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"Jamás se nos cruzó por la cabeza que iba a ser tan siniestro": los recuerdos del día del golpe de Estado que hace 50 años cambió Argentina

"Jamás se nos cruzó por la cabeza que iba a ser tan siniestro": los recuerdos del día del golpe de Estado que hace 50 años cambió Argentina
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El 24 de marzo de 1976 las fuerzas armadas derrocaron a la viuda de Juan Domingo Perón y establecieron un sistema represivo que se caracterizó por el secuestro, la tortura y la desaparición de personas.
"Jamás se nos cruzó por la cabeza que iba a ser tan siniestro": los recuerdos del día del golpe de Estado que hace 50 años cambió Argentina

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  • 27 minutos
  • Aurora se despertó la mañana del 24 de marzo de 1976 con el llamado de una compañera de estudios y escuchó cuatro palabras: "Por fin somos gobierno". La joven del otro lado de la línea tenía información fresca porque trabajaba en el Ministerio de Defensa argentino. Aurora respondió "ah, bueno", y cortó.

    "El golpe fue como a las 03:20 de la madrugada. Yo no estaba escuchando la radio", dice, reconociendo que "así eran las comunicaciones" hace 50 años.

    Los diarios de la mañana tampoco llegaron a informar del que sería el sexto golpe de Estado de Argentina en menos de medio siglo. Pero, aunque todos coincidieron en la pérdida de libertades y represión a las disidencias, el que comenzó ese 24 de marzo fue notoriamente más violento.

    Desde 1976 hasta 1983 las Juntas Militares desplegaron lo que la Justicia argentina luego definió como un "plan sistemático de desaparición, tortura y exterminio", que se dio "en el marco de un genocidio". Organizaciones defensoras de los derechos humanos estiman que 30.000 personas desaparecieron durante esos siete años, un número que hasta hoy sigue generando debate.

    Desde León, España, donde se encuentra una de las misiones de su congreación, la monja Aurora Álvarez le cuenta a BBC Mundo que desde hacía meses que se anticipaba el fin del gobierno de Isabel Perón, la viuda de Juan Domingo Perón que había asumido el poder tras la muerte de su marido, en 1974.

    "Yo trabajaba de preceptora en un colegio secundario y el 24 de marzo sentí que la naturalidad con la que nos relacionábamos se había vuelto un poco rara, pero ese primer momento no me pareció muy distinto a la vida cotidiana", narra.

    "Vi cierta inquietud en mi hermana, que militaba políticamente, pero era la misma inquietud que podía tener yo por dar catequesis en una villa miseria (barrio marginal)".

    La preocupación se instaló en la casa de los Álvarez, ubicada en la provincia de Buenos Aires, cuando dicha hermana, Teresa, le dijo a los padres que por una cuestión de seguridad era mejor que se fuera de la casa a vivir con una amiga.

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    "Después desaparece la hermana de un compañero de mi hermano más chico, de 18 años. Ahí fue un toque de alerta. Luego una catequista cercana a la parroquia donde yo daba catequesis aparece muerta. Ella y el marido. Y después una vecina...".

    Fuente de la imagen, Gentileza Gabriela Poletti

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    El 17 de noviembre de 1976 Teresa volvió por una noche a dormir al apartamento familiar. Esa noche, un grupo de tareas -como se les conocía a los comandos militares que secuestraban y desaparecían gente- irrumpió en la casa y se la llevó. Tenía 21 años.

    Aurora no sabría nada de su hermana hasta años después.

    "Allí comienza la división de nuestras vidas: antes y después del secuestro de mi hermana. Y sentimos el aislamiento de los vecinos. Había mucho silencio. La gente no hablaba, no decía, no preguntaba. Nadie quería hacerse conocido de esta familia que pasaba a tener como lepra".

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    "A mi edad yo había ya vivido otros golpes e ingenuamente pensé que era un golpe más y que venía a terminar con la violencia para después abrir a elecciones. ¡Cómo nos equivocamos!".

    Desde la ciudad argentina de Córdoba, la periodista y exlegisladora Norma Morandini le dice a BBC Mundo cómo recibió la noticia del levantamiento militar.

