La última de verano
Indulgencia plenariaLos que no reconocen ni culpas ni errores se absuelven a sí mismos
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Regala esta noticia Añádenos en Google Peregrinos del Camino de Santiago a su paso por Logroño. (R. C.) 25/07/2026 Actualizado a las 00:03h.Hice el Camino de Santiago en el verano de 2023. En contra de mi voluntad, claro. Como ya conté entonces en este periódico, aquello fue ... fruto de la pinza heteropatriarcal que me hicieron mi santo y mi señorito. Y no soy la única víctima peregrina: mi amiga Ana también lo es. Pero del amor. Del que le tiene a su marido, que le propuso hacer el Camino juntos a principios de julio. Yo también quiero mucho al mío, que conste, pero en mi caso había un componente profesional que inclinó la balanza. En cambio, ella, que no se baja del tacón ni para ir a la playa, que da tres pasos y ya necesita hacer un alto para tomarse un blanco París, dijo que sí sin obligación laboral mediante. Se compró unas zapatillas de deporte y allá que se fue: a caminar bajo las bóvedas de los árboles, a dejarse llevar por el movimiento hipnótico de los pies y a compartir calores, sudores y kilómetros con su legítimo.
Yo no he heredado ninguna dispensa papal ni tengo indulgencia plenaria. Bien que me vendrían, porque errar, yerro. De los siete pecados capitales, tengo un poco de cada uno. Un tutifruti. Confieso que la envidia me corroe hasta las trancas cuando leo a según qué columnistas, mientras que a otros los ojeo con soberbio desdén. Que no dejo que metan la cuchara en mi postre porque soy tan avariciosa como glotona. Que, de tanto en cuanto, me pongo hecha una hidra y empiezo a soltar sapos y culebras por esta boca. Que me entra un no sé qué, un qué sé yo, cuando veo a Michael Fassbender, y que me da una pereza absoluta hacer cualquier actividad que no se pueda realizar desde un sofá. Y así ando, flagelándome o absolviéndome según el día y la hora.
Otros, por el contrario, se saltan directamente la fase de la mortificación y se conceden el indulto con una facilidad pasmosa. Ahí están, tan panchos. Nunca reconocen una culpa ni admiten un error, incluso se declaran inocentes antes de que nadie les acuse. Sin embargo, cuesta creer que, cuando cae la noche y por fin se apaga el ruido, la conciencia, esa voz que no distingue entre la bancada azul y la roja, entre una directiva de televisión y el cajero de un hipermercado, no empiece a cantarles las cuarenta. Aunque igual confunden el remordimiento con un locutor de radio y cambian de emisora. Vaya usted a saber.
A esos sí que les vendría bien peregrinar hasta Santiago. No porque crea en la indulgencia plenaria, ni porque piense que recorrer cientos de kilómetros borra pecados, delitos o faltas, sino porque, a veces, en ese momento minúsculo que va de un paso a otro, uno se concede la palabra para decirse lo que necesita oír aunque no quiera. Pero, conociendo a estos especímenes, lo más probable es que vayan desde Sarria hasta la plaza del Obradoiro hablando por el móvil. Y con el altavoz puesto, para compartir la penitencia. No tienen perdón de Dios.
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