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Identidades veraniegas

Identidades veraniegas
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De cocinero a nadador, el verano es un laboratorio de distintas personalidades

La última del verano

Identidades veraniegas

De cocinero a nadador, el verano es un laboratorio de distintas personalidades

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Regala esta noticia Añádenos en Google Un joven se lanza al agua en una piscina de Vitoria. (Igor Martín)

Rosa Palo

27/07/2026 Actualizado a las 00:02h.

Conozco a un tipo que solo hace paellas en verano. Contable de una imprenta en invierno, maestro arrocero en agosto. Durante once meses no sabría ... decir en qué cajón de la cocina se guarda el azafrán, pero llegan los calores y empieza a impartir doctrina con la seguridad de Susi Díaz. Que si el secreto está en el caldo. Que si hay que poner ñora en el sofrito. Que si el arroz tiene que ser de tal variedad y no de tal otra. Que si la evaporación del agua cambia según la altitud. Mientras él pontifica, su santa resopla. Sabe que, cuando acabe el 'show cooking' y sus amigos comiencen a alabar la paella, le tocará recoger una cocina convertida en un campo de batalla. Porque, pudiendo usar un cuchillo, él utiliza cuatro; pudiendo sacar un bol, saca seis. Ya lo decía mi abuela: «No es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia».

El verano está lleno de esas identidades provisionales. Hay quien descubre al andariego que lleva dentro y hay quien se despierta convertido en Burt Lancaster en 'El nadador'. La película, basada en el relato amargo de John Cheever, cuenta la historia de un hombre que cruza una zona residencial de Connecticut enlazando piscina tras piscina hasta llegar a su casa. No entendí ni la mitad cuando la vi de cría, pero sí recuerdo que me dejó un regusto acre en la boca.

Durante el resto del año, muchos no pueden sacar a flote a su nadador interno porque no tienen tiempo de acercarse a una piscina. Ni de vivir. A principios de verano, una colega me dijo que se cogía una semana de vacaciones. «¿Te vas a tu tierra unos días?», le pregunté, ilusa. «¡Qué dices! Voy a hacer el cambio de armario y a organizar mi casa, que la tengo hecha un desastre», me dijo. Y ahí está el drama. Invertir las vacaciones en guardar los abrigos y emular a Marie Kondo es la consecuencia de no tener margen para hacer cosas pequeñas, pero necesarias: demorarse en el desayuno, charlar con la frutera, aburrirse un poco, jugar con los críos o esperar a que te toque el turno en la oficina de Correos sin que te den palpitaciones cada vez que te llega una notificación al móvil. Lo dijo el antropólogo Juan Luis Arsuaga: «La vida no puede ser trabajar toda la semana e ir el sábado al supermercado. Eso no puede ser. Esa vida no es humana». Y cuesta llevarle la contraria.

En invierno, los tertulianos son los únicos que tienen el superpoder de ser otros, según el tema del día. Pueden mutar en sociólogos, economistas, politólogos, ingenieros o meteorólogos sin despeinarse. Los demás, en cambio, tenemos que esperar la llegada del verano. Quizá por eso nos gusta tanto. No porque nos convirtamos en maestros arroceros, en nadadores peliculeros o en corredores olímpicos, sino porque durante unas semanas tenemos permiso para interpretar otra versión de nosotros mismos. Una menos acelerada y, probablemente, más satisfactoria. Yo, por mi parte, lo tengo claro. La única identidad que pretendo adoptar en agosto es la de Carolina de Mónaco. Cualquier otra cosa me parece un esfuerzo innecesario.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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