El sonido que acompaña a la hegemonía masculina en los espacios queer no es inofensivo: neutraliza el pensamiento crítico, excluye disidencias y se enmarca en la gentrificación imperante de nuestras vidas
Añádenos en Google Arca, en el festival de música electrónica Sónar. (EFE) 18/07/2026 a las 10:00h.«Los hombres gais que escuchan esto durante ocho horas y dicen que ha sido la mejor noche de sus vidas siempre me dejarán perplejo» se lee en un reel de Instagram, subido por @jamlikejelli, de 8 segundos de duración, y donde éste simula a esas personas que aguantan interminables jornadas de macro fiestas conducidas por un tipo de música muy fácil de identificar. Si pensamos en etiquetas, podríamos decir: tribal techno, progressive house, circuit music, hypnotic techno y otra serie de mierdas. Algo así como house noventero timbalero, pesudotropical, 'á la' Pachá Ibiza. Una estética sonora repetitiva y anfetaminizada, asociada al clubbing gay masculino contemporáneo y a sus cuestionables fundamentos. Si hay un artefacto infravalorado que define la crítica cultural del siglo XXI es un reel de 8 segundos que con una afilada broma nos deja dos pensamientos residuales, a resolver: qué está ocurriendo con la música y el capitalismo cultural, y cuándo vamos a confrontar la transformación patriarcal de los espacios queer. Pero también cómo estas dos cuestiones se entreveran en una imagen narradora del proceso de estandarización y colectivización de las vidas LGTBIQA+.
Cuando Mark Fisher habla de hauntología en 'Los fantasmas de mi vida' (Caja Negra, 2018), un concepto originalmente planteado por Jacques Derrida, se refiere a cómo la cultura pierde capacidad de sorpresa histórica. No desaparece la novedad superficial, pero sí la sensación de que el arte puede abrir futuros distintos. Esta noción que transmite la 'mass media' de que todo está ya inventado, y que lo que vivimos es una constante repetición de 'trends' estancados en ciclos temporales. Este planteamiento se enmarca perfectamente dentro de la tensión entre la historia comunitaria de los espacios queer y su transformación hacia modelos más comercializados, masculinizados, sexualizados y centrados específicamente en hombres gays cis con alto poder adquisitivo. Una extrapolación patriarcal que se 'marquetiza' en formato de eventos experienciales, cuando verdaderamente son performativos. El tipo de fiestas donde suena ese engendro 'speedico' que es la banda sonora de celebraciones cada vez más masivas y colonizadas por gran parte de la G del colectivo. Construidos sobre la gordofobia y la plumofobia, y excluyente con otras identidades, están mercantilizados a través de jerarquías agresivas para controlar el ritmo de la fiesta. Circuit, Xlsior, o la conocida 'White Party' de Palm Springs, un 'naming' tremendamente fuerte si lo pensamos dos veces. Todo esto nace a partir de finales de los noventa y especialmente durante los 2000, cuando cierta electrónica progresivamente más funcional y homogénea empezó a contaminar el centro de los espacios queer globalizados.
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