El 30 de junio de 1813, desde la prisión puertorriqueña donde estaba esperando su traslado a España, Francisco de Miranda le escribió una carta al presidente de las Cortes de Cádiz. «Yo me considero uno de los españoles libres que sinceramente desean el triunfo ... y prosperidad de la verdadera libertad en ambos mundos», decía. Su misiva celebraba la promulgación de la Constitución liberal de Cádiz, el fabuloso intento de fundar una nación donde cupieran los españoles peninsulares y americanos y donde pudieran vivir como ciudadanos libres e iguales. Miranda había luchado con más empecinamiento que nadie por la libertad de América, pero su animadversión no era exactamente hacia España, sino hacia el «antiguo opresivo sistema», ni tampoco hacia la institución monárquica, sino hacia el absolutismo.
La Constitución de Cádiz lo entusiasmaba porque era la prueba de que el mundo hispánico, después de pasar por el duro tránsito de la revolución, tenía una oportunidad de seguir unido. Americanos y peninsulares se habían desplazado a los nuevos tiempos modernos casi sin darse cuenta. Lejos de querer cortarle la cabeza al rey, quisieron preservarla para que en ella siguiera resplandeciendo la corona. Recorrían el camino inverso pero llegaban al período histórico donde ya se habían instalado los franceses. El vasallo se convertía en ciudadano, el poder del pueblo empezaba a ejercerse mediante la representación política, y la soberanía ya no recaía en el rey sino en la nación.
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Se había abierto una vía para la unidad del mundo hispánico en los nuevos tiempos. El problema era que en ambos continentes abundaban las resistencias. Bolívar impugnó toda forma de gobierno y toda Constitución, incluidas la venezolana de 1811 y la de Cádiz de 1812, que tuviera principios liberales y federalistas, y Fernando VII volvió de su cautiverio para restaurar el absolutismo en 1814. Como dijo el neogranadino José Manuel Restrepo en 1827, si una Constitución «era liberal y apropiada para la España europea, no podía convenir a las Américas». Y como dijeron los peninsulares conservadores en su 'Manifiesto de los persas': «Quisiéramos grabar en el corazón de todos, como lo está en el nuestro, el convencimiento de que la democracia se funda en la inestabilidad e inconstancia».
El último intento de amalgamar el mundo hispánico no logró sobreponerse a las ambiciones y desafectos
El proyecto de una nación bicontinental de ciudadanos libres e iguales llegaba tarde, cuando los americanos estaban empecinados en la independencia, y demasiado pronto, antes de que la mentalidad de la aristocracia peninsular se hiciera moderna. El último intento de amalgamar el mundo hispánico no logró sobreponerse a las ambiciones y desafectos. La nación que se esbozó en Cádiz, al igual que la Gran Colombia, el Primer Imperio Mexicano o la República Federal de Centroamérica, se deshizo al entrar en contacto con la realidad. Desde entonces la hispanidad ha sido una nostalgia, una rémora del pasado, un anacronismo o un anhelo ardiente, cualquier cosa menos un proyecto adaptado a los tiempos que corren, capaz de forjar uniones o al menos complicidades.
Nuestra desunión actual contrasta con lo sólidamente unido que estaba el mundo hispano. No sólo por la lengua y la religión o por el vasallaje y la tradición pactista de la monarquía. Era mucho más que eso. Compartíamos una misma mentalidad y unos mismos criterios jurídicos y morales con los cuales entender el mundo. Cuando Fernando VII es retenido en Bayona por Napoleón en 1808, la reacción instintiva en Zaragoza y Valencia es la misma que en Caracas y en Quito. Para los americanos y peninsulares era obvio que debían defender la religión y al rey del usurpador francés, y reasumir la soberanía que habían depositado en la corona. La Escuela de Salamanca y el pensamiento neoescolástico llegaron a las capitales del reino, y en todas partes se veía el mundo a través del mismo marco conceptual y se compartían valores y compromisos. Un destino común acercaba las dos orillas del Atlántico.
Pero pensar igual y reaccionar de la misma forma fue fatal para el futuro de la comunidad hispánica. Esa es la paradoja: la idea de que en ausencia del rey la soberanía volvía al pueblo resultó ser una bomba disolvente, una idea con enorme poder corrosivo que minaba de forma transversal cualquier fuente de autoridad. En América, cada provincia se hizo soberana, vaciando a los centros tradicionales de poder -bien fuera la metrópoli peninsular o las capitales virreinales- de dominio sobre los territorios. Sin rey, cada municipio se convertía en un ente soberano con la potestad de elegir si restablecía una relación de vasallaje con la Junta de Sevilla o con la Regencia española.
Un territorio inmenso, que había estado unido durante trescientos años, empezaba a fragmentarse. Sin centros de poder, el intento de reestablecer la autoridad de las capitales se tradujo en guerras civiles. Algunas provincias siguieron fieles a la Regencia española, otras aprovecharon para buscar la independencia, y en medio de las disputas entre realistas y patriotas los tres siglos de convivencia entre americanos y peninsulares mutaron en tres siglos de esclavitud e ignominia. El quiebre de las fuentes tradicionales de autoridad inspiraba memoriales de agravios y despertaba patriotismos criollos, y poco a poco arrastraba a la confrontación.
