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Hemos convertido los probióticos en la pastilla milagrosa del siglo XXI. La ciencia tiene algo que decir al respecto

Hemos convertido los probióticos en la pastilla milagrosa del siglo XXI. La ciencia tiene algo que decir al respecto
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Están en las farmacias, junto a las vitaminas C y los complejos multivitamínicos. Están en los lineales de los supermercados ecológicos, entre los adaptógenos y los shots de cúrcuma. Ocupan los reels de TikTok con el mismo entusiasmo con el que antes los poblaban los jugos detox. Los probióticos —suplementos con microorganismos vivos que supuestamente refuerzan la flora intestinal— se han convertido en el amuleto de salud del siglo XXI. La promesa es simple y seductora: toma estas bacterias "buenas" en cápsula y tu intestino, tu cerebro, tu sistema inmunitario y tu piel funcionarán mejor. El negocio acompaña a la promesa. Según distintas estimaciones del sector, el mercado global de probióticos fue valorado en alrededor de 114.000 millones de dólares en 2025 y se proyecta que siga creciendo a un ritmo sostenido durante la próxima década. Sin embargo, hay un problema que la ciencia lleva años contemplando: tomados de forma masiva e indiscriminada, los suplementos probióticos no solo no mejoran el microbioma en la mayoría de personas sanas. En algunos casos, pueden bloquearlo activamente. Un órgano olvidado que regula casi todo. El intestino humano alberga billones de microorganismos —bacterias, hongos, virus— que forman un ecosistema tan complejo y personal como una huella dactilar. Según explica el gastroenterólogo Chris Damman, de la Universidad de Washington, que lleva 20 años estudiando el microbioma, este ecosistema actúa como "la puerta de entrada a la salud global del cuerpo".  Las dietas con más fibra, fruta y verduras son las que generan la mayor variedad y riqueza bacteriana en el intestino, y las bacterias sanas producen ácidos grasos de cadena corta que sostienen la salud del revestimiento intestinal, según los documentos clínicos del Whole Health de la Veterans Administration de EEUU. En Xataka Cada vez sabemos más sobre la microbiota humana. Y aún es poco lo que sabemos de los beneficios de los probióticos La microbiota no es solo digestión. Una revisión publicada en la revista Nutrients por investigadores de la Universidad de Cassino, en Italia, detalla cómo la microbiota intestinal modula vías neuroquímicas que implican serotonina, dopamina, GABA y glutamato, así como los ejes inmune y endocrino. El desequilibrio microbiano —lo que los científicos llaman disbiosis— contribuye a inflamación sistémica de bajo grado, deterioro de la neuroplasticidad y respuestas alteradas al estrés, factores todos ellos vinculados a trastornos del estado de ánimo y al deterioro cognitivo.  No obstante, el dato más llamativo es que aproximadamente el 95% de la serotonina del cuerpo se sintetiza en el intestino, no en el cerebro. Que el intestino esté bien o mal no es una cuestión menor. Cuidar la microbiota es clave para la salud, pero para hacer buen uso de los probióticos conviene entender primero su mecanismo real. Y ahí es donde la cosa se complica. Años de advertencia. El problema con los probióticos no es que no funcionen nunca. Es que los hemos convertido en un recurso de uso general, algo que se toma de forma preventiva y continua, sin diagnóstico, sin indicación médica y sin entender qué está pasando realmente en el intestino de cada persona. Un producto con beneficios reales y muy específicos al que las redes sociales han convertido en solución universal. Dammam lo explica con claridad: los suplementos probióticos que se compran sin receta no están suficientemente regulados. No sabes realmente qué estás tomando. Los productos varían enormemente en precisión de etiquetado, presencia de adulterantes y legitimidad de sus afirmaciones, según los documentos del Programa VA. Prescribir probióticos es difícil incluso para los médicos: hay miles de productos en el mercado, cada uno reclamando superioridad sobre el otro. Muchos tienen "recetas especiales", cepas patentadas o combinaciones de múltiples organismos que el VA describe irónicamente como "un enfoque de escopeta microbiológica". El problema, en definitiva, no es solo la falta de regulación. Es que partimos de una premisa equivocada. La ciencia detrás. La doctora De la Puerta, experta en microbiota, lo resume con una frase que no deja mucho margen a la interpretación: "Si quieres una microbiota sana, probablemente no necesites vivir tomando probióticos". Lo dijo en el pódcast del doctor José Abellán en uno de los análisis más compartidos de las últimas semanas sobre salud intestinal. Su argumento central no es que los probióticos sean inútiles —de hecho, ella misma reconoce que los usa y los prescribe con frecuencia— sino que se están convirtiendo en un hábito permanente cuando están diseñados para ser una herramienta puntual. "Hay que tomarlos para sacarte de un sitio", explica. Y pone su propio caso como ejemplo: "Tengo la microbiota medio bien, pero tengo mucho estrés. Entonces yo a temporadas tomo probióticos". La clave está en esas dos palabras: a temporadas. Investigaciones más profundas. La ciencia más reciente respalda exactamente esta matización. Una revisión publicada en Trends in Microbiology concluye que la composición del microbioma varía enormemente según la geografía, la edad y el estilo de vida, lo que cuestiona directamente la eficacia de los tratamientos probióticos universales y exige