    La violencia a la que se refiere Norma eran los enfrentamientos dentro del peronismo entre grupos armados de izquierda (Montoneros) y grupo paramilitares de derecha conocidos como Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), además del accionar de otros grupos guerrilleros como el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), fracción armada del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT).

    En febrero de 1975, el gobierno de Isabel Perón decidió que los militares actuaran para lograr la "aniquilación de la subversión", lo cual -según la historiadora Gabriela Águila- aumentó la presencia militar en aquel convulsionado escenario político.

    "La 'subversión' refería a organizaciones político-militares y grupos guerrilleros, pero adquirió para esta época un significado bastante más amplio: subversivos eran también activistas sindicales, estudiantes universitarios, jóvenes, intelectuales y artistas", le dice la historiadora a BBC Mundo desde la ciudad de Rosario.

    Fuente de la imagen, Archivo del Senado de la Nación

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    Cuando el golpe de Estado llega a los diarios al día siguiente, la noticia que se repite "es que la jornada del 24 de marzo ocurrió con total normalidad", explica la autora del libro "Historia de la última dictadura militar: Argentina, 1976-1983".

    "No fue un día normal: la presidenta fue arrestada, el Congreso fue ocupado por soldados fuertemente armados, los cargos políticos en todo el país fueron depuestos, pero efectivamente había una cierta normalidad: el acostumbramiento en la sociedad argentina a que los militares, de vez en cuando, tomaran el poder".

    "El darse cuenta de que ese no era un golpe de Estado como los anteriores tarda un tiempo. Y quienes efectivamente lo advierten con mayor crudeza y dramatismo son las víctimas del accionar represivo", añade Águila.

    Norma Morandini supo en carne propia que no se trataba de un gobierno militar como los anteriores un año y medio después del golpe.

    "En septiembre de 1977 secuestraron de mi casa a mis dos hermanos menores, Néstor y Cristina, que desaparecieron. Ahí comenzó nuestro calvario. Ellos eran simpatizantes de la Juventud Peronista y creo que mi hermano estuvo en Montoneros".

    La figura del desaparecido

    La gran diferencia entre la dictadura de 1976 y los cinco gobiernos militares anteriores fue la desaparición sistemática de personas en un plan represivo aplicado al margen de la ley.

    Se denomina desaparecidos a las personas que fueron secuestradas, torturadas y asesinadas cuyos cuerpos nunca fueron entregados a sus familiares, muchos de los cuales desconocen aún hoy qué pasó con sus seres queridos y dónde están sus cuerpos.

    Cristina Aldini, quien militaba en la Juventud Peronista, rememora para BBC Mundo desde la provincia de Buenos Aires cómo fue el momento en que las personas comenzaron a desaparecer.

    "Nosotros sabíamos que podía ser detenido un compañero pero que esta detención era legal, entonces se tomaban medidas: había que reclamar con los abogados y esperar a que fueran liberados o, si había algún motivo, que se iniciara una acción penal", explica.

    "Pero que los compañeros que se llevaban no aparecieran fue nuevo para nosotros".

    Según las estimaciones realizadas en 1984 por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), la distribución por sectores del total de desaparecidos fue: 30,2% de obreros, 21% de estudiantes, 17,9% de empleados, 10,7% de profesionales, 5,7% docentes y 1,3% de artistas.

    El hecho de que los obreros fueran uno de los grupos más movilizados durante la década del 70 -y luego el grupo más castigado por el accionar represivo- debe enmarcarse en la situación económica previa al golpe de Estado.

    "La economía argentina estaba sumida en una crisis muy profunda, con un enorme movimiento huelguístico que tenía que ver con la aplicación de un plan de ajuste en los primeros meses de 1975, que había afectado el salario, el empleo y el costo de vida; con una inflación disparada a niveles siderales", dice Águila.

    Por eso, el movimiento sindical fue uno de los pocos que intentó una resistencia el 24 de marzo de 1976, con el anuncio de un paro general que nunca se llegó a concretar.

    Ese mismo día los militares prohibieron el derecho a huelga.

    Fuente de la imagen, Gentileza Eugenia Ponce de León

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    Ese accionar militar contra sectores sindicales y obreros quedó reflejado en la historia de Iris Pereyra de Avellaneda.

    A los pocos días del golpe, su cuñada, Margarita Avellaneda, recibió una llamada.

