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Vecinos de la calle Pizarra, en Cártama, limpian el barro acumulado en la vía tras la crecida del Guadalhorce. Ñito Salas «Hay que darle una solución. No podemos estar histéricos cada vez que caen dos gotas»Vecinos de la calle Pizarra, una de las zonas más afectadas por la crecida del Guadalhorce en Cártama, reclaman actuaciones urgentes tras sufrir inundaciones recurrentes en sus viviendas
Cártama
Lunes, 5 de enero 2026, 15:50
... sobre todo, el impacto en quienes lo han vivido desde dentro. La crecida del Guadalhorce dejó imágenes de evacuaciones, calles anegadas y vecinos desalojados, pero también historias personales que cada vez son menos anómalas y se empiezan a convertir en el día a día de muchos de estos vecinos. En la calle Pizarra, una de las zonas más castigadas por el temporal, el agua entró en bajos y viviendas, obligó a abandonar casas y cambió la rutina de muchas familias en cuestión de horas.Relata que el momento más crítico llegó cuando el agua comenzó a salir por los registros. «Eso es un aliviador, pero ya estaba metiendo el agua del río para adentro», explica. El nivel llegó a superar un escalón y dejó claro que no se trataba solo de lluvia. «Este barro no es agua de lluvia, es agua del río», insiste, subrayando que incluso cuando dejó de llover, el agua seguía entrando desde el cauce.
Antonio asegura que el problema no es nuevo. Lleva viviendo en la zona desde mediados de los años noventa y afirma que llevan años advirtiendo de la situación. «Llevamos diciéndoselo a los alcaldes desde hace mucho tiempo. El desvío del río lo tienen que cambiar», reclama. Según explica, la tubería y el sistema de saneamiento acaban devolviendo el agua a las casas cuando el río crece, una situación que, asegura, volvió a quedar patente durante la última noche.
- Antonio Fuentes, vecino de La Estación
«Este barro no es agua de lluvia, es agua del río»
A pesar del cansancio y el desgaste acumulado, no queda otra que seguir. «Hay que darle una solución. No podemos estar histéricos cada vez que caen dos gotas», resume. Mientras tanto, los vecinos continúan protegiendo sus viviendas con tablas y soluciones improvisadas, a la espera de que una actuación definitiva evite que cada episodio de lluvias vuelva a convertir la calle Pizarra en un escenario de miedo e incertidumbre.
- Mercedes Casado y Paco Ruiz
«No queríamos ir al polideportivo, preferíamos estar aquí atentos a la casa»
Mercedes Casado y Paco Ruiz llevan más de tres décadas viviendo en Cártama y reconocen que la última noche fue especialmente dura. El recuerdo de lo ocurrido días antes pesó durante toda la madrugada. «Con mucha angustia», explica Mercedes. «La semana pasada se nos negó la casa entera y esta vez no sabíamos hasta dónde podía llegar el agua», añade.
La diferencia, cuenta, fue que en esta ocasión la crecida fue más lenta. «Eso nos dio tiempo a tapear las puertas y a prepararnos un poco mejor. La otra vez fue tan deprisa que no nos dio tiempo a nada», recuerda. Gracias a esas medidas, el agua no llegó a entrar en el interior de la vivienda, aunque sí se coló en el patio durante la noche.
Desde primeras horas, la pareja decidió organizarse para intentar contener la situación. «Quitamos todas las cosas que estaban en las partes bajas y las subimos arriba», explica Mercedes. Durante horas, ambos permanecieron pendientes de cada filtración. «Hasta las dos y media de la mañana estuvimos achicando agua. Yo secando con las fregonas y Paco sacando los cubos al patio», relata.
La noche fue larga y marcada por la tensión. «Fue una noche regular, porque ya sabíamos lo que nos había pasado la semana anterior», señala. El miedo a que el agua volviera a entrar en la casa estaba muy presente. «La otra vez se llenó todo: los enseres, la lavadora, el frigorífico… todo», recuerda Mercedes, todavía con la sensación de fragilidad que deja una inundación reciente.
A pesar de que las autoridades habilitaron espacios para posibles desalojos, Mercedes y Paco optaron por quedarse en casa. «No queríamos ir al polideportivo, preferíamos estar aquí atentos a la casa», explican. Una decisión marcada por la experiencia previa y por la necesidad de proteger lo poco que quedaba seco tras la primera riada.
Ahora, con el agua retirada, la preocupación sigue ahí. No solo por los daños ya sufridos, sino por la incertidumbre de lo que pueda volver a ocurrir. «Ya no sabes qué hacer ni cómo prepararte», reconoce Mercedes. Como muchos vecinos de la calle Pizarra, viven pendientes del cielo y del río, esperando que esta vez la calma dure algo más.
- Victoria Castro
«Llevo 33 años viviendo aquí y este año se me ha inundado la casa dos veces»
Victoria Castro vive desde hace más de tres décadas en la calle Pizarra y reconoce que lo vivido en las últimas horas ha sido, sobre todo, una experiencia marcada por el miedo. «Muy mal, con mucho miedo», resume al recordar cómo el agua volvió a subir sin descanso. Explica que el problema no estuvo solo en la lluvia, sino en el sistema de drenaje. «Las arquetas no tragaban, al contrario, echaban el agua para fuera. Abrimos y el agua estaba justo al filo de la calle», relata, señalando cómo el nivel llegó a situarse peligrosamente cerca de las viviendas.
La situación fue especialmente angustiosa porque no era la primera vez. Apenas una semana antes, el agua ya había entrado en su casa. «Se me anegó entera, y la de todos los vecinos. Esta calle entera», afirma. En esta ocasión, el nivel volvió a quedarse al límite de la puerta. «Estaba al filo. Tú piensas: que no me vuelva a entrar otra vez», explica. A eso se suma ahora la humedad constante en la vivienda. «No se quita el frío, hay muchísima humedad», añade.
Victoria insiste en que lo ocurrido no es normal. «Llevo 33 años viviendo aquí y jamás me había entrado agua en mi casa. Jamás», recalca. Sin embargo, en el último año la situación ha cambiado radicalmente. «En este año, hasta dos veces», afirma con rotundidad. A su alrededor, otros vecinos lo han sufrido aún más. «Hay casas a las que esto les ha pasado ya cinco veces», señala, visiblemente indignada.
Para esta vecina de la calle Pizarra, el problema requiere una solución urgente. «Algo mal hay, porque no es normal que pase esto», sostiene. Pide actuaciones antes de que ocurra algo más grave. «Esto hay que arreglarlo ya. Porque es horrible. Hasta que no pase una desgracia…», dice, dejando la frase en el aire mientras mira su calle todavía marcada por el paso del agua.
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