir desempeñando su función en una sociedad donde el conocimiento se dispersa a través de múltiples plataformas y donde la formación intelectual aparece fragmentada en circuitos cada vez más inestables.

El caso de Harvard funciona como un indicador, incluso tardío, de una tendencia generalizada e imparable. No estamos ante una excepción, sino ante la manifestación visible de un proceso histórico que no se puede detener: la reconfiguración completa del sistema universitario occidental en el siglo XXI y la incertidumbre creciente acerca de su papel futuro en las sociedades contemporáneas.

El aula vacía es la señal de la 'matrícula cero'. Si hoy no tienes alumnos en clase, mañana no tendrás a nadie matriculado en tu asignatura.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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