    "Vivíamos tres familias en el mismo terreno en Munro (provincia de Buenos Aires), pero Margarita era la única que tenía teléfono. La llamaron unos compañeros y le dijeron: 'Mirá que se viene una gorda. Mejor que vos y Floreal se vayan de ahí'".

    Floreal Avellaneda, el esposo de Iris, era miembro del Partido Comunista, pero no participaba en movimientos armados sino en la lucha sindical. Había sido delegado gremial en empresas como General Motors en los años 60 y en Talleres Electrometalúrgicos Norte (TENSA) a comienzos de los 70.

    Cuando su hermana le comentó sobre la llamada, él respondió: "¿Por qué nos vamos a ir si nosotros no hemos cometido ningún delito?".

    "Jamás se nos cruzó en la cabeza lo que nos podía pasar, nunca pensamos que sería un golpe de Estado tan siniestro", le dice Iris a BBC Mundo desde Munro.

    "En el (golpe del) 55, cuando Floreal estuvo preso, le dieron unas trompadas, unas patadas y nada más. Pero lo que hicieron estos genocidas después fue tremendo".

    El 15 de abril, menos de un mes después del golpe, un grupo de tareas entró disparando al terreno donde vivían las tres familias. Como Floreal se escapó por los techos, se llevaron a Iris y a su hijo, llamado también Floreal Avellaneda y apodado "El Negrito", de 15 años.

    "Fuimos el tercer secuestro de los compañeros de TENSA. De 27 compañeros que integraban la comisión interna hay 24 desaparecidos", recuerda la actual presidente de Liga Argentina de los Derechos Humanos y de la Asociación de Sobrevivientes de Campo de Mayo.

    Madre e hijo fueron torturados en una comisaría de la provincia de Buenos Aires, donde Iris vio por última vez a "El Negrito". Sin saberlo, ambos fueron trasladados a la guarnición militar Campo de Mayo, donde funcionaba el centro clandestino "El Campito".

    "Los milicos me cagaron a palos, me torturaron, hasta un simulacro de fusilamiento me hicieron", recuerda Iris.

    Hasta que salió en libertad, en junio de 1978, no sabría qué le había pasado a su hijo.

    El golpe detrás de las rejas

    El 24 de marzo de 1976 Adriana Chein estaba presa en el penal de Villa Devoto. Se enteró del golpe porque, al asomarse por las rejas, vio ametralladoras apuntando hacia su pabellón.

    Había sido detenida en octubre de 1975 por la policía federal junto con su hermana. Tenía 18 años, militaba desde la adolescencia en el PRT/ERP, y estaba en la clandestinidad con su compañero porque también los buscaba la Triple A.

    "En esa época ya había represión, aunque no era como lo que fue después", le cuenta Adriana a BBC Mundo desde la provincia argentina de La Rioja, donde se encuentra temporalmente por el 50º aniversario del golpe

    "Nosotras estuvimos 20 días en condición de desaparecidas, mientras nos torturaban, hasta que nos legalizaron".

    Una de las grandes diferencias de ser un preso legal y estar en una cárcel común -no en un centro clandestino de detención- era que las familias sabían dónde estaban. Pero no había garantías de un trato digno.

    La cárcel de Devoto concentró durante la dictadura a todas las presas políticas del país. "Nosotras le llamábamos 'cárcel vidriera', porque la usaban los militares cuando venían los organismos de derechos humanos internacionales para decir que en Argentina no había campos de concentración".

    Adriana estuvo siete años y medio presa. Salió de la cárcel el 10 de septiembre de 1982 y siguió bajo libertad vigilada hasta diciembre de 1983, cuando regresó la democracia.

    "No estábamos en campo de concentración pero sí tenían políticas de destrucción adentro de lo que venía a ser un marco legal. Había un jefe de seguridad que nos gritaba: 'Ustedes de acá van a salir locas o muertas'".

    En la cárcel también había interrogatorios y la aplicación de regímenes de conducta: "Te mandaban al pabellón de las irrecuperables, de las de vías de recuperación o de las recuperadas, pero eso era una cuestión totalmente subjetiva".

    Esta clase de categorización se repitió de una forma aún más cruel en uno de los principales centros clandestinos de detención del régimen: la Escuela de Mécanica de la Armada (ESMA).