que el diseño de cualquier probiótico eficaz tenga en cuenta la diversidad microbiana y la adaptación específica al contexto de cada huésped. El congreso Probiota 2025, celebrado en Copenhague, confirmó esta misma idea: las variaciones geográficas y demográficas revelan perfiles del microbioma tan distintos entre poblaciones sanas que resulta imposible definir un estándar universal de "microbioma saludable". Hay otro problema igual de grave, que la doctora De la Puerta señala con precisión: no todos los probióticos son iguales, aunque los vendamos como si lo fueran. "Tómate un probiótico, estabilizador, inmunomodulador, neuroactivo, alta carga, baja carga, monocepa, multicepa…", enumera. Algunos tienen más relación con el sistema inmune, otros con la salud digestiva, otros con el estado de ánimo. Las intervenciones con mayor éxito son las informadas por un perfil microbiano previo al tratamiento, que permite predecir la eficacia terapéutica. "Por eso no tiene demasiado sentido comprarlos al azar simplemente porque alguien los haya recomendado en redes sociales", detalla la experta. El jardín ya sembrado. Existe un error conceptual que late en el fondo de todo este debate. Tomamos los probióticos como si el intestino fuera un terreno vacío esperando ser repoblado. Pero en la gran mayoría de adultos sanos, el ecosistema intestinal ya está establecido y tiene sus propias defensas. Según el Programa VA, continuar tomándolos una vez formado un ecosistema intestinal saludable sería como sembrar un jardín ya sembrado. El problema real, en la mayoría de casos, no es la falta de bacterias. Es que estamos hambreando a las que ya tenemos. Lo que el procesado industrial de alimentos ha eliminado de la dieta puede estar privando de nutrientes a la microbiota, explica Damman: la gente se centra en los nutrientes que necesita su cuerpo al comer, pero no tanto en los que necesita la comunidad bacteriana que lleva dentro. Y el dato es difícil de ignorar: solo el 5% de los estadounidenses consume las cantidades diarias recomendadas de fibra, con una ingesta media de apenas 16,2 gramos frente a los 21-38 recomendados. En lugar de alimentar el ecosistema que ya tienen, compran cápsulas para uno que no existe. Lo que sí funciona: el plato antes que la cápsula. La doctora De la Puerta es directa: "De poco sirve gastar dinero en probióticos si la alimentación es pobre en frutas, verduras y legumbres, si dormimos mal o si vivimos permanentemente estresados". La microbiota "depende de la calidad de la alimentación, del consumo de fibra, del descanso, del estrés, del ejercicio físico y de muchos otros factores que forman parte del día a día". Tienes que sentarte y ver cómo comes y cómo vives, insiste. No hay más. El estudio de Stanford publicado en Cell comparó durante diez semanas a dos grupos de adultos sanos: una dieta rica en fibra y otra en alimentos fermentados. El grupo fermentado registró un aumento significativo de la diversidad del microbioma, una caída en los niveles de 19 proteínas inflamatorias en sangre y menor activación en cuatro tipos de células inmunitarias. El grupo de alta fibra, en cambio, no aumentó la diversidad microbiana, y los participantes con diversidad basal más baja mostraron incluso marcadores inflamatorios elevados. Damman llama a los alimentos fermentados "el probiótico de la naturaleza": las bacterias vienen empaquetadas con los alimentos que les gustan y con las moléculas bioactivas que producen. No todos los fermentados funcionan igual. Mientras que un yogur convencional suele contener entre 2 y 5 cepas bacterianas con efectos transitorios en el intestino, el kéfir es un consorcio simbiótico que alberga entre 30 y 50 cepas de bacterias y levaduras. Su diversidad microbiológica le permite sobrevivir a los ácidos estomacales e instalarse de forma persistente: las bacterias no están de paso, sino que transforman la flora bacteriana. Su nivel de lactosa residual es también significativamente más bajo, lo que explica que incluso personas con intolerancia a la lactosa lo digieran mejor. En Xataka Llevamos años creyendo que el yogur era el mejor probiótico. La ciencia está coronando ahora al kéfir La panacea no está en el bote. La historia de los probióticos es la historia de cómo el marketing consiguió correr más rápido que la ciencia. No es que sean un fraude, es que hemos simplificado en exceso un sistema extraordinariamente complejo, lo hemos envasado y lo hemos puesto a la venta con promesas que la evidencia no puede sostener de forma general. Las estrategias más holísticas y sostenibles son las que preservan el ecosistema intestinal desde dentro, no las que intentan reemplazarlo con suplementos diseñados en sistemas de mercado.  El foco debe estar en mejorar el ecosistema en su conjunto, para que el individuo no dependa de bacterias en formato de pastilla. La doctora De la Puerta lo dice en los mismos términos, pero con la franqueza de quien lo ve cada semana en consulta: una microbiota sana no se logra únicamente con suplementos. "Se construye cada día con hábitos que alimenten a las bacterias beneficiosas que ya viven en nuestro intestino", concluye. Imagen |  Xataka | Cenar a las 22:00 no solo es un problema para el sueño. También altera algo fundamental en tu cuerpo: la microbiota - La noticia Hemos convertido los probióticos en la pastilla milagrosa del siglo XXI. La ciencia tiene algo que decir al respecto fue publicada originalmente en Xataka por Alba Otero .
Hemos convertido los probióticos en la pastilla milagrosa del siglo XXI. La ciencia tiene algo que decir al respecto

