Durante años, Irán ha mostrado al mundo vídeos de túneles interminables excavados bajo montañas, con camiones militares circulando entre misiles alineados como si fueran vagones en un metro subterráneo. Se entendía que muchas de estas instalaciones se extienden kilómetros bajo tierra y forman parte de uno de los programas de fortificación militar más ambiciosos de Oriente Próximo. Lo que casi nadie sabía hasta ahora es hasta qué punto ese gigantesco laberinto oculto podía convertirse en una pieza clave del conflicto actual.
Las ciudades, pero de misiles. Sí, durante décadas, Irán ha excavado una extensa red de bases subterráneas conocidas como “ciudades de misiles”, complejos ocultos bajo montañas y colinas destinados a proteger su enorme arsenal balístico frente a ataques aéreos y a garantizar la capacidad de represalia del régimen incluso en caso de guerra abierta.
Existen numerosos vídeos oficiales difundidos en los últimos años donde podíamos ver largos túneles iluminados por luces artificiales, pasillos sin ventanas y convoyes de camiones cargados con misiles listos para desplazarse hasta la superficie, toda una arquitectura militar diseñada para esconder miles de proyectiles de corto y medio alcance lejos de satélites espía y bombarderos enemigos. Algunas instalaciones incluso incorporan silos excavados en la roca o sistemas mecánicos sobre raíles para mover misiles dentro de galerías subterráneas, una coreografía perfectamente ensamblada reflejo de un proyecto estratégico concebido para asegurar la supervivencia del arsenal iraní en un conflicto prolongado.
En Xataka
La guerra en Irán está a punto de comenzar un combate suicida: hay misiles, drones y barcos kamikaze en el punto más temible del planeta
Las imágenes que revelan la paradoja. Sin embargo, la guerra ha empezado a mostrar el reverso inesperado de esa estrategia. Imágenes desde el espacio recientes han revelado restos humeantes de lanzadores y misiles destruidos cerca de las entradas de varios complejos subterráneos, señal de que los sistemas ocultos bajo tierra se vuelven extremadamente vulnerables en el momento en que deben salir al exterior para disparar.
Tiene sentido. Aviones de vigilancia, drones armados y cazas estadounidenses e israelíes patrullan constantemente sobre las zonas donde se encuentran estas instalaciones, observando los accesos a los túneles y atacando los lanzadores en cuanto aparecen en carreteras o cañones cercanos. Dicho de otra forma, lo que durante años fue un sistema diseñado para ocultar armas móviles se transforma así en un patrón relativamente previsible: entradas de túneles, carreteras de salida y zonas de despliegue que pueden ser vigiladas desde el aire y destruidas en cuanto se detecta actividad.
De refugio estratégico a trampa mortal. Recordaban en el Wall Street journal hace unas horas que este cambio ha revelado un problema estructural en el propio concepto de las ciudades de misiles. Los complejos subterráneos son muy difíciles de destruir desde el aire, pero también son instalaciones fijas cuya localización es conocida por los servicios de inteligencia occidentales. En la práctica, esto significa que gran parte del arsenal permanece almacenado en lugares concretos mientras los aviones enemigos sobrevuelan continuamente el espacio aéreo, esperando el momento en que los lanzadores salgan para actuar.
Muchos analistas militares resumen el dilema de forma sencilla: lo que antes era un sistema móvil y difícil de localizar ahora está concentrado en puntos fijos, lo que facilita su vigilancia y reduce su capacidad de sorpresa. Las propias imágenes comerciales de satélite muestran lanzadores destruidos nada más abandonar las bocas de los túneles, incendios provocados por combustible filtrado y accesos a instalaciones bombardeados con municiones pesadas.
Base de misiles al norte de Tabriz en Irán. La imagen de la izquierda pertenece al 23 de febrero, la de la derecha el 1 de marzo tras los primeros ataques
La ofensiva aérea contra la infraestructura subterránea. A las puertas de la primera semana de guerra, la campaña militar ha empezado a centrarse cada vez más en estas infraestructuras. Contaban en Reuters que la primera fase de los ataques se concentró en destruir lanzadores visibles y sistemas en superficie capaces de disparar contra Israel o contra bases estadounidenses en la región, mientras que la segunda etapa apunta directamente a los búnkeres y depósitos enterrados donde se almacenan misiles y equipos.