    Fuente de la imagen, Gentileza María Claro

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    De los tres comandantes militares que asumieron el poder el 24 de marzo de 1976 -Jorge Rafael Videla (Ejército), Orlando Ramón Agosti (Fuerza Aérea) y Emilio Eduardo Massera (Armada)-, solo el último intentó un proyecto político propio.

    En uno de los capítulos más oscuros de la dictadura, Massera utilizó para este proyecto a militantes que estaban en la ESMA. Cristina Aldini fue detenida en 1978 en la vía pública y llevada a ese centro de torturas.

    "Se producían situaciones de una particular perversión. Nosotros estábamos inmersos en lo que era un proceso de 'recuperación' y se tornaba insoportable porque era caminar en una cornisa", le cuenta a BBC Mundo.

    Parte de esa "recuperación" implicaba que, en ocasiones, Cristina era llevada a la casa de sus padres y dejada ahí, por un tiempo, para luego volver a ser detenida en la ESMA, lo que volvía a repetir una y otra vez el trauma del secuestro.

    "Nuestras familias estaban de rehenes. A nosotros todo el tiempo nos amenazaban con llevarse también a mi hermana, que había militado", dice la autora -junto con otras exdetenidas- del libro "Ese Infierno. Conversaciones de cinco mujeres sobrevivientes de la ESMA".

    En un momento casi surreal, los militares obligaron a su hermana a casarse.

    "Imaginate, genocidas que se llevaron puesta toda regla, todo límite humano, consideraron que estaba mal que ella estuviera en convivencia con su pareja. Entonces la obligaron a casarse por civil. Y fueron al casamiento", cuenta.

    "Es una experiencia enloquecedora, pero así se manejaban los dueños de la vida y de la muerte".

    En el año 1979 Cristina logró que la dejaran ir al interior del país para terminar sus estudios, pero la vigilancia continuó y ya en plena democracia, en 1985, previo al juicio a las Juntas Militares, siguió recibiendo amenazas de que iban a matar a toda su familia.

    "La noche de los lápices"

    Además de extender su política represiva al universo sindical y obrero con el respaldo de amplios sectores del poder económico, la Junta Militar también puso un especial énfasis en el sistema educativo con el apoyo del sector civil más conservador.

    No solo se erradicaron las actividades políticas en escuelas y universidades, sino que se controló el contenido de la enseñanza y fueron desaparecidos docentes y estudiantes.

    En su informe de 2015, el Registro Único de Víctimas del Terrorismo de Estado (RUVTE) determinó que, en franjas etarias, el grupo de 20 a 24 fue el que más víctimas fatales (asesinatos directos y desapariciones) sufrió, con 2.749 muertos. Y también estimó que 617 tenían entre 13 y 19 años.

    Desde la ciudad de Buenos Aires, Emilce Moler le cuenta a BBC Mundo lo que vivió en su juventud en la ciudad de La Plata. Hija de un policía retirado y antiperonista, ella comenzó a militar en la adolescencia en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), agrupación peronista y de izquierda.

    "Cuando en diciembre de 1975, todavía en democracia, un compañero nuestro de la UES, de 18 años, apareció colgado en un puente, vi que la edad no iba a ser ninguna barrera para la ferocidad de lo que se venía".

    "Yo estudiaba en una escuela de arte con un clima de libertad y una participación política muy fuerte. Uno no tenía la democracia como horizonte sino a la revolución social".

    En ese clima, Emilce y sus compañeros debatían sobre el golpe que todos anticipaban: "Algunos planteaban que era mejor porque así se 'agudizarían las contradicciones'. En mi grupo decíamos que con un golpe militar íbamos a seguir perdiendo libertades".

    El 24 de marzo ella se enteró por la radio del levantamiento militar y ese día no hubo clases. Al otro día volvió a las aulas, pero muchos profesores ya no estaban y a los estudiantes les pedían el documento de identidad para entrar a la escuela.

    Fuente de la imagen, Getty Images

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    El 16 de septiembre de 1976 se entera de que se habían llevado a dos de sus compañeras de militancia, Claudia Falcone y María Clara Ciocchini. En la madrugada del 17 de septiembre fueron por ella.

