James Talarico en la noche electoral de las primarias demócratas de Texas. REUTERS/Joel Angel Juarez
EEUU James Talarico, el demócrata inusual que quiere arrebatarle Texas a Donald Trump desde el cristianismo y la justicia socialEl joven político puede darle la vuelta a cuatro décadas de dominio republicano en el estado compitiendo por espacios tradicionales de los conservadores.
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Itziar Nodal Denver Publicada 30 marzo 2026 02:03hLas claves nuevo Generado con IA
James Talarico es una anomalía dentro de la política estadounidense. Demócrata en Texas, creyente en un partido que evita la religión y candidato que insiste en hablar de amor en un momento dominado por la confrontación.
Su perfil no encaja en ninguna las categorías habituales. Y esa es, precisamente, su apuesta.
A sus treinta y seis años, representante estatal por Austin, exprofesor de escuela pública y seminarista en formación, Talarico no llega a la política desde una trayectoria convencional.
Trump, el indestructible: por qué la mitad del país sigue apoyándole pese a tener tres imputacionesSu salto de perfil local a una figura en ascenso dentro del Partido Demócrata no se explica tanto por lo que propone como por cómo lo plantea: no suaviza el discurso, lo reformula.
Y lo hace en uno de los territorios más difíciles del país: un estado donde los demócratas no ganan una gran elección estatal desde los años noventa y donde la política no se decide solo en términos ideológicos, sino culturales y religiosos.
Su premisa es sencilla, pero ambiciosa: no intenta moverse en el mapa político de Texas. Intenta redibujarlo.
La fe, el terreno abandonado por la izquierda
Talarico no se limita a reconocer su fe. La convierte en su mejor herramienta.
En un momento en el que el Partido Demócrata tiende a evitar el lenguaje religioso, él hace el movimiento inverso. Entra de lleno en el terreno y lo disputa desde dentro.
Por eso, su crítica al trumpismo no se centra solo en políticas concretas, sino en su apropiación del cristianismo. En Texas, las escuelas públicas están obligadas a exhibir los Diez Mandamientos, incluso en aulas donde conviven alumnos de distintas religiones.
Para Talarico, ese es el ejemplo más claro de una deriva: la derecha está "bautizando su ideología y llamándolo cristianismo". Pero su crítica no se queda ahí.
También apunta hacia su propio partido. En privado y en campaña ha reprochado a los demócratas su tendencia a ceder en los momentos clave y a no actuar como si realmente creyeran que el sistema está en riesgo.
En un momento de frustración, llegó a resumirlo así: "Esto es por lo que todo el mundo odia al Partido Demócrata".
Cuando afirma que incluso Donald Trump "está hecho a imagen de Dios", desplaza el conflicto. "La mayor división en este país no es izquierda contra derecha, sino arriba contra abajo", repite con frecuencia.
Ese planteamiento le permite evitar la guerra cultural clásica y situar el conflicto en términos económicos. Para la derecha religiosa, es un intruso. Pero para parte del electorado demócrata, introduce un marco incómodo.
Del aula a la política
Su trayectoria no empieza en un despacho, sino mucho antes. Empieza con una historia familiar marcada por la inestabilidad y la reconstrucción.
Cuando tenía apenas unas semanas de vida, su madre abandonó a su padre biológico, un alcohólico con comportamientos abusivos, y se mudó con él a una habitación en el mismo complejo donde trabajaba. Su padrastro se convirtió en una figura estable en su vida.
Durante dos años enseñó en una escuela pública del oeste de San Antonio, en una zona pobre y mayoritariamente latina. Ese paso por el aula fue su punto de ruptura.
Lo que encuentra allí es la versión estructural de lo que ya conocía: alumnos condicionados por circunstancias que no controlan.
Conectó con un chico problemático, expulsado previamente de otros centros, que terminó fuera del sistema después de que la escuela perdiera los recursos de apoyo psicológico por recortes presupuestarios.
El problema no era el alumno ni la escuela, sino todo lo que estaba fuera de ella.
La educación deja de ser suficiente para él. No abandonó la enseñanza para entrar en política; entró en política porque comprendió que sin poder institucional, la enseñanza no alcanza.
Después de especializarse en política educativa en Harvard, regresó a Texas con esa idea más definida. En 2018, con 28 años, se presentó a la Cámara de Representantes estatal en un distrito con inclinación republicana. Y ganó.
Ese resultado se convierte en la base de su narrativa: persuadir votantes conservadores no es una teoría, sino algo que ya ha hecho. En Texas —sostiene desde entonces— no basta con movilizar a los propios. Hay que convencer a quienes están fuera.
Un candidato en construcción
El punto de inflexión llega con su entrevista con Stephen Colbert en el programa The Late Show. No se se emitió en directo por las restricciones legales en torno a candidatos políticos. El propio Colbert lo denunció en directo. El contenido se publicó online. Y cambió el alcance.
El vídeo se convirtió en un fenómeno viral. Acumula decenas de millones de visualizaciones y sitúa a Talarico en el centro de la conversación nacional. Su mensaje se populariza: una crítica a la derecha por convertir la religión en herramienta política y un rechazo a una agenda que en Texas incluye restricciones al aborto, leyes contra los derechos LGTB y el uso de símbolos religiosos en instituciones públicas.
La viralidad se traduce en dinero y visibilidad: en un solo día, su campaña llega a recaudar alrededor de 2,5 millones de dólares.
Talarico es el candidato demócrata al Senado por Texas tras ganar las primarias de su partido. Su estrategia pasa por salir del espacio habitual del Partido Demócrata. Aparece en Fox News, participa en el pódcast de Joe Rogan y evita el lenguaje político clásico para hacerse inteligible fuera de su base.
Defiende una lectura del cristianismo vinculada a la justicia social y rechaza que se utilice para limitar derechos. Suele insistir en que la Biblia pone el foco en la pobreza y la desigualdad. Pero esa exposición también tiene costes.
Durante la campaña, una influencer le atribuye haber dicho que esperaba enfrentarse a “un hombre negro mediocre” y no a “una mujer negra formidable e inteligente”. Talarico lo niega y sostiene que se refería al estilo de campaña, no a la persona.
La polémica no define su trayectoria, pero introduce una grieta: a mayor visibilidad, menor control del relato.
¿Se puede hacer política diferente?
Hay una tensión que atraviesa todo el perfil de Talarico. Quiere ganar, pero desconfía del poder.
Trump arranca la "deportación masiva" de inmigrantes: más de 500 arrestados y decenas de deportados en aviones militaresHa dicho que la fama, el dinero y la influencia funcionan como la radiación: algo a lo que hay que exponerse lo mínimo posible. También que preferiría ser miembro de su iglesia antes que senador. No es una pose, sino una forma de entender la política como servicio, no como carrera.
Compite en un sistema que exige lo contrario: simplificación, confrontación y adaptación constante. Mientras la lógica electoral empuja hacia mensajes directos, él insiste en hablar de causas profundas y de un sistema que considera roto.
Mientras otros hacen campaña contra alguien, él intenta hacerla sobre algo. Ahí su candidatura deja de ser solo una opción electoral y se convierte en algo más incómodo: una apuesta política abierta.