El mercado de estas bacterias "buenas" mueve miles de millones y arrasa en TikTok, pero los expertos son claros: tomarlos de forma masiva e indiscriminada no solo es inútil, sino que puede bloquear activamente nuestra microbiota

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Alba Otero

Editora - Energía

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Están en las farmacias, junto a las vitaminas C y los complejos multivitamínicos. Están en los lineales de los supermercados ecológicos, entre los adaptógenos y los shots de cúrcuma. Ocupan los reels de TikTok con el mismo entusiasmo con el que antes los poblaban los jugos detox. Los probióticos —suplementos con microorganismos vivos que supuestamente refuerzan la flora intestinal— se han convertido en el amuleto de salud del siglo XXI. La promesa es simple y seductora: toma estas bacterias "buenas" en cápsula y tu intestino, tu cerebro, tu sistema inmunitario y tu piel funcionarán mejor.

El negocio acompaña a la promesa. Según distintas estimaciones del sector, el mercado global de probióticos fue valorado en alrededor de 114.000 millones de dólares en 2025 y se proyecta que siga creciendo a un ritmo sostenido durante la próxima década. Sin embargo, hay un problema que la ciencia lleva años contemplando: tomados de forma masiva e indiscriminada, los suplementos probióticos no solo no mejoran el microbioma en la mayoría de personas sanas. En algunos casos, pueden bloquearlo activamente.

Un órgano olvidado que regula casi todo. El intestino humano alberga billones de microorganismos —bacterias, hongos, virus— que forman un ecosistema tan complejo y personal como una huella dactilar. Según explica el gastroenterólogo Chris Damman, de la Universidad de Washington, que lleva 20 años estudiando el microbioma, este ecosistema actúa como "la puerta de entrada a la salud global del cuerpo". 

Las dietas con más fibra, fruta y verduras son las que generan la mayor variedad y riqueza bacteriana en el intestino, y las bacterias sanas producen ácidos grasos de cadena corta que sostienen la salud del revestimiento intestinal, según los documentos clínicos del Whole Health de la Veterans Administration de EEUU.