    "Hombres encapuchados entraron a mi casa buscando a una estudiante de Bellas Artes. No sabían ni mi nombre. Y aparezco yo, que soy muy bajita y a los 17 años era mínima, con mi pijamita. Los militares me vieron y dijeron: 'Esta es muy chiquita'. La despiertan a mi hermana y le dicen: '¿Vos qué estudias?'. 'Filosofía'. Me preguntan a mí: 'Bellas Artes'. 'Llevemos a las dos', dijo uno. 'No, está el auto ocupado', respondió otro. 'Bueno, vestite que sos vos, piba'".

    Lo último que recuerda de esa noche en su casa es que su madre la cubrió con un tapado mientras se la llevaban esposada. Su padre lo vio todo con un arma apuntándole a su cabeza, sin poder moverse.

    "Y a partir de ahí, el infierno".

    Emilce pasó por tres centros clandestinos donde fue torturada junto a algunos de sus compañeros de militancia. Luego pasó a disposición del Poder Ejecutivo Nacional y fue encarcelada en el penal de Devoto hasta su liberación en 1978.

    Su secuestro, junto al de otros nueve estudiantes secundarios aquel septiembre de 1976, se conoce aún hoy en Argentina con el nombre de "La noche de los lápices". Seis de ellos siguen desaparecidos.

    Cuándo, cómo, dónde

    "El concepto de desaparecido no lo teníamos. Lo tuvimos recién en democracia, cuando buscamos en todos los lugares donde pudieron estar y no encontramos nada", dice Emilce.

    Tras el fin de la dictadura, muchos familiares de desaparecidos comenzaron a saber más sobre lo ocurrido en esos años gracias al trabajo de la CONADEP en 1984, el juicio a las Juntas Militares de 1985 y los posteriores juicios que tuvieron lugar ya en este siglo.

    Aurora Álvarez no supo nada más de Teresa hasta que en 1986, cuando ya había tomado los hábitos religiosos, conoció a aquella amiga con quien se había ido a vivir su hermana cuando dejó la casa familiar. Era Cristina Aldini.

    Escuchó así de la militancia peronista de Teresa -quien nunca había dicho a su familia con quién militaba- pero nadie le pudo decir con certeza dónde estuvo detenida y cómo murió.

    Cristina, por su parte, se enteró por quienes la torturaban de la suerte de su compañero, abatido horas después de que ella fuera detenida en 1978. Le permitieron incluso ver el cadáver baleado, pero jamás le dijeron qué hicieron con el cuerpo.

    Fuente de la imagen, Gentileza Adriana Chein

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    Apenas se reinstauraron las visitas en el penal de Villa Devoto tras el golpe de Estado, Adriana Chein pudo recibir la visita de su madre en abril de 1976. Allí supo que su compañero había desaparecido cinco días después del levantamiento militar. Sigue buscando información sobre lo ocurrido.

    "Siempre aparece una puntita más por donde tirar el hilo, una nunca cierra la esperanza hasta no tener más datos", explica.

    "Sabemos que los mataron, que los torturaron, que los fusilaron, pero queremos saber cuándo, cómo, dónde y, de esta manera, cada tanto, me acerco a un dato más de él".

    Norma Morandini tardó muchos años en saber que Néstor y Cristina estuvieron detenidos en la ESMA.

    "Yo siempre digo que si mis hermanos cometieron un delito, tenían que ser juzgados y yo, en lugar de estar en una tribuna hablando, estaría visitándolos en la cárcel".

    Y agrega: "Esta es la perversión de la figura del desaparecido: alguien a quien no se ha visto morir, no tiene cruces, no tiene rezos".

    El hijo de Iris Pereyra de Avellaneda desapareció dos veces.

    Tres días después de su liberación del penal de Villa Devoto, en junio de 1978, su familia le contó que Floreal había sido llevado a Campo de Mayo, donde fue brutalmente torturado.

    Su cadáver apareció el 14 de mayo, el mismo día que hubiera cumplido 16 años, en la costa uruguaya, producto de uno de los primeros "vuelos de la muerte", la metodología de subir detenidos a helicópteros y aviones -a veces ya muertos, a veces sedados- para arrojar sus cuerpos aguas adentro.

    Iris trató de repatriar el cuerpo de su hijo desde Uruguay, pero este había desparecido nuevamente.

    Jamás volvió a aparecer.

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Fuente original: Leer en BBC Mundo
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