Pequeñas infamias
Historia de un chaleco Regala esta noticia Añádenos en GoogleCarmen Posadas
28/08/2026 a las 13:37h.Más corto que las mangas de un chaleco suele decirse de alguien un poco memo; esta prenda es mucho más que una chaqueta sin mangas. ... Es un mensaje, una proclama, un pliego de intenciones. Miren si no.
En el siglo XVIII se consolida como prenda indispensable y siquiera decae con los huracanes iconoclastas de la Revolución Francesa. Los sans-culottes podían denostar a los decadentes calzones de seda de la nobleza e incluso cortarle la cabeza a sus portadores, pero el chaleco era demasiado cómodo como para renunciar a él. Además, podía lucirse con los colores estrella de la época. Los a rayas rojo, blanco y azul, por ejemplo, se consideraban muy «allons enfants d'la patrie».
Cuánta tranquilidad da un político con
su chaleco. Me quedo reconfortadísima cada vez que los veo en la teleEn el siglo XIX y principios del XX, el chaleco es ya una prenda universal. La usaban desde los obreros de las fábricas hasta los potentados que fumaban puros, pasando por los oficinistas (en este caso, en compañía de ligas y manguitos) y hasta las sufragistas, que, prescindiendo del antipatiquísimo corsé, lo adoptaron para dar un aire más masculino a su vestimenta.
Más adelante, hacia los años 50, el chaleco casi desaparece. Solo lo usan los hombres en atuendos formales y los camareros, sobre todo los de bistrots franceses. Pero llegaron los años 60 y 70 con su make love not war y el chaleco sale de nuevo del armario, convertido ahora en versión pelliza afgana bordada y con pelo. Esa época es especialmente fértil en chalecos y conviven varias versiones; los hay también brocados, al estilo Luis XIV, o si no en cuero, como los que usaban los cowboys del Lejano Oeste, a veces con flecos al estilo apache o sioux.
Desde los años 80 a principios del siglo XXI, el chaleco se confecciona en plástico, sobre todo en prendas gruesas y voluminosas como el chaleco que usa Michael J. Fox en la peli de Spielberg Retorno al futuro. En una de sus escenas, y para demostrar el anacronismo de su vestimenta, alguien le pregunta al recién llegado del futuro: «Oye, tío, ¿dónde vas a todas horas con chaleco salvavidas?».
A partir de entonces el chaleco vivió tiempos eclécticos, estaba por ahí, pero sin dar mucho que hablar, hasta llegar a sus dos reencarnaciones más recientes. El 'fachaleco' y el 'politicochaleco'. El fachaleco ya lo conocen: es esa prenda de plástico, pero finita que, según los autodonominados 'progresistas', es uniforme de fachas, aunque los usa todo el mundo porque no abulta y abriga un montón. Y luego está el politicochaleco. Ay, el politicochaleco.
Cada vez que se produce una desgracia, ya sea un dana, un fuego, una erupción volcánica o un tsunami, políticos de todos los partidos se enfundan en el chaleco correspondiente para acudir a solucionar la emergencia. O a fotografiarse en ella, que es lo que un político entiende que es solucionarla. Así, con cara de circunstancia –a veces con casco protector, otras con botas de goma o, según las circunstancias, con sombrero de explorador e incluso con su nombre bordado sobre el bolsillo superior para que no haya dudas–, se inmortalizan. «Qué gran tragedia, mi pensamiento vuela hacia los afectados, estamos haciendo todo lo posible e imposible, vamos a nombrar de inmediato un comité de expertos que estudie la situación…».
Cuánta tranquilidad da un político con su chaleco. Para que luego digan que el hábito no hace al monje. Yo me quedo reconfortadísima cada vez que los veo en la tele. Casi tanto como cuando empiezan a echarse la culpa unos a otros, el PSOE al PP, el PP al PSOE el PSOE a los de fachaleco, los del fachaleco a los zurdos y, así, hasta la náusea. Total, ya ven ustedes. Cada época se describe por su chaleco.
Desde los lejanos tiempos de Luis XIV hasta los de los políticos actuales, se puede trazar la historia de Occidente a través de tan escueta prenda. Y ¿cuál será el chaleco que nos espera? Tal como está el mundo, estoy tentada de decir el chaleco de fuerza. Pero no me hagan mucho caso. Son solo ocurrencias mías. Hay cincuenta grados a la sombra y se piensa fatal con este calor.
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