En XatakaCada vez sabemos más sobre la microbiota humana. Y aún es poco lo que sabemos de los beneficios de los probióticos

La microbiota no es solo digestión. Una revisión publicada en la revista Nutrients por investigadores de la Universidad de Cassino, en Italia, detalla cómo la microbiota intestinal modula vías neuroquímicas que implican serotonina, dopamina, GABA y glutamato, así como los ejes inmune y endocrino. El desequilibrio microbiano —lo que los científicos llaman disbiosis— contribuye a inflamación sistémica de bajo grado, deterioro de la neuroplasticidad y respuestas alteradas al estrés, factores todos ellos vinculados a trastornos del estado de ánimo y al deterioro cognitivo. 

No obstante, el dato más llamativo es que aproximadamente el 95% de la serotonina del cuerpo se sintetiza en el intestino, no en el cerebro. Que el intestino esté bien o mal no es una cuestión menor. Cuidar la microbiota es clave para la salud, pero para hacer buen uso de los probióticos conviene entender primero su mecanismo real. Y ahí es donde la cosa se complica.

Años de advertencia. El problema con los probióticos no es que no funcionen nunca. Es que los hemos convertido en un recurso de uso general, algo que se toma de forma preventiva y continua, sin diagnóstico, sin indicación médica y sin entender qué está pasando realmente en el intestino de cada persona. Un producto con beneficios reales y muy específicos al que las redes sociales han convertido en solución universal.

Dammam lo explica con claridad: los suplementos probióticos que se compran sin receta no están suficientemente regulados. No sabes realmente qué estás tomando. Los productos varían enormemente en precisión de etiquetado, presencia de adulterantes y legitimidad de sus afirmaciones, según los documentos del Programa VA. Prescribir probióticos es difícil incluso para los médicos: hay miles de productos en el mercado, cada uno reclamando superioridad sobre el otro. Muchos tienen "recetas especiales", cepas patentadas o combinaciones de múltiples organismos que el VA describe irónicamente como "un enfoque de escopeta microbiológica". El problema, en definitiva, no es solo la falta de regulación. Es que partimos de una premisa equivocada.

La ciencia detrás. La doctora De la Puerta, experta en microbiota, lo resume con una frase que no deja mucho margen a la interpretación: "Si quieres una microbiota sana, probablemente no necesites vivir tomando probióticos". Lo dijo en el pódcast del doctor José Abellán en uno de los análisis más compartidos de las últimas semanas sobre salud intestinal.

Su argumento central no es que los probióticos sean inútiles —de hecho, ella misma reconoce que los usa y los prescribe con frecuencia— sino que se están convirtiendo en un hábito permanente cuando están diseñados para ser una herramienta puntual. "Hay que tomarlos para sacarte de un sitio", explica. Y pone su propio caso como ejemplo: "Tengo la microbiota medio bien, pero tengo mucho estrés. Entonces yo a temporadas tomo probióticos". La clave está en esas dos palabras: a temporadas.

Investigaciones más profundas. La ciencia más reciente respalda exactamente esta matización. Una revisión publicada en Trends in Microbiology concluye que la composición del microbioma varía enormemente según la geografía, la edad y el estilo de vida, lo que cuestiona directamente la eficacia de los tratamientos probióticos universales y exige que el diseño de cualquier probiótico eficaz tenga en cuenta la diversidad microbiana y la adaptación específica al contexto de cada huésped. El congreso Probiota 2025, celebrado en Copenhague, confirmó esta misma idea: las variaciones geográficas y demográficas revelan perfiles del microbioma tan distintos entre poblaciones sanas que resulta imposible definir un estándar universal de "microbioma saludable".

Hay otro problema igual de grave, que la doctora De la Puerta señala con precisión: no todos los probióticos son iguales, aunque los vendamos como si lo fueran. "Tómate un probiótico, estabilizador, inmunomodulador, neuroactivo, alta carga, baja carga, monocepa, multicepa…", enumera. Algunos tienen más relación con el sistema inmune, otros con la salud digestiva, otros con el estado de ánimo. Las intervenciones con mayor éxito son las informadas por un perfil microbiano previo al tratamiento, que permite predecir la eficacia terapéutica. "Por eso no tiene demasiado sentido comprarlos al azar simplemente porque alguien los haya recomendado en redes sociales", detalla la experta.