La historia acabó como sabemos, con una grieta del tamaño del Atlántico, no sólo geográfica sino identitaria, que animó a los americanos a definir sus nacionalidades en oposición a España (en los himnos nacionales resuenan las cadenas y los yugos, en la pintura histórica el español es el verdugo, en los relatos nacionales abundan nostalgias prehispánicas), y a los españoles a enclaustrarse en su duelo y melancolía.
Sólo hasta la segunda mitad del siglo XIX, un poeta colombiano, José María Torres Caicedo, invocó la unidad de americanos y españoles y su pertenencia a algo más grande y glorioso, una civilización cuya memoria debería revitalizar el deslucido espíritu de los hispanos. «Hubo un tiempo en que la raza latina, y entre las naciones de ese origen, la española -escribió en 1860- fatigó a la fama con sus hechos, y produjo los más grandes actos que dan gloria y lustre a la historia moderna: expulsa al otomano, protege al Imperio germánico, los lusitanos trastornan el suelo de los perfumes, y los castellanos penetran en la tierra de los jóvenes hijos del sol».
En aquellos años, la América hispana, avasallada por el desarrollo técnico y material de los yanquis, soñaba con parecerse a Estados Unidos. Su literato más influyente, Domingo Faustino Sarmiento, que además fue presidente de Argentina, lo dijo claramente: «Alcancemos a Estados Unidos, como el mar es al océano. Seamos Estados Unidos». Tuvo que empezar la guerra hispano-estadounidense de 1898 para que la anglomanía se extinguiera y el toque de atención de Torres Caicedo hiciera efecto en los poetas de América y de España. Volvió entonces la nostalgia de la «sangre de hispania fecunda», de los «espíritus fraternos», de «las luminosas almas», como diría Rubén Darío, y los vínculos culturales del mundo hispano se estrecharon.
Entre 1871 y 1955 se fundaron Academias de la Lengua en toda la América hispanohablante, la primera en Colombia, la última en Puerto Rico, y se rescataron elementos culturales compartidos. Para seguir con Darío, se renovaron «las viejas prosapias», se quiso unir «en espíritu, ansias y lengua» a dos continentes que llevaban un buen tiempo dándose la espalda. Los Institutos de Cultura Hispánica que fundó Franco trataron de forjar una comunidad espiritual, pero sólo los sectores más conservadores de América Latina se sintieron interpelados. A lo largo del siglo XX, los americanos estuvieron ensimismados con sus revoluciones, dictaduras y populismos, formas distintas de la misma patología nacionalista, y los españoles, tras el fin del franquismo, miraron a Europa en busca de en un club con mejores cubiertos y atmósferas más prósperas y democráticas. Unos se quedaban en el subsuelo y el subdesarrollo mientras los otros ascendían a la primera planta, y la distancia entre América y España volvía a hacerse inmensa.
Tuvo que producirse una crisis económica que destruyera proyectos de vida y esperanzas de bienestar para que los españoles volvieran a hacer lo que habían hecho siempre: emigrar a América. Asfixiados por los diversos cataclismos de sus países, los venezolanos, cubanos, argentinos, colombianos y peruanos estaban condenados a hacer lo mismo, aunque siguiendo el camino inverso. Hubo un reencuentro y hasta expectación, pero al final se impuso el discurso de los tiempos, el recelo a los inmigrantes, y quienes hasta hace sólo dos años eran hermanos, se convertían en invasores ajenos a Occidente que amenazaban la identidad española.
La crisis permanente que persigue a Europa con el auge del populismo, los nacionalismos, las olas migratorias, el bajo crecimiento, la guerra en Ucrania, el euroescepticismo y el giro del multilateralismo al mundo multipolar, ha revivido el interés por restituir la unidad hispánica. En el nuevo escenario geopolítico, varios intelectuales vislumbraron la posibilidad de crear un polo hispano que hiciera las veces de dique civilizatorio al mundo sajón e incluso a Europa. Bebiendo de fuentes rusas, en especial de Alexandr Duguin, fantasearon con un mundo compuesto de civilizaciones, no de naciones, en donde habría varios polos, uno de los cuales sería el hispano. Su obsesión fue combatir la Leyenda Negra antiespañola que se inscribió con fuerza en algunos relatos nacionales -el mexicano, por ejemplo- y devolver la inocencia perdida a España. En libros que eran variantes nacionalistas de la autoayuda, se revisó la historia para demostrar que España lo había hecho todo bien en América, que no había nada por lo que pedir perdón, que su labor había sido emancipadora y civilizatoria.