La aviación israelí, con apoyo estadounidense, ha atacado cientos de posiciones y ha logrado reducir drásticamente el número de lanzamientos, mientras continúa una ofensiva aérea casi constante que golpea objetivos tanto en Irán como en Líbano durante las mismas misiones. El objetivo declarado es degradar progresivamente la capacidad iraní de lanzar misiles balísticos y drones hasta neutralizarla por completo.
Base de misiles al norte de Kermanshah en Irán. La imagen de la izquierda pertenece al 28 de febrero, a la derecha el 3 de marzo
Un arsenal gigantesco bajo tierra. El alcance real de estas instalaciones sigue siendo difícil de determinar. Hay estimaciones militares que sitúan el arsenal iraní antes de la guerra entre unos 2.500 y hasta 6.000 misiles, almacenados en diferentes instalaciones repartidas por todo el país, muchas de ellas excavadas bajo montañas o en zonas remotas del territorio.
A pesar de los ataques, Irán ha conseguido lanzar más de 500 misiles contra Israel, bases estadounidenses y objetivos en el Golfo desde el inicio del conflicto, aunque muchos han sido interceptados y el ritmo de salvas ha disminuido rápidamente. Esa caída sugiere que los ataques contra lanzadores y centros de almacenamiento están empezando a erosionar la capacidad de respuesta del país.
En Xataka
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El dilema estratégico. El resultado es una paradoja estratégica que apenas empieza a hacerse visible. Las ciudades de misiles fueron concebidas para proteger el núcleo del poder militar iraní y asegurar su capacidad de represalia, pero en un escenario donde el enemigo domina el aire y vigila constantemente las entradas de esos complejos, pueden convertirse en puntos de estrangulamiento para el propio arsenal.
Irán ha pasado décadas excavando estas bases subterráneas con la intención de hacer invisibles sus misiles. Pero las imágenes satelitales de la guerra están mostrando algo muy distinto: que ese laberinto de túneles, diseñado como refugio, puede convertirse en una de sus mayores vulnerabilidades cuando los lanzadores se ven obligados a salir a la superficie bajo la mirada constante de aviones, drones y satélites.
Imagen | X, Planet Labs
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La noticia
Irán ha pasado décadas excavando sus “ciudades de misiles”. Imágenes satelitales acaban de revelar que son una trampa mortal
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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Irán ha pasado décadas excavando sus “ciudades de misiles”. Imágenes satelitales acaban de revelar que son una trampa mortal
El resultado es una paradoja estratégica que apenas empieza a hacerse visible
Durante años, Irán ha mostrado al mundo vídeos de túneles interminables excavados bajo montañas, con camiones militares circulando entre misiles alineados como si fueran vagones en un metro subterráneo. Se entendía que muchas de estas instalaciones se extienden kilómetros bajo tierra y forman parte de uno de los programas de fortificación militar más ambiciosos de Oriente Próximo. Lo que casi nadie sabía hasta ahora es hasta qué punto ese gigantesco laberinto oculto podía convertirse en una pieza clave del conflicto actual.
Las ciudades, pero de misiles. Sí, durante décadas, Irán ha excavado una extensa red de bases subterráneas conocidas como “ciudades de misiles”, complejos ocultos bajo montañas y colinas destinados a proteger su enorme arsenal balístico frente a ataques aéreos y a garantizar la capacidad de represalia del régimen incluso en caso de guerra abierta.
Existen numerosos vídeos oficiales difundidos en los últimos años donde podíamos ver largos túneles iluminados por luces artificiales, pasillos sin ventanas y convoyes de camiones cargados con misiles listos para desplazarse hasta la superficie, toda una arquitectura militar diseñada para esconder miles de proyectiles de corto y medio alcance lejos de satélites espía y bombarderos enemigos. Algunas instalaciones incluso incorporan silos excavados en la roca o sistemas mecánicos sobre raíles para mover misiles dentro de galerías subterráneas, una coreografía perfectamente ensamblada reflejo de un proyecto estratégico concebido para asegurar la supervivencia del arsenal iraní en un conflicto prolongado.
Las imágenes que revelan la paradoja. Sin embargo, la guerra ha empezado a mostrar el reverso inesperado de esa estrategia. Imágenes desde el espacio recientes han revelado restos humeantes de lanzadores y misiles destruidos cerca de las entradas de varios complejos subterráneos, señal de que los sistemas ocultos bajo tierra se vuelven extremadamente vulnerables en el momento en que deben salir al exterior para disparar.
