El vasco llega a la edición de 2026 en forma, sin nostalgia impostada y con la certeza de que cierra su carrera en el momento que quería
Ion Izagirre, una victoria de viejo rockero- NACHO LABARGA
- Compartir en Facebook
- Compartir en Twitter
- Compartir en Telegram
- Compartir en Whatsapp
- Compartir por Mail
Ion Izagirre ha escogido ese camino se presenta en la Itzulia con la serenidad de quien ya tomó una decisión irreversible y con la chispa intacta de quien sigue compitiendo de verdad. Su victoria reciente en el Gran Premio Miguel Induráin, la tercera de su carrera, no ha movido un milímetro el plan. Sí ha reforzado una sensación: el cierre llega cuando toca. En su discurso no hay melancolía ni nostalgia forzada. Aparece con la misma mirada que le ha acompañado durante años, contenida fuera de la bici, feroz dentro. Su despedida se parece más a la calma que a la lágrima.
Para Izagirre, la Itzulia nunca fue una carrera más. Ahí está el paisaje de su infancia, el eco de aquellas tardes viendo pasar a los ídolos del Euskaltel por carreteras que luego él mismo recorrería como profesional. Ahí está también esa mezcla entre ciclismo y vida que solo se da en determinados lugares: amigos, familia, conocidos, todos al borde de la carretera, todos dentro del mismo viaje. Correr allí no era solo competir. Era reconocerse. Ese vínculo explica por qué tantas veces rindió un punto más en la prueba vasca. Hay un factor que no entra en los datos y atraviesa toda su relación con la carrera: la familiaridad del terreno, la cercanía de los suyos, la sensación de pertenencia. Izagirre no lo esconde. Sabe que esa energía extra, esa moral que no aparece en ninguna tabla, le empujó más de una vez a estar donde debía.
Su trayectoria, amplia y consistente, se sostiene sobre victorias de peso en las tres grandes vueltas y en escenarios muy distintos, aunque ninguna celebración se parece a las de casa. Ganar lejos tiene valor competitivo. Hacerlo en Euskadi juega en otro registro. Allí, la línea de meta no es solo un punto final. Es un lugar de encuentro. Abrazos inmediatos, miradas conocidas, la cuadrilla apareciendo entre árboles o vallas. Son escenas que no se repiten en Francia o Italia, donde la victoria suele quedarse en el ámbito del equipo. En casa se comparte.
Y entre todas esas imágenes hay una que resume muy bien su historia en la Itzulia: el vuelco a la general en 2019, construido desde el equipo y abrochado en el último día. Aquella victoria reunió todo lo que representa el ciclismo para Izagirre: estrategia colectiva, resistencia, lectura de carrera y emoción. Ganar así, rodeado de los suyos y con su hermano al lado, llevó el triunfo a un lugar más profundo que el resultado.
En su memoria también siguen vivas otras escenas menos épicas y igual de significativas: la remontada tras una caída en Arrate, la incertidumbre de un sprint en Hondarribia decidido por centímetros o aquel primer podio inesperado que le abrió la puerta a creer que podía mirar de frente a los mejores. No hay una sola Itzulia en su recuerdo. Hay muchas, todas unidas por ese hilo emocional que convierte la carrera en algo suyo.
En el año de la despedida cambia el enfoque, no la esencia. No hay obsesión por el resultado ni objetivos numéricos marcando el camino. La prioridad va por otro lado: evitar contratiempos, sentirse competitivo y disfrutar del recorrido. La experiencia le ha enseñado que una caída o un mal día pueden echar abajo meses de trabajo, y en esta última Itzulia lo único imprescindible es poder correrla de verdad. El contexto, además, acompaña.
Llega con buenas sensaciones, con forma y con la confianza que deja volver a levantar los brazos hace solo unos días. El triunfo en Estella, en un terreno que conoce como pocos, confirmó piernas, cabeza y momento. Un recordatorio de que todavía puede estar delante. La decisión, en cualquier caso, sigue intacta. El final está escrito. Izagirre ha elegido cerrar su etapa profesional antes de que el desgaste lo empuje a un territorio que ya no reconozca. Prefiere irse competitivo, con buenas sensaciones y dejando una última imagen coherente con lo que ha sido siempre. En un ciclismo cada vez más exigente, con concentraciones, viajes y presión multiplicándose, el precio es alto. Y él ya ha decidido que no quiere seguir pagándolo.
El tiempo que quiere recuperar
Hay otra razón, más íntima, que pesa incluso más: el tiempo. El que no vuelve, el que se queda por el camino entre hoteles y carreteras, el que no se comparte con los suyos. Sus hijas crecen y él quiere estar ahí. No en segundo plano, no a ratos, de verdad. La bicicleta seguirá formando parte de su vida, solo que desde otro lugar, sin la exigencia del profesionalismo y sin la obligación de estar lejos. Por eso esta Itzulia no funciona como un punto final al uso. Se parece más a una transición, a un cierre que abre otra etapa. Un último paso por esas carreteras que le acompañan desde niño, ahora con la conciencia de que ya no habrá otra igual.
Quizá la melancolía no aparezca antes de empezar. Cuesta pensar que no se presente en algún momento del camino. Basta imaginar la última meta, el último paso por esos puertos, el último contacto con una afición que siempre le arropó. Izagirre nunca ha escondido su lado emotivo y esta vez tampoco hará falta explicarlo demasiado. Su despedida, en la Itzulia, se leerá sobre la marcha. En las pedaladas, en ese estilo suyo sólido y silencioso que tantas veces le llevó a estar donde ocurren las cosas, y en la imagen de un corredor sintiéndose en casa por última vez.
- 08:13Ion Izagirre, un viejo rockero ante su última vez: en 'modo cohete' para despedirse de la Itzulia
- 07:59Eric Fagúndez, un uruguayo en la brecha de Flandes: "Somos el equipo español con más puntos hasta ahora”
- 22:52La justicia belga procesa a Pogacar, Evenepoel y al resto de ciclistas que se saltaron el paso a nivel
- 19:26Tadej Pogacar ya mira a la París-Roubaix: “Esta victoria me da mucha motivación”
- 22:04Larga vida a Tadej Pogacar: exhibición para la historia del Tour de Flandes