Este panhispanismo ideológico acusaba a los sajones de ser los mayores promotores de la Leyenda Negra y de toda ideología -el wokismo, el indigenismo, el plurinacionalismo- que dividía y debilitaba al mundo hispano, e intentaba cohesionarlo en torno al odio a su enemigo. En su visión voluntarista, bastaba con que se desmintieran los mitos antiespañoles, que los hispanos recordáramos que fuimos parte de un mismo mundo, que resucitáramos la nación católica y una visión teleológica, premoderna, de la vida; que forjáramos un cordón sanitario, incluso una actitud belicosa contra la contaminación sajona -su influencia disgregadora, su individualismo y su modernidad capitalista- para que súbitamente nos redescubriéramos un buen día como hermanos. Con buen criterio, el lunes pasado, el Rey Felipe VI desvirtuó estas interpretaciones, recordando lo que historiadores más serios han dicho ya: que el afán de protección de la Corona fue desmentido por la violenta realidad de la conquista, y que todos los abusos cometidos hay que estudiarlos en su contexto, sin ánimos de trasladarlos a las discusiones morales del presente.
Para explicar las causas de nuestra fragmentación y la resultante incomunicación entre América y España, las visiones reduccionistas o políticamente interesadas de la historia se contentan con buscar un enemigo externo y no tienen en cuenta cómo fue el tránsito del mundo hispánico a la modernidad. Es ahí donde hay que buscar las claves de nuestra desunión. Lo que nos unió nos dividió, como ya dije: fue la mentalidad hispánica, el equipamiento filosófico y jurídico que teníamos, lo que produjo la desintegración del reino. América se astilló como una placa de hielo y para forjar las naciones que surgirían de la revolución moderna, los americanos tendrían que pasar por un arduo proceso, lleno de sangre y de negociaciones, que con mutilaciones y deformaciones reinstauró el viejo semblante de los virreinatos y de las capitanías generales.
Costó mucho. Los americanos padecieron el enfrentamiento civil entre federalistas y centralistas, entre realistas y patriotas, y también con las tropas enviadas desde España. Y fue tan largo y tan arduo, ocupó tantos esfuerzos y ardores, que las naciones que vieron la luz en el siglo XIX llevaban en la pupila el deslumbramiento por las gestas heroicas de los nuevos padres de las patrias y la silueta repudiada de los enemigos españoles.
Las nacionalidades latinoamericanas fueron una ficción ejemplarmente lograda, más sólidas que la española, un triunfo de la imaginación y de la demagogia, de la instrumentalización de los hechos y de la paulatina invención de rituales nacionales. No se reza porque se crea, se reza para creer. Por eso en América se cantaron himnos, se izaron banderas, se pintaron escenas históricas, se escribieron panegíricos históricos, se imprimieron textos escolares, no para celebrar una nación preexistente sino para inventarla, para que la ficción se materializara en la mente y en el corazón, sobre todo ahí, de las poblaciones. Tan efectivo fue este proceso que, a día de hoy, un ecuatoriano está convencido de ser algo distinto de un colombiano, y un colombiano cree que es algo distinto de un venezolano o de un peruano.
El gran triunfo político del continente, casi el único, fue la independencia y esta construcción de relatos nacionales, y esto, que finalmente nos catapultó prematura- mente al mundo moderno, un mundo de naciones, no de imperios ni de civilizaciones, impuso fronteras infranqueables entre los americanos. La soberanía nacional y el principio de no intervención se convirtieron en máximas, y el nacionalismo dificultó la creación de instituciones supranacionales. A eso se sumó la inestabilidad política y la falta de consenso en el modelo de gobierno. Aunque todos los Estados americanos adoptaron una estructura liberal, rara vez tuvieron gobiernos demoliberales.
Aún así, a pesar de tantas dificultades, a pesar de que el precio que pagó el mundo hispánico por entrar a la modernidad fue su disolución, la idea de reunir a América con España no es descabellada. Pero para hacerlo hay que tener en cuenta la realidad nacional, el celo soberanista y la desconfianza que promueven los nacionalismos. También debe entenderse que no basta con una religión, una lengua y una cultura común, ni que basta con desmentir la Leyenda Negra o publicar libros que edulcoran la historia de la conquista. La unión se logra en la acción, emprendiendo empresas conjuntas que, como la Constitución de Cádiz, congreguen a españoles y americanos en torno a proyectos que nos beneficien a todos. Empresas informativas, científicas, museísticas, lexicográficas; iniciativas académicas, políticas, económicas, turísticas; entender que unos llegan a Madrid desde Toledo y otros desde Bogotá y que es lo mismo… Nada nos imanta espontáneamente hacia un mismo centro como en el pasado. Hay que inventar los motivos de la unión. Sólo los intereses compartidos y la acción para lograrlos pueden propiciar encuentros. Lo demás es pensar con el deseo o pretender que no ha pasado el tiempo, que no hubo una revolución moderna y que aún estamos a tiempo de volver a tiempos pretéritos donde bastaban la religión y el vasallaje para sentirnos parte de lo mismo. No se trata de eso. Simplemente, no hemos imaginado un proyecto en el que podamos volver a trabajar y convivir juntos.
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