Tiene sentido. Aviones de vigilancia, drones armados y cazas estadounidenses e israelíes patrullan constantemente sobre las zonas donde se encuentran estas instalaciones, observando los accesos a los túneles y atacando los lanzadores en cuanto aparecen en carreteras o cañones cercanos. Dicho de otra forma, lo que durante años fue un sistema diseñado para ocultar armas móviles se transforma así en un patrón relativamente previsible: entradas de túneles, carreteras de salida y zonas de despliegue que pueden ser vigiladas desde el aire y destruidas en cuanto se detecta actividad.
De refugio estratégico a trampa mortal. Recordaban en el Wall Street journal hace unas horas que este cambio ha revelado un problema estructural en el propio concepto de las ciudades de misiles. Los complejos subterráneos son muy difíciles de destruir desde el aire, pero también son instalaciones fijas cuya localización es conocida por los servicios de inteligencia occidentales. En la práctica, esto significa que gran parte del arsenal permanece almacenado en lugares concretos mientras los aviones enemigos sobrevuelan continuamente el espacio aéreo, esperando el momento en que los lanzadores salgan para actuar.
Muchos analistas militares resumen el dilema de forma sencilla: lo que antes era un sistema móvil y difícil de localizar ahora está concentrado en puntos fijos, lo que facilita su vigilancia y reduce su capacidad de sorpresa. Las propias imágenes comerciales de satélite muestran lanzadores destruidos nada más abandonar las bocas de los túneles, incendios provocados por combustible filtrado y accesos a instalaciones bombardeados con municiones pesadas.
Base de misiles al norte de Tabriz en Irán. La imagen de la izquierda pertenece al 23 de febrero, la de la derecha el 1 de marzo tras los primeros ataques
La ofensiva aérea contra la infraestructura subterránea. A las puertas de la primera semana de guerra, la campaña militar ha empezado a centrarse cada vez más en estas infraestructuras. Contaban en Reuters que la primera fase de los ataques se concentró en destruir lanzadores visibles y sistemas en superficie capaces de disparar contra Israel o contra bases estadounidenses en la región, mientras que la segunda etapa apunta directamente a los búnkeres y depósitos enterrados donde se almacenan misiles y equipos.
La aviación israelí, con apoyo estadounidense, ha atacado cientos de posiciones y ha logrado reducir drásticamente el número de lanzamientos, mientras continúa una ofensiva aérea casi constante que golpea objetivos tanto en Irán como en Líbano durante las mismas misiones. El objetivo declarado es degradar progresivamente la capacidad iraní de lanzar misiles balísticos y drones hasta neutralizarla por completo.
Base de misiles al norte de Kermanshah en Irán. La imagen de la izquierda pertenece al 28 de febrero, a la derecha el 3 de marzo
Un arsenal gigantesco bajo tierra. El alcance real de estas instalaciones sigue siendo difícil de determinar. Hay estimaciones militares que sitúan el arsenal iraní antes de la guerra entre unos 2.500 y hasta 6.000 misiles, almacenados en diferentes instalaciones repartidas por todo el país, muchas de ellas excavadas bajo montañas o en zonas remotas del territorio.
A pesar de los ataques, Irán ha conseguido lanzar más de 500 misiles contra Israel, bases estadounidenses y objetivos en el Golfo desde el inicio del conflicto, aunque muchos han sido interceptados y el ritmo de salvas ha disminuido rápidamente. Esa caída sugiere que los ataques contra lanzadores y centros de almacenamiento están empezando a erosionar la capacidad de respuesta del país.
El dilema estratégico. El resultado es una paradoja estratégica que apenas empieza a hacerse visible. Las ciudades de misiles fueron concebidas para proteger el núcleo del poder militar iraní y asegurar su capacidad de represalia, pero en un escenario donde el enemigo domina el aire y vigila constantemente las entradas de esos complejos, pueden convertirse en puntos de estrangulamiento para el propio arsenal.
Irán ha pasado décadas excavando estas bases subterráneas con la intención de hacer invisibles sus misiles. Pero las imágenes satelitales de la guerra están mostrando algo muy distinto: que ese laberinto de túneles, diseñado como refugio, puede convertirse en una de sus mayores vulnerabilidades cuando los lanzadores se ven obligados a salir a la superficie bajo la mirada constante de aviones, drones y satélites.