El jardín ya sembrado. Existe un error conceptual que late en el fondo de todo este debate. Tomamos los probióticos como si el intestino fuera un terreno vacío esperando ser repoblado. Pero en la gran mayoría de adultos sanos, el ecosistema intestinal ya está establecido y tiene sus propias defensas. Según el Programa VA, continuar tomándolos una vez formado un ecosistema intestinal saludable sería como sembrar un jardín ya sembrado.

El problema real, en la mayoría de casos, no es la falta de bacterias. Es que estamos hambreando a las que ya tenemos. Lo que el procesado industrial de alimentos ha eliminado de la dieta puede estar privando de nutrientes a la microbiota, explica Damman: la gente se centra en los nutrientes que necesita su cuerpo al comer, pero no tanto en los que necesita la comunidad bacteriana que lleva dentro. Y el dato es difícil de ignorar: solo el 5% de los estadounidenses consume las cantidades diarias recomendadas de fibra, con una ingesta media de apenas 16,2 gramos frente a los 21-38 recomendados. En lugar de alimentar el ecosistema que ya tienen, compran cápsulas para uno que no existe.

Lo que sí funciona: el plato antes que la cápsula. La doctora De la Puerta es directa: "De poco sirve gastar dinero en probióticos si la alimentación es pobre en frutas, verduras y legumbres, si dormimos mal o si vivimos permanentemente estresados". La microbiota "depende de la calidad de la alimentación, del consumo de fibra, del descanso, del estrés, del ejercicio físico y de muchos otros factores que forman parte del día a día". Tienes que sentarte y ver cómo comes y cómo vives, insiste. No hay más.

El estudio de Stanford publicado en Cell comparó durante diez semanas a dos grupos de adultos sanos: una dieta rica en fibra y otra en alimentos fermentados. El grupo fermentado registró un aumento significativo de la diversidad del microbioma, una caída en los niveles de 19 proteínas inflamatorias en sangre y menor activación en cuatro tipos de células inmunitarias. El grupo de alta fibra, en cambio, no aumentó la diversidad microbiana, y los participantes con diversidad basal más baja mostraron incluso marcadores inflamatorios elevados. Damman llama a los alimentos fermentados "el probiótico de la naturaleza": las bacterias vienen empaquetadas con los alimentos que les gustan y con las moléculas bioactivas que producen.

No todos los fermentados funcionan igual. Mientras que un yogur convencional suele contener entre 2 y 5 cepas bacterianas con efectos transitorios en el intestino, el kéfir es un consorcio simbiótico que alberga entre 30 y 50 cepas de bacterias y levaduras. Su diversidad microbiológica le permite sobrevivir a los ácidos estomacales e instalarse de forma persistente: las bacterias no están de paso, sino que transforman la flora bacteriana. Su nivel de lactosa residual es también significativamente más bajo, lo que explica que incluso personas con intolerancia a la lactosa lo digieran mejor.

En XatakaLlevamos años creyendo que el yogur era el mejor probiótico. La ciencia está coronando ahora al kéfir

La panacea no está en el bote. La historia de los probióticos es la historia de cómo el marketing consiguió correr más rápido que la ciencia. No es que sean un fraude, es que hemos simplificado en exceso un sistema extraordinariamente complejo, lo hemos envasado y lo hemos puesto a la venta con promesas que la evidencia no puede sostener de forma general. Las estrategias más holísticas y sostenibles son las que preservan el ecosistema intestinal desde dentro, no las que intentan reemplazarlo con suplementos diseñados en sistemas de mercado. 

El foco debe estar en mejorar el ecosistema en su conjunto, para que el individuo no dependa de bacterias en formato de pastilla. La doctora De la Puerta lo dice en los mismos términos, pero con la franqueza de quien lo ve cada semana en consulta: una microbiota sana no se logra únicamente con suplementos. "Se construye cada día con hábitos que alimenten a las bacterias beneficiosas que ya viven en nuestro intestino", concluye.

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Xataka | Cenar a las 22:00 no solo es un problema para el sueño. También altera algo fundamental en tu cuerpo: la microbiota

Fuente original: Leer en Xataka
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